- Por Felipe Goroso S.
- Columnista político
Los jinetes del apocalipsis son los cuatro caballeros que se describen en la primera parte del capítulo sexto del Apocalipsis. El capítulo habla de un pergamino en la mano derecha de Dios que está sellado con siete sellos; en ese escenario, Jesús abre los primeros cuatro sellos de los siete, liberando a estos jinetes que montan en cuatro caballos: blanco, bermejo, negro y amarillo. Según la exégesis, representan y son alegorías de la conquista o la gloria, la guerra, el hambre y la muerte, respectivamente, aunque solo a este último se le designa por este nombre.
En pleno Miércoles Santo, cuando ya parecía que todas las noticias posibles habían ocurrido, se dio una que sería una verdadera bomba, de la cual hasta ahora es desconocido el alcance de sus perdigones expansivos. Cinco líderes sindicales de los camioneros eran detenidos y posteriormente imputados por extorsión, en plena sede del Ministerio del Interior, luego de recibir cincuenta mil dólares para no volver a cerrar las rutas en plena Semana Santa. La amenaza concreta se daba luego que el Ejecutivo promulgara la derogación de la ley que subsidia combustibles de Petropar. El pedido de dinero aparentemente llegó incluso hasta un millón de la moneda americana y luego se fue reduciendo hasta trescientos mil. El planteamiento integral abarcaba hasta el fin del periodo del gobierno actual, o al menos hasta fin de año coincidente con las internas de diciembre. Palabras más, palabras menos, los camioneros iban a permitir que el Presidente concluya su mandato en paz. Así de lapidaria y pesada venía la mano. La crisis es liderada por el ministro del Interior, Federico González, quien había presentado la denuncia ante el Ministerio Público. Un dato no menor es que estamos hablando del que posiblemente sea el hombre de mayor confianza del presidente de la República dentro del gabinete.
Como todo hecho gubernamental y público indefectiblemente se vuelve un hecho político. En la anterior crisis de los camioneros, que tuvo en vilo a todo el país, ya lo tuvo a Federico González como principal gestor y articulador por parte del Ejecutivo. Luego de varias semanas, la medida de fuerza que implicó cierres de ruta en todo el país y enormes pérdidas para toda la economía nacional, al punto de desabastecimiento en varios rubros, se anunciaba que se levantaba. Poco tiempo después, las cuentas oficiales del precandidato a presidente del oficialismo y actual vicepresidente de la nación anunciaban con bombos y platillos el apoyo de los líderes camioneros a su campaña. De igual manera lo hacía el asesor político del Palacio de López y actual precandidato a diputado, Mauricio Espínola. En el acto público de apoyo también aparecía el diputado por Paraguarí y actual precandidato a senador, Miguel Cuevas, también muy cercano y de mucha influencia en la campaña del vicepresidente. En el lado del Senado, el que siempre demostró estar alineado a los camioneros es el senador y actual precandidato a presidente, Sixto Pereira, incluso admitió que la hija de uno de los camioneros detenidos lo llamó apenas sucedió su detención.
La denuncia de parte de un hombre tan cercano al presidente y ministro político del gabinete, a un grupo que dio su apoyo a la campaña del candidato del oficialismo, tiene profundos alcances en la política, esa mala palabra que empieza con p y termina con a. Y así como los jinetes del apocalipsis, puede abrir días complejos para el universo oficialista.
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La oposición del apocalipsis
- Jorge Torres Romero
En política, la crítica es necesaria. Es el oxígeno de la democracia. Pero cuando la crítica se convierte en profecía apocalíptica pierde rigor y gana estridencia. Decir que el gobierno de Santiago Peña dejará “un país en ruinas”, como afirmó el senador Rafael Filizzola, no es un análisis: es una consigna. Y las consignas, por lo general, sustituyen a los argumentos.
¿Cómo puede un legislador ignorar –o peor aún, omitir deliberadamente– los datos objetivos que hoy están sobre la mesa? Paraguay ha alcanzado el grado de inversión, un hito histórico que durante décadas fue apenas una aspiración técnica. Ese reconocimiento no es una narrativa oficialista; es la evaluación de calificadoras internacionales que miden estabilidad macroeconómica, disciplina fiscal y previsibilidad institucional.
¿Eso es “un país en ruinas”?
El crecimiento económico sostenido, la expansión de la inversión pública y privada, los programas de inversión social ampliados y los esfuerzos por ordenar la administración del Estado tampoco encajan en esa descripción catastrófica. Se han encarado reformas estructurales –discutibles, perfectibles, debatibles–, pero reformas al fin. Y reformar implica asumir costos políticos. No es precisamente la conducta de un gobierno que administra escombros.
La oposición tiene todo el derecho de cuestionar. Es más: tiene la obligación de controlar, auditar y denunciar cuando corresponde. Pero la torpeza aparece cuando la crítica se divorcia de la realidad. Cuando el discurso se vuelve exageración permanente. Cuando todo es desastre, todo es fracaso, todo es ruina.
Esa miopía no solo empobrece el debate: explica, en buena medida, por qué la oposición atraviesa la situación política en la que se encuentra. No se ganan elecciones generales con diagnósticos desmesurados ni con relatos que desconocen la percepción cotidiana de la gente. El ciudadano común no vive en un país idílico, pero tampoco camina entre escombros.
El problema de los discursos fatalistas es que no construyen alternativa. Destruyen confianza. Generan desánimo. Alimentan una sensación de desesperanza que no aporta soluciones. Paraguay necesita debates serios, contrastes de modelos, propuestas superadoras. No necesita anuncios de catástrofes inminentes.
Decir que todo terminará en ruinas puede sonar combativo en una tribuna partidaria, pero resulta irresponsable en boca de un legislador de la República. La palabra pública tiene peso. Modela percepciones. Influye en la inversión, en el ánimo social, en la estabilidad.
Los paraguayos necesitamos salir adelante. Abrazar este país con realismo; sí, pero también con convicción. Señalar lo que falta, sin negar lo que se ha logrado. Construir alternativas sin incendiar el escenario.
Pero cuando la oposición prefiere el apocalipsis antes que el argumento, termina explicando –sin querer– por qué no logra convencer a la mayoría. Puedo estar equivocado, pero es lo que pienso.
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Es preciso detener la marcha del Reloj del Apocalipsis
- Ricardo Rivas
- Periodista
- X: @RtrivasRivas
- Fotos: Gentileza
Las guerras –tantas veces repudiadas en el devenir de la historia universal– una vez más parece estar a la vuelta de la esquina. No es una sorpresa ni mucho menos algo inesperado.
La aldea global cambia. La tertulia invernal en esta tan fría noche en Mar del Plata –unos 1.450 kilómetros al sur de mi querida Asunción– posibilita que emerjan dudas, interrogantes, convicciones y, por qué no decirlo, preocupaciones. Amigos, amigas y debates cruzados. Mi vieja mecedora junto a los leños crepitantes y los copones cargados con un Gran Enemigo, cabernet franc de 2020, añaden calidez a ese “cónclave para pocos… y pocas”, como propuso alguien en tono de broma en “la previa”.
Las guerras ganan preponderancia en el espacio dialógico. El destrato violatorio de los derechos humanos de más de 125 millones de personas desplazadas, según los reportes del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para Refugiados (ACNUR), agrega angustia.
“El propósito globalizador amplio que algunos estadistas a izquierda, derecha y centro impulsaron en décadas recientes parece decaer o, por lo menos, perder impulso”, lanza JJT, académico y catedrático. Lector con voluntad inquebrantable de conocimiento, agrega a ello su sorprendente memoria. Alguien coincide y asegura tener la misma percepción.
“Es así a partir del acceso al poder de nuevos líderes y lideresas que en algunos casos –por sus decires, sentires y acciones concretas– parecen dar señales de tener bajos coeficientes intelectuales para lo que se supone y demanda –justamente– a líderes y lideresas”, sentencia DEG, con años de formación en universidades asiáticas, europeas y en Oriente cercano.
Aquí, allá y acullá, conflictos en desarrollo. Terrorismos amenazantes y novedosas prácticas horrorosas. Armados con letales armas de diseño –incluso on demand– algunos gobiernos y corporaciones por debajo de la mesa privatizan las guerras e intervienen en ellas con mercenarios que asesinan a pedido del mejor postor.
SICARIATO A GRAN ESCALA
“¡El estadio superior del sicariato a gran escala!”, enfatiza AS, analista transnacional amateur. Con el pensamiento puesto en todos aquellos fuegos y nuestro propio fuego, entrecierro los ojos. Percibo que nuestros teléfonos inteligentes vibran.
“A los refugios. Suenan las alarmas”, reporta @bettapique –colega periodista galardonada y con larga trayectoria profesional en conflictos y guerras– desde su cuenta en X. “Israel e Irán intercambiaron disparos nuevamente (…) en su enfrentamiento más intenso de la historia, alimentando los temores de un conflicto prolongado que podría abarcar a Medio Oriente”, agrega la agencia francesa de noticias AFP.
Enmudecimos. Las y los integrantes de este grupo tenemos afectos y recuerdos valiosos en ese lugar del planeta. Tal vez, en silencio, propusimos un brindis por la paz que, también sin expresarlo en alta voz, lo aceptamos. Alguien levantó su copón. “¡Por la paz!”.
El ruego colectivo, sin embargo, no alcanza para dejar atrás los pensamientos. “El mejor camino para olvidar es no pensar”, le hizo decir alguna vez el viejo Ray Collins (92)
–tal vez el más grande escritor de historietas vivo en nuestra región después de la partida del admirado Robin Wood el 17 de octubre de 2021, en Encarnación– al teniente Zero Galván, del imaginario precinto 56 en NYC. “Pero, también, es el más largo”, remató aquel duro héroe latino (migrante) de ficción, aunque no tanto.
Ucrania arde. Gaza agoniza. Israel, aterrorizada. Irán, atormentada. República Democrática del Congo, ensangrentada. Sudán, Yemen, Nigeria, Afganistán, Siria, horrorizadas. Profesionalmente trashumé esos paisajes que millones –a través de milenios– llamamos Tierra Santa y algunos creemos que lo es.
Los grupos de poder que con el correr de los tiempos y la emergencia de conflictos múltiples se crearon para que líderes y lideresas resuelvan entre ellos y ellas los conflictos que se desploman sobre millones de inocentes devienen en púlpitos inadecuados, inútiles, para que los unos y las otras –tal vez– se escuchen entre ellos y ellas.
ALARIDOS
¿Quieren oírse? Los tremendos alaridos desgarradores de las y los desesperanzados no parecen conmoverlos. Millones huyen. Atrás quedan niñas y niños arrancados de sus familias para convertirlos en soldados. Los preparan para que sepan cómo ser eficientes para asesinar en masa.
Las y los adultos despojados de esos afectos entrañables, amenazados por lo que creen peor, se lanzan en busca de refugios incansablemente hasta que intuyen, perciben, sienten que –en verdad– van hacia lo peor. Miles sucumben cuando lo intentan.
Ningún lugar queda lejos para las y los desplazados forzados que, en cientos de casos, comprenden que escapar no siempre es llegar al lugar deseado. Al que creen más adecuado o al que, después de la huida, podría ser el nuevo y fértil campo de arraigo para sembrarlo de sueños. ¡Corramos, las balas pican cerca!
Sin embargo, algunas veces es tan aciago llegar que hasta aquel atrás peligroso que indujo la fuga parece perder sentido cuando –en cada playa a la que se arriba, luego de cada frontera que se cruza o muro que se sortea– se hace el recuento de quienes lo consiguieron entre las y los que partieron unidos en la desesperanzada esperanza.
Nunca fueron pocos ni pocas. Ni cuando las llamadas “invasiones bárbaras”, desde el siglo III de nuestra era, ni cuando finalizaba el siglo XIX y comenzaba el XX, en el “período de migraciones”. Sin embargo, por estos tiempos, los desplazados son muchos más. Quienes mueren en los intentos, también.
DESAPARECIDOS
En 2023, la Organización Internacional de las Migraciones (OIM) reportó que, desde 2014, “más de 28 mil personas han desparecido” cuando intentaban llegar desde África a Europa. Lampedusa, esa muy pequeña isla italiana, es uno de los tantos puntos de llegada. Se multiplican allí los campamentos solo asistidos por voluntarios de múltiples organizaciones no gubernamentales (ONG) y programas de organismos multilaterales cada día menos dotados de fondos asistenciales.
El Mediterráneo es la ruta inevitable y, a la vez, un riesgoso desafío. A tal punto que a ese bellísimo mar al que los mapas del Imperio romano señalaban y mencionaban como Mare Nostrum, el papa Francisco unos pocos meses atrás lo describió como “un enorme cementerio”. El simbólico averno también pueden ser las olas gigantescas.
¿Y cuando llegan? “Solo la idea, la sensación y la convicción de ser sobrevivientes nos hace sentir bien, afortunados… pero dura poco.
El recuerdo de las y los ausentes pesa, lastima, hiere. Nos persiguen sin descanso”, me dijo mientras miraba fijamente aquel piso arenoso un desplazado con el que pude conversar periodísticamente.
Por breves momentos, sus ojos se perdían en el estrecho de Gibraltar. Miedos. Fantasmas, pensé y la certeza de estar siempre bajo sospecha. Muy cerca está la tan lujosa como deslumbrante Tanger tachonada de residencias ostentosas de ricos y famosos. El jet set no se fija en gastos.
“Solo, voy con mi pena / Sola va mi condena / Correr es mi destino / Para burlar la ley…”. Manu Chao (francés, español, vasco y gallego), como en aquel tiempo, vuelve a sonar en mis oídos. Ayer, hoy y mañana. Espero que no. “Perdido en el corazón / De la grande Babylon / Me dicen El Clandestino / Por no llevar papel (…) Mi vida va prohibida / Dice la autoridad”.
ARRAIGO Y DESARRAIGO
Algunas y algunos lo consiguen. Pero… arraigo y desarraigo suelen ser asignaturas pendientes, para siempre. “No soy de aquí, ni soy de allá, / no tengo edad, ni porvenir / y ser feliz, es mi color de identidad…”, canta desde 1970 el querido Facundo Cabral (1937-2011), siempre en mi corazón, que un frío sábado 9 de julio se fue desde Guatemala luego de cantar junto con miles en, de, desde, por y para la paz.
Una tormenta de violencia se abatió sobre él a las 5:20 de aquel día. El 8 de abril de 2016 la Justicia condenó a medio siglo de cárcel a quienes lo asesinaron. El narco Alejandro Jiménez, el Palidejo, y sus cómplices lo hicieron. Nunca nadie explicó, sin embargo, qué pasó. Mucho menos… por qué sucedió. ¿Por qué a él?, pregunté alguna vez en Guatemala a un magistrado. “¿Por qué no a él?”, fue su respuesta.
Ucrania arde. Gaza agoniza. Israel, aterrorizada. Irán, atormentada. República Democrática del Congo, ensangrentada. Sudán, Yemen, Nigeria, Afganistán, Siria, horrorizadas. La construcción de muros supera ampliamente al tendido de puentes. Asilamientos. Nacionalismos. Terrorismos. Crimen organizado transnacional de alta complejidad.
Algunas expresiones se repiten una y otra vez. Datos, hechos y supuestos se cruzan y entrecruzan. Incertidumbre y dolor. Las guerras –tantas veces repudiadas en el devenir de la historia universal– una vez más parece estar a la vuelta de la esquina. No es una sorpresa ni mucho menos algo inesperado.
EL RELOJ DEL APOCALIPSIS
Cuando finalizaba enero, el Reloj del Apocalipsis –así llamada esa herramienta científica creada por los más relevantes expertos nucleares en 1947– marcó que, en el año que recién se iniciaba, este 2025, faltan 89 segundos para la medianoche nuclear. Horroriza –más que nunca por estos días– ingresar en https://thebulletin.org/ doomsday-clock/. JJT lo hizo desde su celu. “Adelantamos el Reloj del Juicio Final (así también llamado) de 90 (en el inicio de 2024) a 89 segundos para la medianoche”.
¿Es posible? Los sucesores de Albert Einstein y Roberto Oppenheimer nucleados dos años después de finalizada la Segunda Guerra Mundial –cuando Hiroshima y Nagasaki ya estaban incineradas– en el ámbito de la Universidad de Chicago son claros en el uso de la palabra. Son concientes de la gravedad del anuncio que realizan. Eligen puntillosamente cada vocablo para consignar que las agujas del Reloj del Apocalipsis precisan que – este 2025– es “lo más cerca que jamás hemos estado de la catástrofe” nuclear.
“El mundo ya está peligrosamente cerca del precipicio, un movimiento de incluso un solo segundo debe tomarse como una indicación de peligro extremo y una advertencia inequívoca de que cada segundo de retraso en revertir el curso aumenta la probabilidad de un desastre global”, puntualizan después.
Como una suerte de crónica del futuro que –como toda proyección histórica hacia atrás o hacia adelante se formula desde el presente, con lo que se sabe y se tiene hoy para medir y analizar– los analistas sostienen que “en cuanto al riesgo nuclear, la guerra en Ucrania, que ya lleva tres años, se cierne sobre el mundo”.
Agrega el breve texto que “el conflicto podría descontrolarse en cualquier momento debido a una decisión precipitada, un accidente o un error de cálculo”. Pero no se queda allí. “El conflicto en Oriente Medio amenaza con descontrolarse y convertirse en una guerra más amplia sin previo aviso”.
ARSENALES
Escalofriante. Revela luego que “los países poseedores de armas nucleares están aumentando el tamaño y la importancia de sus arsenales, invirtiendo cientos de miles de millones de dólares en armas que pueden destruir la civilización”.
Lamentan y hacen público aquel día que “el proceso de control de armas nucleares se está desmoronando, y los contactos de alto nivel entre las potencias nucleares son totalmente insuficientes dado el peligro inminente”.
Con amargo asombro – tal vez tentados por la desazón– aseguran que “resulta alarmante que ya no sea inusual que países sin armas nucleares consideren desarrollar sus propios arsenales” y, aunque no señalan a país alguno en esa condición, aseguran que esos desarrollos “socavarían los esfuerzos de no proliferación (de armas de destrucción masiva) de larga data y aumentarían las posibilidades de que estalle una guerra nuclear”.
EL FIN DE LA CIVILIZACIÓN
El párrafo final –que JJT lee en alta voz– suena (y resuena) aún en mis oídos. “Continuar ciegamente por el camino actual es una forma de locura. Estados Unidos, China y Rusia tienen el poder colectivo de destruir la civilización. Estos tres países tienen la responsabilidad primordial de salvar al mundo del abismo, y pueden hacerlo si sus líderes inician conversaciones serias y de buena fe sobre las amenazas globales aquí descritas. A pesar de sus profundos desacuerdos, deberían dar ese primer paso sin demora. El mundo depende de una acción inmediata”.
Siento que las agujas de ese Reloj del Juicio Final no se aceleran ni acelerarán por quienes ejercen el derecho humano “a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un Estado”; o “a buscar asilo, y a disfrutar de él, en cualquier país”, como lo consignan los artículos 13 y 14 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos del 10 de diciembre de 1945.
No y solo no. El abismo está delante de un puñado de poderosas y poderosos. Solo ellas y ellos tienen la potestad de dar o no dar ese último paso al frente para detener el reloj o acelerarlo para siempre. ¿Qué es lo que no se entiende?
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Mi visión del apocalipsis
DESDE MI MUNDO
- Por Mariano Nin
- marianonin@gmail.com
Los científicos advierten que los ecosistemas de todo el mundo están en peligro. Desde bosques y tierras áridas hasta tierras agrícolas y lagos, los espacios naturales de los que depende la existencia de la humanidad están llegando a un punto de no retorno.
Hay quienes lo creen y quienes no, pero vayamos a los que creen. Los números no mienten, la ciencia tampoco y los hechos menos.
Según la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación, hasta el 40 % de las zonas terrestres del planeta están degradadas, lo que afecta directamente a la mitad de la población mundial. El número y la duración de los periodos de sequía aumentaron un 29 % desde el año 2000 y, si no se toman medidas urgentes, las sequías podrían afectar a más de tres cuartas partes de la población mundial en 2050.
Entonces me puse a fantasear sobre posibles escenarios. ¿Te imaginas el mundo a oscuras? Un mundo sin energía, sin luz, sin agua potable, sin tecnología ¿Sobreviviría el hombre moderno?
Yo lo veo de esta manera:
El calor sería tal que extrañaríamos los árboles que cortamos y el pasto que cubrimos de cemento para construir una pieza más en la casa. En los edificios muchos se sofocarían y pronto comenzaría un éxodo sin precedentes.
Desde 1990 se perdieron unas 129 millones de hectáreas de bosques (una superficie casi equivalente a la de Sudáfrica).
En poco tiempo buscaríamos agua potable para beber. Se desataría una guerra masiva. No sería de países contra países sino de amigos contra amigos, familias contra familias, vecinos contra vecinos.
Se tomarían los centros de distribución y en poco tiempo se agotarían las reservas de agua tratada. La gente se volcaría a lagos y arroyos, pero solo encontraría fuentes de agua envenenadas, grandes reservorios de contaminación y nuestra propia basura.
Más de 1.000 millones de personas sufrirán en el futuro la escasez de agua a causa de la contaminación, la superpoblación y el cambio climático según la Organización Mundial de la Salud.
No podrían cargarse celulares ni computadoras. Los sistemas de comunicación colapsarían y pronto unos y otros quedaríamos aislados. Perdidos, intentando sobrevivir a la larga noche.
El mundo ya no sería el lugar que era. Solo sobrevivirán los fuertes, pero no por mucho tiempo.
Se estima que cerca de un 99,9 % de todas las especies que alguna vez existieron están actualmente extintas. De acuerdo con un informe del Fondo Mundial para la Naturaleza, 7 de cada 10 animales hoy vivos en el planeta estarán muertos en los próximos 50 años.
Es una predicción apocalíptica, improbable. No va a suceder. Pero estamos destruyendo aceleradamente el planeta. Si no lo entendemos y tomamos conciencia alguna vez podríamos arrepentirnos. La improbabilidad no destituye a la realidad.
Pero es una fantasía… ¿Lo es?...
Esa… es otra historia.
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South 2024: “En fin”, la serie sobre un falso apocalipsis
Por David Sánchez, desde Cádiz (España), X: @tegustamuchoelc (*).
En un día triste para el South International Series Festival de Cádiz, debido a las decenas de muertos ocurridos en Valencia (España) tras el paso del temporal de lluvia del día anterior, se presenta “En fin”, una serie sobre devastación, en la que el mundo se acaba. Al menos, eso es lo que creen los protagonistas de “En fin”, la nueva serie de David Sainz y Enrique Lojo.
La serie, producida por la compañía española Diffferent Entertainment, fue estrenada en Amazon Prime Video para una audiencia global, incluida Hispanoamérica, y narra el caótico despertar de Tomás, quien, tras una desastrosa noche en un centro comercial, descubre que el apocalipsis anunciado no ha llegado. Ahora, deberá intentar recomponer la vida que abandonó: su familia, su hogar y sus errores, en un mundo que sigue girando, aunque ya nada es como antes.
“Es una comedia de acción que nace mucho del drama del Apocalipsis y la ruptura de una familia”, explica David Sainz, quien coescribió el guion junto a Enrique Lojo. “Comparado con el Apocalipsis mundial, nos enfocamos en el apocalipsis familiar”, destaca, dando una dimensión emocional a esta serie de seis episodios que promete tanto risas como reflexión sobre segundas oportunidades y decisiones de vida.
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De ‘Malviviendo’ a la ambición de Amazon
Para David Sainz, quien ya es bien conocido en el mundo hispano gracias a su trabajo en la serie de culto “Malviviendo”, el cambio ha sido significativo en términos de producción. “Es un presupuesto radicalmente diferente; es mucho más cómodo trabajar con presupuesto, al final trabajar sin presupuesto es ir salvando carencias”, comenta. Gracias al respaldo de Amazon, Sainz y Lojo han podido plasmar una historia más fiel a su visión original. “Hemos podido hacer algo más ambicioso y contar una historia mucho más cercana a lo que nos imaginábamos”, asegura.
Fran Fernández Pardo, el director de fotografía, ayuda a crear la atmósfera visual única que caracteriza a esta comedia postapocalíptica. La serie muestra no solo un cambio de formato en cuanto a producción, sino también en la narrativa: “estamos acostumbrados a hacer series y poder desarrollar una historia a lo largo de mucho tiempo”, explica Sainz, “y tanto como espectador como creador creo que es lo que más disfruto ahora mismo”.
Sabor hispanoamericano
David Sainz, cuya madre es cubana, tiene una conexión especial con Hispanoamérica. “Canarias es prácticamente la Latinoamérica española”, dice, reconociendo que ha crecido en un ambiente muy latino, lo que le permite conectar profundamente con la audiencia hispana. La serie, distribuida por Amazon Prime Video, también estará disponible en Hispanoamérica, donde el trabajo previo de Sainz ha tenido buena acogida, especialmente en países como México, Colombia, Chile y Argentina.
Además, Sainz revela su entusiasmo por trabajar en proyectos latinoamericanos, incluso en un futuro. “Me encantaría trabajar allí”, comenta, con la esperanza de captar la atención de algún productor del otro lado del Atlántico. Recordando sus influencias, menciona su aprecio por el cine mexicano y chileno: “cuando yo era jovencito, me gustaba mucho el cine chileno… Y, evidentemente, el cine mexicano es un referente de siempre de todos los que nos queremos dedicar a esto, por lo menos en este país”. Incluso agrega un elogio al talento actoral argentino, resaltando su admiración por la formación y calidad interpretativa de los actores de aquel país.
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Yusarmy, personaje latino
La serie no solo resuena con influencias latinas, sino que además incorpora un personaje con fuerte identidad hispanoamericana, Yusarmy (Úrsula Murayama), quien, en palabras de Sainz, es un personaje “fortísimo” y carismático. “Me gustaría tener el Funko de ese personaje en la serie”, confiesa con entusiasmo. Esta representación de un personaje latino es una prueba de que, para Sainz, la integración de elementos hispanoamericanos en su trabajo no es casualidad, sino una parte fundamental de su identidad creativa.
Segundas oportunidades
La serie se posiciona no solo como un entretenimiento, sino como una reflexión sobre las segundas oportunidades y la posibilidad de reconstruir la vida después de un gran error. Para Sainz, esta historia se centra en el redescubrimiento de lo importante, incluso cuando el supuesto fin del mundo no ha llegado. Con un tono que combina comedia y drama, “En fin” busca entretener a una audiencia amplia y diversificada, sin perder de vista las realidades que todos enfrentamos en el camino. “Nos entendemos muy bien la gente de aquí y allá”, finaliza Sainz, haciendo hincapié en la conexión entre su tierra natal y el mundo hispanoamericano.
* David Sánchez es un periodista franco español afincado en Toulouse, centrado especialmente en cine iberoamericano, miembro de la crítica internacional Fipresci. Sitio: https://www.tegustamuchoelcine.com.