- Por Vania Lima
- Gerente de Marketing de Palermo SA
En total fueron 14 años en el Grupo Cartes (como concepto empresarial). Empecé en 2007 en Prana como freelancer. Después estuve 3 años en Pulp, donde empecé como asistente y terminé como jefa. Me echaron (porque era lo correcto) y dos años después me volvieron a contratar para Palermo, como jefa, donde estoy hace 11 años y soy gerente. Toda una carrera profesional completa (y soñada).
Siempre me presenté en el entorno laboral como “Vania, del Grupo Cartes” no solo porque amo Palermo sino porque también fui como una promotora del todo, no solo de una pieza. Para mí éramos una tribu. “Le conocés a tal persona, también trabaja en el Grupo”. Y claro que le conocía. “El Grupo Cartes” éramos todos. Siempre sentí que yo también era parte de las otras empresas porque todos nos sentíamos orgullosos de los logros de todos. Éramos una máquina de hacer cosas. Es que de hecho hicimos tanto que es imposible no sentirse parte. Al final, cuando lográbamos algo nuevo, lo que se decía era “El Grupo Cartes lo hizo otra vez” y todos inflábamos el pecho.
Tal vez por eso muchos dicen que soy muy fanática, pero si ser fanática significa ser agradecida entonces me siento tranquila.
Soy agradecida porque le debo al Grupo la evolución de mi carácter y mi personalidad, gracias a que cuando me echaron sacaron mi mejor versión. Le debo haberme presionado a terminar mis estudios, gracias a eso tengo 2 títulos (licenciatura y maestría) y hoy voy por el tercero porque siguen apostando por mí. Le debo haberme desafiado profesionalmente lanzando productos y marcas paraguayas desarrolladas de cero. Le debo mi marca personal-profesional porque siempre me dieron todas las herramientas para crecer y porque la chapa “del Grupo Cartes” siempre valió mucho para la sociedad empresarial. Ser del Grupo Cartes siempre fue un orgullo.
El Grupo tuvo siempre la filosofía de poner a la gente en primer lugar. Cuando me preguntaban “qué lo que hacen ahí que todo el mundo se quiere quedar” yo les respondía “nos cuidan”. No es una filosofía de extravagancias, no comemos sushi en el almuerzo ni María Castaña de merienda. Es la filosofía de primero pensar en el bienestar de los colaboradores para después poder hacer los negocios.
Simon Sinek dice que solo tendremos equilibrio entre el trabajo y la vida personal cuando nos sintamos seguros en casa y nos sintamos seguros en el trabajo. El Grupo Cartes nos dio siempre esa seguridad en el trabajo para después ir a resolver los problemas en casa. Esto no pasaba solo en una empresa, esto sucedía en la gran mayoría de ellas, sobre todo en las más antiguas.
Cuando fue la pandemia, y con toda la incertidumbre que generó, la bajada fue que no se despidiera a nadie y así fue (y si hubo algún despido fue por otros motivos). 10.000 familias de más de 35 empresas tuvimos la certeza de que teníamos trabajo. La incertidumbre es el peor estado de ánimo del ser humano y sin embargo nosotros podíamos lidiar con todo lo demás porque sabíamos que podíamos trabajar tranquilos.
Hoy vuelve a pasar lo mismo. Todos seguimos en nuestro lugar de trabajo porque el fundador decidió que es mejor dar un paso al costado a perjudicarnos con la incertidumbre. Porque si él se quedaba no habría garantías para nosotros.
El Grupo Cartes como conglomerado empresarial se disuelve. Pero la filosofía de cuidar a las personas y seguir trabajando quedan. La esencia no cambia porque fuimos, somos y seremos siempre GENTE QUE HACE.
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IA, poder y verdad: el desafío de no perder el alma en la era de los algoritmos
Columnista invitado: César Palacios, @cespala comunicador, docente y estudiante de Antropología Social.
Vivimos en una época en la que la velocidad supera a la reflexión, donde la información circula más rápido que nunca, pero la verdad, paradójicamente, se vuelve cada vez más frágil. En este nuevo escenario, la inteligencia artificial no es solo una herramienta: es un espejo y lo que refleja no siempre es lo mejor de nosotros.
La reciente encíclica Magnifica humanitas del Papa León XIV plantea una advertencia que trasciende el ámbito religioso y se instala con fuerza en el corazón del debate contemporáneo: la tecnología no es neutral, lleva la huella de quienes la diseñan, la financian y la utilizan y en ese proceso, puede convertirse en un instrumento de progreso o en un vehículo de distorsión.
Hoy, uno de los riesgos más preocupantes no es la inteligencia artificial en sí misma, sino su convergencia con una cultura de la inmediatez que ha debilitado los filtros del pensamiento crítico. Vivimos en la era de la sobreinformación, pero también en la de la desinformación y en ese terreno, la verdad compite en desigualdad de condiciones con la emoción, el prejuicio y el interés.
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La encíclica advierte sobre una “arquitectura de la visibilidad” en la que lo viral desplaza a lo veraz y lo impactante pesa más que lo comprobado. En ese ecosistema, las fake news no son un accidente: a menudo son el resultado lógico de un sistema que premia la velocidad por encima de la certeza.
Y aquí emerge una responsabilidad ineludible: la de los medios de comunicación. Porque cuando un medio publica sin verificar, acusa sin pruebas y amplifica versiones sin contrastar, no solo comete un error profesional, contribuye, consciente o inconscientemente a erosionar uno de los pilares fundamentales de la democracia: la confianza.
La inteligencia artificial, en este contexto, puede agravar el problema. La capacidad de generar contenidos, automatizar narrativas o manipular imágenes y sonidos introduce un nuevo nivel de complejidad. No estamos solo ante noticias falsas: estamos ante la posibilidad de construir realidades alternativas con apariencia de verdad.
Por eso, la advertencia del Papa es profundamente vigente: no basta con una tecnología más avanzada; necesitamos una ética más sólida. La cuestión de fondo no es si la IA es buena o mala. La verdadera pregunta es: ¿Al servicio de quién está? ¿De la persona y el bien común o de las lógicas de poder, del lucro y de la manipulación?
En esta era digital, la verdad se convierte en un bien común que debe protegerse activamente. No alcanza con denunciar la desinformación, es necesario construir una cultura que valore la veracidad, fomente el contraste de fuentes que premie el rigor y no el escándalo.
Aquí, el desafío también es educativo, formar ciudadanos capaces de dudar, de preguntar, de no aceptar como cierto todo lo que aparece en una pantalla. Como señala la encíclica, incluso es necesario “educarnos en el ayuno de la IA”, es decir, recuperar espacios en los que el pensamiento humano no sea reemplazado, sino fortalecido.
Pero el desafío no es solo individual, es institucional. Los medios, las plataformas digitales, los sistemas educativos y los Estados deben asumir una corresponsabilidad ética. La libertad de expresión no puede ser excusa para la irresponsabilidad informativa. Y la innovación tecnológica no puede convertirse en coartada para eludir la verdad.
Porque cuando la verdad se debilita, lo que se erosiona no es solo el debate público, se erosiona la convivencia, la confianza y en última instancia, la democracia misma. En este contexto, la inteligencia artificial se convierte en un campo de disputa moral. Puede utilizarse para ampliar el conocimiento, mejorar la vida de las personas y fortalecer la transparencia. O bien puede usarse para confundir, manipular y concentrar el poder.
La elección no es tecnológica, es profundamente humana. Como lo plantea León XIV, estamos ante una bifurcación histórica: construir una nueva Babel, donde el ruido y la fragmentación dominen o edificar una “ciudad” en la que la verdad, la dignidad y el bien común orienten el desarrollo.
La pregunta, entonces, no es qué puede hacer la inteligencia artificial, la pregunta es qué estamos dispuestos a hacer nosotros para que no nos quite lo más importante: la capacidad de discernir, de dialogar y de decir la verdad.
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El calendario miente, marzo no
Alex Noguera (alex.noguera@nacionmedia.com)
Columnista
El calendario miente. Los paraguayos creemos que el año empieza en enero, pero eso es una ilusión óptica, como pensar que “este año sí voy a ahorrar” o “voy a bajar de peso”. La realidad es que el nuevo año se esconde detrás del calor y la resaca, y recién aparece en marzo. Y no es que “llega”, sino que le embosca a uno.
Sí, porque mientras que todavía se está calculando cómo estirar el espíritu veraniego entre lluvias traicioneras, raudales repentinos y el calor agobiante de febrero, de pronto el mes se queda con solo 28 días. Es como una película sin final. Se encienden las luces del cine y hay que salir, aunque uno quiera quedarse sentado mirando los créditos.
Hay quienes dicen que Paraguay solo tiene dos estaciones: el verano y la del ferrocarril. Pero eso también es mentira. En realidad, tiene cuatro estaciones bien definidas: diciembre de fiesta; enero, el mes de las promesas y de aguantar el bolsillo; febrero -por suerte el más corto-, cuando recurrimos a la salvadora tarjeta de crédito; y marzo, mañana, que empieza el verdadero año.
Este 28 de febrero no solo marca el fin de la pausa anual, también nos recuerda al maldito despertador, que nos espera con una sonrisa invisible para asustarnos a las 5:00 de la mañana y recordarnos que el trabajo no se toma vacaciones emocionales. Hay que seguir bregando por el pan diario. Y la cerveza diaria. Y el tereré diario. Y el asado, que pasó de ser costumbre semanal a convertirse en una plegaria permanente en busca de un milagro económico.
Marzo arranca fuerte. El 1 nos recuerda la inmolación del Mariscal López y todas las tragedias que se arrastran desde aquel 1870, cuando las aguas del Aquidabán Niguí se tiñeron de rojo. Uno quiere empezar el año con optimismo, pero la historia siempre nos mira con seriedad.
Con el fin de febrero comienza la verdadera prueba de resistencia: las clases y el fenómeno paranormal del tráfico caótico, que pide más un exorcismo que la presencia de los zorritos tratando de ordenar lo imposible mientras, por supuesto, se niegan rotundamente a aceptar cualquier coima.
También el fútbol, ese Santo Grial de penas y alegrías, está en marcha. Y claro, la expectativa con la Selección y el nuevo proceso siempre renace, aunque nuestra memoria futbolera mezcle glorias pasadas y sufrimientos recientes. Aun con deudas y reclamos de cobradores, es indispensable hacer cuentas para comprar un televisor más grande. Porque estos partidos no se ven, sino que se “disfru-sufren”. Y eso merece pantalla completa.
Así, mientras que en abril peleamos con facturas y planes de pago, llega mayo, mes sagrado de la Patria y de la Madre, en el que uno celebra, aunque no sepa bien con qué presupuesto.
En tanto que Meteorología pretenda convencernos de que en junio comenzará el frío, el ambiente se volverá tórrido hacia el 11 cuando se dé el puntapié inicial con el encuentro entre México y Sudáfrica. Y al día siguiente, se detendrá todo el país cuando la gloriosa Albirroja enfrente a los Yankis.
Para julio, posiblemente la eliminación ya estará procesada con frases como “sabíamos luego” o “la próxima será”. Las vacaciones de invierno servirán para curar el orgullo herido.
Agosto, cuidado con agosto. Es pariente lejano de enero porque se cree eterno, aristocrático y ligeramente dramático. Pero pasa. Siempre pasa.
Después, setiembre nos sacude con la primavera y su optimismo reciclado; octubre y noviembre huelen a preparativos, y en diciembre vuelve la pausa, el déjà vu y la promesa solemne de que el próximo año sí empezará en enero.
Pero todo es mentira, la verdad es que el año en Paraguay empieza en marzo… aunque uno nunca esté listo.
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Cuando a la foto se la quiere hacer pasar por la biografía
Rector de la Universidad Politécnica Taiwán-Paraguay
Economista, especialista en políticas públicas
Gracias a la hiperexposición de la imagen personal alimentada por las redes sociales y las cámaras digitales en los smartphones, las técnicas de pose, el uso de la luz y de los filtros van tornándose conocimiento cultural básico. Se sabe, en ese mundo, que una foto puede mostrar un ángulo o un matiz casi imperceptible al ojo humano —y más aún cuando se altera la realidad con un filtro—. Y, a pesar de todo, una foto sigue siendo eso: la captura del momento presente, en un minuto determinado, con un ángulo, una pose y una cantidad de luz definidos en ese instante. La foto no dice nada, o dice poco, de las condiciones esenciales del modelo o de la modelo posante; no dice nada sobre sus estudios, la composición de su familia, sus virtudes o defectos dominantes, su enfermedad de base, su perspectiva en la vida ni sus motivaciones más ocultas.
Los analistas económicos de la coyuntura son como el fotógrafo. Uno puede preguntarse si es acertada la realidad que reflejan sus análisis. Probablemente lo sea en algún grado, pero de una manera muy limitada y precaria, tanto que llevan a ocultar más la verdad que a revelarla. Sentencias como “heladera vacía” o “agotamiento del modelo económico” requieren de explicación exhaustiva para no tomar la parte por el todo y no reflejar un aspecto distorsionado de la realidad económica. Es imaginable que, a veces, y según las intenciones, haya deseos deliberados de hacer pasar la fotografía por la realidad completa, pero eso, finalmente, no altera la realidad con su extensa complejidad.
Para entender la estructura de la economía paraguaya hay que hablar de una dualidad: una economía dividida en dos grandes grupos o sectores, con características peculiares cada uno. Por un lado, un grupo de sectores económicos que cuentan con alta competitividad, con productos de exportación con fuerte demanda internacional, formalizados, con acceso a los mercados de crédito internacionales y que emplean a la fuerza laboral más productiva del país. La carne, la soja, la energía hidroeléctrica y, quizá hoy, algunas selectas manufacturas —derivadas de nuestro régimen de maquila— constituyen nuestras exportaciones estrella, que generan ingresos en dólares a la economía y habilitan a que el guaraní se mantenga relativamente estable e incluso fuerte respecto a la moneda norteamericana. La población que está empleada en estos sectores, o en sectores que dependen de ellos —como la banca o el sector logístico—, obtiene salarios competitivos y goza de los beneficios del crecimiento económico.
Hay, sin embargo, otros sectores: los de los bienes no transables, productos que no exportamos, que no consume el resto del mundo, poco o nada competitivos, sectores con escaso nivel de inversión, que emplean a una fuerza laboral con productividad limitada y, por eso, bajos salarios. No obstante, son sectores que generan la mayor cantidad de empleo del país. Estos no se benefician del crecimiento económico en la misma proporción que aquellos más competitivos. Ahora bien, que estos sectores no se beneficien al igual que aquellos más aventajados no debería significar necesariamente que les vaya cada vez peor. Es aquí donde hay que aclarar el estado actual y explicar lo que hay detrás de la “foto”.
Ceteris paribus —esto es, con todos los demás factores constantes—, un crecimiento económico en un sector deberá indefectiblemente beneficiar al resto en el largo plazo, por la interdependencia que existe en la economía. Los sectores con mayor rendimiento atraerán para sí a los factores productivos, siendo la fuerza laboral uno de ellos. Esta deberá, en el mediano y largo plazo, trasladarse a los sectores de mayor productividad, previa inversión en la formación de capital humano.
Sin embargo, hoy la “foto” es distinta: el salario obtenido por los empleados en los sectores menos competitivos no alcanza. ¿Cómo explicar, entonces, que en la actualidad una gran masa de trabajadores pertenecientes a las mipymes —con baja productividad— se enfrente a salarios con menor capacidad de compra que en el pasado? La respuesta no es que “la macroeconomía no permea en la micro”, sino que habrá que buscarla en el crecimiento de la demanda de bienes por parte del sector pujante y competitivo, específicamente de aquellos bienes más demandados. Este aumento en la demanda presiona sobre los precios de la canasta familiar y afecta principalmente al sector de bajos salarios, que destina la mayor proporción de sus ingresos a la canasta básica.
Si bien la inflación general acumulada desde agosto de 2023 a noviembre de 2025 fue cercana al 9 %, en el mismo período de tiempo el crecimiento acumulado de los precios de la carne en el país alcanzó en torno al 28 %, y la inflación acumulada en el rubro de las frutas frescas llegó a cerca del 60 %. Hay dos interrogantes que se desprenden de esto: el primero es identificar los factores que hacen que se disparen los precios de la carne y de los productos frutihortícolas, y el segundo, saber si el fenómeno es temporal o permanente. Al llegar a estas respuestas estaremos en condiciones de determinar si el análisis de la “heladera vacía” se lo puede tomar como un reflejo de lo estructural o si simplemente es la “foto”, con luces y filtros para la ocasión.
La respuesta a la primera pregunta tiene quíntuple causa. Con la llegada de Javier Milei a la Presidencia de la República en Argentina y de sus medidas de estabilización económica —eliminación del déficit fiscal, reducción de la masa monetaria, levantamiento del cepo cambiario—, el ritmo de la inflación en ese país se ha reducido y el peso argentino, por ende, se apreció. Con esto, los productos de ese país que Paraguay importaba, o que sencillamente permeaban desde la frontera, se encarecieron. Al no contar con productos baratos procedentes del vecino país, la inflación doméstica, sobre todo de los bienes de la canasta familiar, perdió su mecanismo de escape.
La segunda variable es que desde 2024 se viene implementando el programa de alimentación escolar Hambre Cero en las escuelas, que entre los años 2024 y 2025 ha acumulado un gasto en servicios de alimentación de más de USD 470 millones, equivalente al 1 % del PIB de 2025. Nunca antes el Estado paraguayo compró ese nivel de alimentos. Esto no hace más que presionar sobre los precios de los productos de la canasta familiar.
Tercero, hay un récord de inmigración de personas con perfil profesional, competitivo y de alta productividad, lo cual implica también mayor consumo. Entre 2023 y 2025 ha habido 94.000 solicitudes nuevas de residencia en el país, un número récord si lo comparamos con las 56.000 solicitudes del trienio anterior, lo que representa un incremento del 70 % en nuevos pedidos. Con un gasto promedio en consumo de USD 2.000 por mes por cada nuevo residente, entre 2023 y 2025 hubo un aumento de la demanda agregada que suma más de USD 4.000 millones, correspondiente a más del 9 % del PIB base 2025. Y todo esto sin considerar el aumento récord del turismo de grandes eventos y del turismo de compras en el país, que incrementa el consumo interno.
Necesariamente, estos factores presionan los precios de la canasta familiar, atendiendo a que la oferta de bienes no puede expandirse de la noche a la mañana. Para que exista más producción que satisfaga el exceso de demanda se requiere tiempo, el necesario para realizar las inversiones correspondientes y poner en funcionamiento el aparato productivo.
De esto se desprende que el fenómeno de los altos precios que llevan a sentenciar lo de la “heladera vacía” es un fenómeno temporal. Naturalmente, la oferta de bienes se expandirá en el mediano plazo y compensará el incremento de la demanda, y los precios se estabilizarán. Esto ocurrirá incluso más rápido de lo que esperamos respecto a la carne, ya que el Partido Comunista Chino decidió aplicar, hace unos días, aranceles a la importación de productos cárnicos provenientes del Mercosur, Australia y Estados Unidos en un orden superior al 50 %. Así, ese exceso de res en el Cono Sur tendrá consecuencias en la disponibilidad en el mercado de la región y, finalmente, en los precios.
Sin embargo, en una economía en expansión como la nuestra —que en 2025 creció a más del 6 %— y que está empujada en gran medida por el incremento de la demanda agregada, la oferta interna presenta rezagos de ajuste. Esto indica que tendremos momentos de sobrecalentamiento de la economía. Con todo, la conclusión es que esta efervescencia del consumo en realidad es producto del éxito de los fundamentos económicos del país, y que estos mismos generan los incentivos para la expansión de la oferta. Además, nuestro régimen impositivo es el apropiado tanto para realizar inversiones como para expandir la oferta en el corto plazo. Las reglas de funcionamiento de la economía paraguaya son las mejores para una respuesta rápida del sector privado.
El gran desafío estructural que se presenta, sin embargo, es que se dé una transición de la fuerza laboral desde los sectores de menor productividad hacia los más competitivos; con esto se garantizará que los beneficios del crecimiento económico lleguen a la población más desventajada de una manera más efectiva y que, por ello, el sobrecalentamiento de la economía afecte menos el consumo básico familiar. La educación es la llave que abre la puerta a este horizonte, ya que es determinante un proceso de incremento de capacidades de los trabajadores rezagados. Este proceso está en marcha de manera incipiente en el país.
El proceso se inicia cuando existe oferta de educación de calidad y también una demanda por la misma. Un ejemplo de ello es que, para el examen de ingreso 2026 de la Universidad Politécnica Taiwán Paraguay, la cantidad de interesados que cuentan con una edad superior a la universitaria es del 9 % del total de preinscriptos. Esto indica que hay un interés de la población que ya está empleada en algún sector económico en migrar a sectores más competitivos, previa capacitación (título de ingeniería). Lo mismo podemos decir de los programas del SNPP, que hoy ofrecen cursos enfocados en STEAM y que van creciendo en demanda.
El gran desafío del mediano y largo plazo, de todas maneras, lo tenemos en la educación básica y media. El programa Hambre Cero en las escuelas es una apuesta firme a mejorar tanto la escolarización como las condiciones físicas de nuestros estudiantes para que sea efectivo el proceso de aprendizaje. El siguiente paso es un cambio de paradigma en el modelo de enseñanza-aprendizaje, que busque formar ciudadanos con las capacidades necesarias para afrontar los desafíos tecnológicos y que nos habilite a entrar en la economía del conocimiento. He aquí una causa en la que todos los paraguayos deberíamos unirnos. El esfuerzo por hacer un gran pacto por la educación entre todos los sectores es determinante. La apuesta política de los partidos de la oposición debería ir orientada a apoyar esta iniciativa, en vez de usar la estrategia de presentar la “foto” para describir la complejidad de la realidad económica con el objetivo de generar capital político.
Incluso si solucionamos los cuellos de botella de la competitividad de nuestra economía, existe un problema al que indefectiblemente nos enfrentaremos, que es el aumento del costo de vida. Este es un fenómeno de tendencia global, que en el mundo anglosajón llaman affordability crisis, y que está más relacionado con problemas derivados del aumento de la riqueza que con una enfermedad económica real. Si nuestro país continúa con altas tasas de crecimiento, necesariamente nos enfrentaremos a esta realidad.
Los bienes que más se encarecen son aquellos cuya oferta está fija, como el costo del metro cuadrado de tierra o los servicios asociados a espacios determinados. Al aumentar la riqueza a nivel mundial, las fortunas emergentes compiten por el consumo de bienes y servicios, que indefectiblemente aumentan de precio según su escasez. Sin embargo, al mismo tiempo, hay una caída persistente en los precios de los productos industrializados a nivel mundial, asociada a la conexión de las cadenas de suministro globales y a la estrategia china de hipersubsidiar sus productos para acceder a mercados internacionales.
Este fenómeno de affordability crisis aún no lo conocemos en Paraguay en toda su expresión, ya que, por el momento, contamos con una expansión del sector inmobiliario en los principales centros urbanos del país y todavía vemos una capacidad ociosa de los factores productivos. Sin embargo, el plan 2X del Gobierno nacional, de contar con un crecimiento económico sostenido del 7 % anual, nos llevará prontamente a dicho escenario.
Se entiende que, en una cultura donde lo inmediato es preferible a lo pausado, la imagen a lo esencial y las redes sociales a los libros, los análisis de coyuntura sigan la lógica de la hipersimplificación y se busque más el impacto mediático que la explicación de la realidad en su complejidad. Además, luego del fenómeno Milei en Argentina —quien, a través de sus análisis económicos mediatizados, fue catapultado a la fama y convertido rápidamente en figura política emergente—, es entendible que existan analistas en nuestro país que quieran seguir esa estrategia.
Sin embargo, es distinta la situación de Argentina respecto a la de Paraguay. Argentina viene de más de 20 años de kirchnerismo, donde el modelo sí estaba agotado y en el que sí se requería una alternancia política. Nosotros, en cambio, llevamos más de 20 años de estabilización macroeconómica, período de tiempo en el que se han reducido los niveles iniciales de pobreza a cifras históricas, se ha expandido la clase media, las tasas de crecimiento económico han sido superiores al promedio de nuestros pares, hemos alcanzado el grado de inversión y se nos cataloga como poseedores del mejor clima para hacer negocios de la región.
Si la alternancia política en el país, en el período 2008-2013, no supuso un cambio de orden ni una mejora estructural en las instituciones ni en el bienestar de los ciudadanos —teniendo a su favor el superciclo de las materias primas—, ni ha sido un paradigma de estabilidad política, ni ha supuesto el emerger de una clase política opositora madura y formada, deberíamos estar en condiciones de aceptar el criterio de la calificadora de riesgo Standard & Poor’s, que afirma que el partido político en el gobierno, la ANR, es un factor de estabilidad beneficioso para el país. De ahí que opiniones sesudas como la de que solo “la alternancia” podrá mejorar al país queden, al menos, como poco serias.
Por eso, no es despreciable que, de vez en cuando, existan explicaciones de la realidad estructural económica que develen lo que los analistas económicos de moda callan, sobre todo cuando a la foto se la quiere hacer pasar por la biografía.
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Consejos que me hubiera gustado recibir
Con insights que van desde la importancia de las personas en la construcción de marcas hasta la rapidez en la innovación, Vania Lima, gerente de Marketing de Palermo, ofrece una guía esencial para profesionales que buscan marcar la diferencia en este competitivo rubro.
1. Las marcas se construyen con personas: Las marcas no son solo un plan de marketing, también son las personas que trabajan diariamente en la empresa cuidando la relación de esta con los clientes y los consumidores, por eso buenas culturas empresariales favorecen a construir marcas más sólidas en el mercado. Cada contacto de un cliente, proveedor o consumidor con la empresa (ya sea por pedido, cobro, pago, entrega o búsqueda de solución para cualquier inconveniente) es también un momento de experiencia con las marcas.
2. Marketing también es finanzas: Cuanto más análisis financiero pueda hacer alguien de marketing, mejores argumentos tendrán para defender su presupuesto ante un directorio. No siempre se puede medir a corto plazo el impacto de una campaña publicitaria, pero sí se puede demostrar que es una inversión a largo plazo, para eso hay que entender el idioma de las finanzas (y amigarse con ellas).
3. El mensaje tarda en llegar: No necesitás lanzar una campaña de marketing grande por año, lleva 18 meses aproximadamente que el mensaje llegue a todos. Como diría Seth Godin, si te cansaste de tu mensaje quiere decir que recién ahí se está expandiendo en el mercado.
4. Lo perfecto es enemigo de lo bueno: Tener todos los aspectos perfectamente cubiertos es imposible. Querer prever todos los escenarios posibles, es imposible. Nos lleva más tiempo analizar que ejecutar. La mayoría de los atrasos de salidas al mercado tiene que ver más por el miedo a equivocarse que por el proceso real del lanzamiento en sí.
5. Se puede innovar más rápido: Muchas veces queremos tener estudiado todo el mercado, con análisis que validen todas las hipótesis, con miles de ejemplos ejecutados para tener más evidencias que justificar nuestra idea. Eso nos paraliza. Practicar el modelo de MVP (Producto Mínimo Viable, por sus siglas en inglés), ya sea en productos o en servicios, es algo que los de consumo masivo tenemos que aprender del mundo de las startups. Equivocarse rápido y barato es el tema.
6. La intuición es más sabia que el dato: El Excel/Tablero no predice el futuro. El dato te da la tendencia pero tu experiencia y tu conocimiento del mercado debería primar para tomar decisiones más disruptivas. Si sentís que algo es correcto (o no) tenés que confiar en tu intuición. La intuición no falla.
7. Las tendencias no son para todos: No todas las marcas pueden hablar de todo lo que está sucediendo. Si tenés clara la personalidad de tu marca te vas a dar cuenta si corresponde o no subirte a una tendencia. Y si te sumás, hacelo rápido, es preferible salir con algo sencillo y estar entre los primeros que dice algo, que ser los últimos por haber querido hacer algo más elaborado.