“Al oír esto Jesús, les dijo: Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores” (Marcos 2.13-17).

¿Por qué Jesús vino al mundo? ¿Para quiénes vino?

La mayoría cree que Dios buscará a los buenos y rechazará a los malos; claro, entendiendo “bueno” según nuestros propios parámetros, no según los parámetros de Dios.

Tal vez casi todos se crean buenos, pues se juzgan a sí mismos siempre mirando al más desgraciado. Pero Jesús es el que nos dice quién es el realmente bueno. En Marcos 10.18 afirma que “ninguno hay bueno, solo Dios es bueno”. O sea, nadie es bueno.

El parámetro para decir que alguien es bueno es Dios y su carácter, y es imposible alcanzarlo, así que Cristo tuvo que venir a morir por los pecadores, o sea, todos.

Muchos también preguntan por qué Dios no elimina a todos los malos. La respuesta es que tendría que eliminarnos a todos, y eso no creo que nadie lo quiera. Si nos eliminara a todos, actuaría con justicia, pero decide, en su amor, darnos gracia; lo que necesitamos, y no lo que merecemos, ese es el evangelio, ese es Cristo.

Dios vino a los pecadores. Según los teólogos, el verso en el cual está concentrado todo el mensaje del evangelio y la Biblia misma es Juan 3.16. Las palabras son de Jesús hablando a un hombre “justo”, según los parámetros y las leyes religiosas; pero él también necesitaba de gracia, necesitaba nacer de nuevo. Un versículo más abajo dice claramente: “Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por Él” (Juan 3.17).

Claramente, el mensaje central del evangelio es una buena noticia para aquel que sea consciente de su propia miseria (Gálatas 3.8). Es una muy buena noticia para aquel que es consciente de su pecado y también consciente de su incapacidad de superarlo; solo así la gracia puede ser entendida como una bendición. Cuesta entender la gracia porque el orgullo humano, la autosuficiencia y la justicia propia gritan: “Yo merezco algo, quiero un premio, necesito una recompensa”.

La iglesia no está llena de gente buena, está llena de gente arrepentida, y eso los vuelve santos, apartados. Si la condición para ser cristiano es el reconocer nuestra miseria y pecado, y aceptar un regalo que no merecemos para alcanzar la salvación, significa que tendríamos que ser la gente más humilde del mundo. La gracia mata el orgullo, son los inconversos, los que no aceptan la gracia, los que están llenos de orgullo, no los salvos.

Si no fuese la gracia y el perdón de pecados, ¿cuál sería el motivo para que Cristo se encarnase?, ¿cómo podríamos justificar los sufrimientos de Cristo en la cruz si el motivo no era el pecado del mundo?, ¿por qué tendríamos que creer o qué significado tendría la muerte y resurrección sino dar salvación al pecador?

El mismo fundamento de nuestra fe nos habla de esto. Pablo dice en 1 Corintios 15.14, 17 que si Cristo no resucitó, aún estamos en nuestros pecados, o sea, estamos condenados. ¿Quiénes? Todos. El mensaje de la muerte y resurrección era tan elemental que él se proponía predicar solamente eso a la hora de dar un mensaje a los no creyentes, por intelectuales o sabios que fueran (1 Corintios 2.2-4).

Isaías 53 dice: “Todos nosotros nos descarriamos como ovejas… mas Jehová cargó en Él el pecado de todos nosotros”. Esta es la respuesta que, de no ser cierta, no se entendería para qué murió Cristo. Pero sabemos la respuesta, no había otra forma de salvar al hombre.

El que estudia la Biblia no tarda en descubrir que los pecadores son el objetivo de Dios (1 Timoteo 2.3-6).

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