• Por Ricardo Rivas
  • Corresponsal en Argentina
  • Twitter: @RtrivasRivas

El presidente Alberto Fernández no pudo hacerse cargo, el sábado último, de la titularidad temporaria de la Celac (Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños), un bloque regional en formación desde diciembre del 2011 que, en la mirada estratégica de quienes lo impulsaron e integran, debería suplantar –sin los Estados Unidos ni Canadá– a la Organización de Estados Americanos (OEA).

Fernández, que como jefe de Estado acumula frustraciones en política exterior desde el inicio de su gestión, también falló en esta oportunidad. No pudo alcanzar, en el pasado reciente, los objetivos de encumbrar al argentino Gustavo Béliz en la presidencia del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) ni en la titularidad del Banco de Desarrollo de América Latina, ex Corporación Andina de Fomento (CAF).

Por este nuevo yerro no podrá compartir, en ese foro, ninguna actividad progresista, con los representantes de la reina Isabel II del Reino Unido, jefa de Estado de 11 de los 33 países que allí convergen. La nueva frustración se debe a que el canciller Felipe Solá, fue notificado que ya no conduce las relaciones exteriores argentinas, momentos antes de que arribara a México, donde se desarrolló el cónclave.

Fernández, según trascendió aquí, debía reemplazar a Andrés Manuel López Obrador, presidente mejicano, en ese bloque. Solá, quien fue notificado telefónicamente de su despido por quien será su reemplazante, el ex jefe de Gabinete de Ministros, Santiago Cafiero, finalizó el diálogo abruptamente, envió su renuncia por mail a la Argentina y abandonó la misión oficial que se le ordenara sin que hubiera sido relevado de esa responsabilidad en desarrollo. Inexplicable. Más allá de las desprolijidades que se produjeron para eyectarlo de la Cancillería y de su comunicada dimisión que no era tal, ya que su salida no fue su decisión, estaba en funciones con todas las atribuciones y responsabilidades del cargo.

Solá, para que quede claro, dejó de ser ministro hoy, en el momento mismo en que el señor Cafiero juró ante el presidente Fernández “cumplir y hacer cumplir fielmente la Constitución y las leyes”. El daño internacional y público a la Argentina –de ser ciertas las versiones circulantes aquí que daban por inminente la titularidad temporal de la Celac para el mandatario argentino– se concretó con creces. ¿Incumplimiento de los deberes del funcionario público? ¿Mal desempeño de sus funciones? Tipificar esa conducta es tema de juristas, fiscales y/o jueces.

Hasta el momento en que se escribe el presente reporte, no se conoce que haya denuncia alguna contra el ex funcionario por sus acciones que, como expresara en sus múltiples juramentos, en su larga trayectoria política, “Dios y la patria”, eventualmente, se lo podrían demandar.

De todas formas, su actitud –en tanto producción de sentido– por lo menos, aparece en la mirada de la opinión pública como un papelón grosero que afecta la imagen nacional y la del gobierno argentino. Sorprendente, no solo porque el ingeniero agrónomo Felipe Solá tiene una vasta experiencia en el ejercicio de la función pública, sino porque, además, tiempo atrás, con todas las letras y sin eufemismos, sostuvo en el transcurso de una entrevista periodística muy recordada que, para mantenerse tantos años en la política, es necesario “hacerse el boludo”. Esta vez, no pudo. Le ganó la bronca.

El episodio relatado, claramente, remarca que la profunda crisis política argentina, desatada desde una semana atrás en el seno de la coalición de gobierno afecta la marcha del país. Las diferencias profundas entre el presidente Alberto F. y la vicepresidenta Cristina F. no se extinguen.

La coalición electoral, legislativa y de gobierno en la Argentina cruje. Es más, se dobló hasta que claramente, la única salida, para que no se rompa, fue maquillar la derrota electoral y las disidencias internas con un cambio de gabinete nacional que propone a los nuevos ministros no ya poltronas de poder, sino butacas eyectables que, para mal de quienes en ellas se encuentran, el dispositivo de eyección, sin dudas, no será activado por sus ocupantes.

Hoy, en este país, inicia actividades de mantenimiento y control de daños un elenco ministerial que, en principio, tendrá que evidenciar eficiencia hasta el venidero 14 de noviembre. Tienen 50 días por delante. En la medianoche de ese domingo se conocerá el resultado de las elecciones parlamentarias de medio tiempo con las que se renovará un tercio de la Cámara de Senadores y la mitad de la de Diputados.

Quiénes habrán de superar esa dura prueba es un interrogante que, a estas horas, no tiene respuesta. Para nosotros ni para ellos y ellas. La media docena de hombres que se incorporaron al elenco ministerial, en principio, a la luz de lo sucedido después de las elecciones primarias simultáneas y obligatorias (PASO) del pasado 12 de setiembre podrían tener los días contados. O, para ser más exacto, para continuar en la posición, tendrán que alcanzar holgadamente con el objetivo de revertir el resultado adverso en los comicios pasados y ganar la elección que viene. No es poca cosa. En sentido opuesto a lo que muchos y muchas suponen, los cambios, no aportan paz interna a quienes aseguran estar coaligados.

Tensa calma emerge, como construcción, entre las partes enfrentadas. “Por si fuera poco lo sucedido, es un gabinete machirulo”, dijo a este corresponsal una prominente funcionaria gubernamental de militancia feminista y pertenencia al colectivo mujeres que exigió reserva identitaria “para no agregar más leña al fuego”. La queja deviene porque el legal cupo de género no aparece entre los flamantes ministros. De nada sirve repreguntar ni destacar que los arribados a la más alta gestión del Estado fueron propuestos por la vicepresidenta Cristina Fernández. El malestar subsiste. Las oposiciones hacen silencio.

Entre tanto, la sociedad –angustiada y demandante por las múltiples carencias que se verifican y dan cuenta de una profunda deuda social con las y los que menos tienen; con las y los vulnerables; con las y los emprendedores; con las y los que quieren estudiar; con las y los que quieren trabajar y no pueden hacerlo; con las y los que quieren alimentarse sin alcanzar a ingerir siquiera los mínimos nutricionales; con las y los que aspiran a tener salud, seguridad, tierra y techo–, como dice el tango, “los miran por sin comprender”.

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