• Por Felipe Goroso S.
  • Columnista político

Tiene que querer ser. Con esta frase se inicia toda primera charla entre un potencial cliente y un asesor político. Se trata de algún modo de graficar que la principal característica que debe poseer toda persona que aspire a ser político. Ganas de ser, con hambre, con sed de poder, de llegar a la cúspide por más empinada que se ponga a medida que va subiendo. El que aspire a ser político debe venir con la chispa suprema, la misma que se disputaban tanto Autobots como Decepticons en una de las películas de la saga “Transformers” filmada por el gran Michael Bay.

Y esa chispa no se puede comprar en la tienda de conveniencia de la esquina. De hecho, no puede comprarse en ningún lado. Debe venir con la persona. Si se encuentra con un asesor que le dice que tiene la chispa y puede dársela como parte del contrato no le crea porque le está mintiendo, señor que lee esta columna y está evaluando ser candidato a algún cargo por más mínimo que parezca. La chispa debe venir con quien pretenda ser presidente de la República o miembro de la comisión vecinal pro empedrado. La chispa es mística, es coraje, valentía. Es estar dispuesto a asumir ese grado de riesgo que viene implícito con la muy noble, aunque vilipendiada, política. Quienes estamos en ella, en alguno de los lados del mostrador, sabemos que así como tiene cada vez más componentes que se pueden analizar, medir, proyectar y evaluar; también sabemos que no ha dejado de tener ese grado de incertidumbre sobre los resultados, al respecto del futuro o de las decisiones que se toman. Sigue teniendo esa dosis de impredecibilidad que genera la adrenalina que la vuelve tan adictiva. En alguna medida, similar a lo que produce el azar en cualquiera de sus alternativas posibles que usted imagine.

Alguien demasiado dubitativo, sin la suficiente determinación, o excesivamente calculador termina sin animarse a nada. No pasa de ser un espectador, nunca un jugador dentro de la cancha, no pasa de ser un oficinista, nunca alguien que decide emprender por su cuenta aún sin tener el suficiente dinero en su cuenta, como aquel que, por no animarse a arriesgar, a ser rechazado prefiere llevar a la tumba el amor que sentía por la mujer de su vida. El candidato sin chispa espera un escenario ideal para lanzarse a una campaña, aquella coyuntura donde absolutamente todo juega a su favor, donde todos hagan fila para verlo o escucharlo, donde los partidos y movimientos se disputen su pase y lo reciban con una alfombra roja, una copa del mejor champán y un lugar de privilegio asegurado. Ese escenario no existe, nunca llega. Entonces termina siendo una excusa para no animarse.

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La política, esa mala palabra que empieza con p y termina con a, precisa de candidatos con la chispa suficiente como para venir a este ambiente que es muy pero muy duro, durísimo para quedarse. Es un mundo duro, lleno de fango, donde las derrotas son parte del camino, la diferencia siempre la marcarán quienes incluso habiendo sentido el amargo sabor de la capitulación hayan sabido levantarse y volver a empezar. Una y otra vez, hasta llegar al objetivo. Si no está dispuesto a hacerlo, es que sencillamente puede ser muy bueno en otras cosas, pero no en la política.

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