• Por pastor Emilio Daniel Agüero Esgaib

La cultura es una respuesta humana a las provocaciones del medio. El medio provoca al hombre, este se defiende de esas provocaciones respondiendo, y el resultado de esta acción es lo que llamamos cultura. Así, cada pueblo tiene su manera de dar respuestas a sus propios medios. Si el medio me desafía con frío, busco protegerme de este. Si es con calor, respondo protegiéndome del calor, y el resultado es lo que llamamos cultura.

El ser humano tiene la “obligación” o se ve comprometido de responder al desafío que el medio impone, sin eso no tendríamos las cosas que ahora tenemos.

En esta generación está naciendo una cultura que no obedece esta lógica. Cuando hablamos de medio, tenemos que hacer una distinción de medio natural, social y del medio espiritual. En todos ellos, nosotros estamos metidos. El medio natural es la naturaleza; el medio social es el de las relaciones que tenemos entre nosotros; el espiritual tiene que ver con las necesidades más subjetivas de nosotros. Preguntas como quién soy yo, a dónde voy y el sentido de la vida no están en la naturaleza ni en la sociedad, están en la esfera del espíritu.

Necesitamos dar respuestas a esas preguntas y, sin visión espiritual de sentido y transcendencia de la vida, nos tornamos en náufragos sin orientación ni rumbo, y es lo que vivimos hoy como sociedad, no tenemos orientación espiritual. Lo espiritual, que da soporte a estas áreas, se está poniendo a un lado.

La cultura se bifurca en bienes materiales, inmateriales y espirituales que nos ayudan a sortear los obstáculos. La ropa es un bien material, el idioma es un bien inmaterial, pero, cuando tratamos acerca de los bienes espirituales, la respuesta debe ser una sola, pero no es así actualmente, y es lo que estamos viviendo.

Esta nueva cultura occidental está “matando” a Dios y, si Dios está muerto, como decía Nietzsche, ya somos libres de hacer lo que queramos. Y es esto lo que propone la cultura actual, quitar lo que no se ve, lo que no puede ser sujeto a la observación con los sentido físicos, y como a Dios no se le puede ver ni meter en un tubo de ensayo, es desechado y, una vez desechado, estamos libres de ejercer nuestra “libertad” (libertinaje).

La ley del “thelema” (haz lo que quieras). Esta es la ley que está siendo promovida desde 1940 del siglo pasado y, desde ese entonces, es la máxima: “Haz lo que quieras y sé feliz”. “Mi cuerpo, mi decisión”, son versiones de la ley del thelema. Esta ley te hace cualquier cosa menos cristiano o espiritual.

La enfermedad de nuestros días es la mentira, cuya consecuencia inmediata es la ceguera. Lo que estamos viendo no es la verdad. Lo que estamos viendo no es la verdad espiritual y moral. La sociedad de Occidente se ha desatinado y vive una “mentira cultural”.

Hay principios que rigen esa cultura de masas, uno de ellos es mantener al individuo en torno a sí mismo, en busca de la felicidad, del placer y de la autosatisfacción. Hay que mantener a la persona fuera de su identidad, para mantenerla en una identidad de masas. Esta identidad falsa debe ser mantenida para que el proceso de masificación continúe.

En este estado de masificación, existen mejores y peores personas. Las mejores son las que se acoplan al sistema; las peores, las que no lo hacen. El sistema quiere tener a las personas sin identidad, sin criterios, sin pensar, solo “sentir”. Es una “cultura del vacío”, con personas huecas, viviendo la mentira del “teatro existencial”. No se necesita ser auténtico sino solo “actuar” correctamente. Estamos llamados a consumir los bienes que este sistema nos impone, sin hacernos mayores cuestionamientos. Y, para mantenernos dentro de él, nos vemos obligados a aceptarlo.

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