• Por Aníbal Saucedo Rodas
  • Periodista, docente y político

Cuando años atrás analizábamos la inacabada transición, que iluminó con el fuego de los cañones su punto de partida el 3 de febrero de 1989, y ante una meta excesivamente lejana, hacíamos analogía con un parto interminable. Lo viejo que no quiere irse y lo nuevo que no lograba nacer. Antiguas prácticas con otros actores. Hoy esa tensión se ha trasladado entre los justificadores de las atrocidades de la dictadura, que se resisten a desaparecer, y una ciudadanía que no consigue emerger a plenitud. Y en ese territorio de nadie –una suerte de paráfrasis imperfecta de Gramsci– retornan los brujos que, en realidad, nunca se fueron. Solo en ese claroscuro deliberadamente impreso, fuente de toda confusión e imprecisiones, pudo llegar a la Presidencia de la República alguien que reivindicó, y sigue reivindicando, ese pasado de tragedia –de sangre, miseria y luto– para miles de familias paraguayas.

Parte de ese claroscuro es responsabilidad de nuestro sistema educativo. Es aquí aplicable la reflexión de Alfredo M. Seiferheld: “En las escuelas enseñan sobre la Triple Alianza y la Guerra del Chaco, pero los alumnos nada conocen de nuestra realidad reciente”. Ese hueco devora la historia de las dictaduras en Paraguay, especialmente la más larga del siglo XX: la de Alfredo Stroessner (1954-1989). Una mirada crítica podría, incluso, reforzar la adhesión de los jóvenes a los valores de la democracia. Ese poder discrecional para detenciones arbitrarias, represiones, torturas, exilio y muertes no puede seguir permaneciendo fuera de las páginas de los libros de texto. Hay que explicarles a los estudiantes la naturaleza de la “orden superior”, la supresión de las libertades de reunión, de manifestación y de expresión, así como las forzosas desapariciones de los cuestionadores del régimen, víctimas, muchas veces, de intrigas y conspiraciones. Esas informaciones son necesarias, para que, luego, mediante el ejercicio del discernimiento, puedan juzgar con sentido crítico esos periodos de nuestro proceso político.

El 18 de setiembre de 2021, el mandatario paraguayo, Mario Abdo Benítez, desconoce al gobierno de Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, por considerarlo un régimen autocrático. Fue durante la cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) realizada en la Ciudad de México. El 20 de setiembre de 2006, el mismo Mario Abdo Benítez rendía tributo al fallecido dictador Alfredo Stroessner durante una sesión de la Junta de Gobierno de la Asociación Nacional Republicana, del cual era miembro titular. El 21 de setiembre de 1976, del siniestro Departamento de Investigaciones, después de veintidós meses de bárbaras torturas, son desaparecidos los hermanos Rodolfo y Benjamín Ramírez Villalba, Carlos José Mancuello y Amílcar María Oviedo.

Nicolás Maduro, al igual que Stroessner, recurre a la arbitrariedad que procede de la fuerza militar partidizada –no popular– para restringir las libertades, apresar ilegalmente a sus oponentes políticos y avasallar las instituciones republicanas para eternizarse en el poder. Demócrata no es. Stroessner tampoco lo fue. La única diferencia es que el primero es hostigado por los Estados Unidos y el segundo era su protegido. El presidente Abdo Benítez actúa de idéntica manera: condena al régimen de Maduro, pero sobresee a la dictadura de Stroessner.

En aquella sesión de la Junta de Gobierno del 20 de setiembre de 2006 (el dictador había fallecido en Brasilia el 16 de agosto de ese mismo año), Abdo Benítez (h), con voz emocionada, afirmó: “No creo que renegando de Stroessner nos haga mejores colorados”, pues –según él– “restauró el orden social” y evitó que “el terrorismo penetrara nuestras fronteras”. Se olvidó del terrorismo de Estado que había convertido al Paraguay en una gigantesca cárcel, que destruyó todas las instituciones, empezando por la educación, que no existía más ley que la voluntad del déspota. Cuando solicitó que los que estaban en la sala se pusieran de pie para el minuto de silencio –yo era integrante del colegiado– permanecí sentado. Minutos antes, teléfono mediante, el entonces presidente del partido, José Alberto Alderete, me pide, “por favor”, que no haga “alboroto” durante el “homenaje”. Por eso mi repudio fue gestual y no verbal.

El temor al “alboroto” tenía su antecedente. En la sesión del 28 de julio de 2004, el empresario –y miembro de la Junta de Gobierno– Juan Alberto Ramírez Díaz de Espada se pone de pie al hacer uso de palabra porque “para hablar del general Stroessner hay que hacerlo de pie, con reverencia” y exhortó a que se constituya una comisión para “el retorno del correligionario que hoy está en el destierro”. Ese día yo también hablé de pie, pero para “rendir tributo a las víctimas de Stroessner: Epifanio Méndez Fleitas, Teodoro S. Mongelós, Osvaldo Chaves, Miguel Ángel González Casabianca, Waldino Ramón Lovera, Mario Mallorquín, Leopoldo Ostertag, Sandino Gill Oporto y al gran líder republicano asesinado por la dictadura, el doctor Agustín Goiburú”. (Registros de los diarios de la época).

Setiembre trae recuerdos tristes, más tristes aun cuando los monstruos del claroscuro intentan desesperadamente exonerar de sus crímenes a un sanguinario dictador. Pura indigestión.

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