DESDE MI MUNDO

  • Por Carlos Mariano Nin
  • COLUMNISTA

No debe tener más de 6 años, apenas lo puedo ver cuando se asoma por la ventanilla del auto con sus ojitos iluminados y cansados, pero más que tristes, cansados. Hago un esfuerzo por mirar su carita sucia y me sorprende su porte segura y rutinaria.

Su pequeña figura se mezcla con adolescentes, jóvenes y adultos que se juegan unos guaraníes en el semáforo de Mariscal López y Sacramento. Me pregunta: ¿Puedo limpiar su vidrio? No espera mi respuesta, mueve sus pequeñas manitos a un ritmo acelerado, pero coordinado. Lo que puedas, me dice, mientras busco unas monedas que se escurren en mi bolsillo.

Las luces del semáforo cambian y corre a mi lado unos metros, mientras las monedas se me escapan entre las manos y un río de vehículos me toca la bocina para que acelere la marcha. Se da por vencido y me grita: “No se preocupe señor, a la vuelta”.

Me deja pensando, mientras un sentimiento de impotencia y compasión me aprieta el pecho. Pienso, si le hubiese dado unas monedas quizás no le hubiese faltado por lo menos el pan.

Pero es tarde, el tiempo me apura y mis responsabilidades me impiden dar la vuelta. La calle es un hervidero de gente apurada, sofocada por el calor en el frenético ritmo del día a día.

De acuerdo con los datos del Instituto Nacional de Estadística, el trabajo infantil en Paraguay alcanza hoy al 8%, de niños, niñas y adolescentes entre los 10 y 17 años. Más de 90 mil.

Fue la primera imagen de este día que se me quedó grabada. Pero la rutina me sobrepasa. Me espera un día largo y cargado. Vuelvo a casa. Y enciendo la tele.

El noticiero de Guillermo Domaniczky y mi viejo sentado frente a la tele. Una adicción. Me siento a su lado y repito las noticias que preparamos unos minutos antes de salir del canal.

El dato que veo en las noticias no me sorprende. Más de un millón de niños y adolescentes están en situación de pobreza en Paraguay.

Y recuerdo al niño del semáforo. Vuelvo a ver su carita sucia, mientras otra noticia habla de violencia familiar. Siento un nudo en la garganta.

Casi 30 mil casos de violencia familiar fueron denunciados el año pasado. 30 mil.

Las noticias hablan del caso de un niño a quien su padre castigó brutalmente por unas monedas, mientras el periodista explica que Josecito (nombre ficticio), era explotado por un padre alcohólico y una madre permisiva.

El hombre no le había creído que el día no había sido tan bueno y había mandado al chico al Hospital de Trauma con dos costillas rotas y el cuerpito magullado.

La de Josecito es la historia de cientos de niños que son explotados en las calles ante la mirada cómplice de quienes deberían velar por el que estas cosas no sucedan.

Es una realidad que crece al ritmo de la pobreza y se alimenta de la ineficiencia del Estado que sigue sin encontrar los mecanismos para tratar un problema que va más allá de los niños, más allá de la violencia, más allá de unas monedas que, a veces, se tornan escurridizas.

Es irónico, pero mientras veo las noticias voy revisando mis redes y lo primero que veo en Twitter es un video de Mario Abdo Benítez haciendo campaña sentado al mando de un trencito infantil, mientras lleva una caravana de aduladores ajenos a la realidad del día a día.

Qué circo alejado de las risas. No va Josecito en ese tren, ni sus pequeños amigos, por las vías de la indolencia transita un gobierno a la deriva tratando de aferrarse al poder como una isla en medio de la miseria… Me indigna, pero esa… esa es otra historia.

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