• POR EL DR. MIGUEL ÁNGEL VELÁZQUEZ
  • Doctor Mime

El cerebro tiene intrincados mecanis­mos que regulan con una gran dosis de complejidad, la ingesta de agua, sales, nutrientes y alimentos. De estas con­ductas, nacen los impulsos que conocemos como hambre y sed. Estos impulsos son man­tenidos hasta que llega la saciedad, momento en el que se termina la ingesta. En el ham­bre y la sed intervienen mecanismos como el balance energético de los tejidos, señales mecánicas y bioquímicas del tracto gastroin­testinal, sistemas de neurotransmisión en el tronco cerebral y diencéfalo, y sus vías ner­viosas que lleven y traigan todos esos impul­sos desde y hacia el sistema nervioso central.

Numerosos compuestos químicos intervienen en esos mecanismos complejos. Nuestro orga­nismo extrae la energía de los nutrientes, que se dividen en carbohidratos, lípidos y proteí­nas. El gasto de energía a su vez, se divide en metabolismo basal (que es el usado para las funciones básicas y estrictamente necesa­rias para vivir), termogénesis (el usado para generar calor corporal) y el gasto (que es lo que invertimos en nuestras actividades). Un individuo normal en estado sedentario tiene un gasto medio de 2300 kilocalorías dividido en un 75 % para el metabolismo basal, un 7 % para la termogénesis y el resto para las acti­vidades que causen gasto.

La saciedad es un mecanismo del organismo destinado a restablecer el equilibrio una vez que se ha satisfecho la demanda de nutrientes. Es un proceso complejo con actividad neu­ronal importante que concluye con la inhi­bición de la conducta de la ingesta. A medida que el bolo alimenticio progresa por el tracto intestinal, va estimulando diferentes regiones con receptores nerviosos situados principal­mente en el estómago y en la parte superior del intestino delgado, y que generan impulsos que se dirigen al cerebro por medio de uno de los llamados pares craneales (porque nacen uno a cada lado y emergen del sistema nervioso por el cráneo), específicamente el décimo par craneano, llamado nervio neumogástrico o simplemente nervio vago, que es el nervio craneano más largo y extenso, y que nace en el tronco cerebral en una región denominada área postrema y núcleo del tracto solitario . Este último detalle citado no es un exceso de erudición, sino que es muy importante de citar, ya que las neuronas del área postrema se hallan en contacto con otras regiones del cerebro que participan de la regulación de la conducta alimentaria, como el hipotálamo, que, como hemos visto, es una pequeña for­mación en la región basal del cerebro.

La influencia del hipotálamo sobre la con­ducta alimentaria es muy importante. Se halla relacionado con información sensorial suma­mente importante que llega a él desde el nervio vago. Por ejemplo, recibe información soma­tosensorial de la lengua y el rostro que es muy importante a la hora de discriminar entre las propiedades de los alimentos. También recibe información de estructuras relacionadas con el sistema límbico que es quien participa de los procesos motivacionales y de refuerzo de la conducta.

El hipotálamo integra toda esa información, y la traduce en respuestas con­ductuales de hambre o saciedad. La informa­ción que llega al cerebro desde el tubo digestivo es muy variada y opera de diferentes formas. Intervienen neurotransmisores, péptidos (que son proteínas de cadena corta), lípidos y hormonas. Las señales se producen a partir de estímulos mecánicos (distensión del tubo digestivo), metabólicos (contenido graso de la dieta) o por acción de hormonas. Todo esto interviene en el proceso de hambre-saciedad que no solo interviene en la ingesta alimenta­ria, sino en el mantenimiento de las reservas energéticas del organismo. Los fallos en cual­quier punto de este sistema causan pérdida de peso o inician la cadena de la obesidad. La comprensión profunda de estos mecanismos brinda la posibilidad de abordar los trastor­nos alimentarios en su totalidad.

Numerosos mediadores químicos intervie­nen en el mecanismo de la saciedad y el ham­bre. La insulina es uno de ellos, y es producida por el páncreas, liberándose en respuesta a la ingesta alimentaria, más específicamente a la presencia de glucosa en sangre, fomentando su captación y utilización en los procesos ener­géticos del organismo. La leptina es segre­gada por el tejido adiposo y puede penetrar la barrera hematoencefálica llegando a los núcleos arcuato y paraventricular del hipotá­lamo, produciendo inhibición de la ingesta ali­mentaria mediante su intervención en el sis­tema de recompensa del cerebro, por lo que no solo es un regulador dela ingesta sino también de la motivación. La colecistoquinina es una hormona producida por las células del intes­tino delgado y liberada por la ingesta alimenta­ria, llega al sistema nervioso central y cumple una función neurotransmisora, inhibiendo la ingesta alimentaria. Otras sustancias inclu­yen a las melanocortinas, la hormona con­centradora de melanina, el neuropéptido Y, el péptido YY, el factor liberador de corticotro­pina, la galanina y la neurotensina, entre otros.

Como se ve, el mecanismo cerebral de la sacie­dad es algo que aún nos causa hambre de saber más y nos deja DE LA CABEZA. Nos leemos en una semana.

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