DESDE MI MUNDO

  • Por Carlos Mariano Nin
  • Comentario

La llegada de las vacunas fue como un respiro para la humanidad.

En su periplo mundial el virus de Wuhan dejó unos cuatro millones de muertos y casi 185 millones de contagiados. Es el saldo más visible de este nuevo enemigo silencioso.

En menos de dos años, como un cáncer imparable, la pobreza se expandió por el mundo, subieron los índices de violencia familiar, cerraron miles de empresas y las enfermedades asociadas al encierro hicieron estragos en las sociedades.

Tuvimos miedo y no lo ocultamos. Pero cuando parecía que nos resignábamos, la ciencia dio un paso gigantesco. La noticia llegó en medio de la desesperanza y entonces las miradas se volcaron en dirección a la esperanza. Fue tan rápido que ni siquiera medimos el tremendo impacto que la producción de vacunas tendría en esta lucha.

Pero la humanidad jugó a ser la humanidad. Los países ricos acapararon los biológicos y nosotros quedamos atrapados en esa maraña de codicia y egoísmo, alimentada por la falta de gestión de un Gobierno insensible y bruto ante el dolor de su gente.

Muchos murieron en la espera. Muchos perdieron todo en la espera. Muchos luchan contra la espera. Más de trece mil quinientas personas murieron en nuestro país. Cuatrocientas mil resultaron infectadas y muchas de ellas le hacen frente a las secuelas que a veces son tan terribles como la enfermedad que provoca.

Es el lado oscuro. Terrible. Devastador.

Pero como debía ser, nuestro país pronto comenzó a recibir donaciones y unas pocas vacunas compradas. Ante el desconsuelo, el luto y la desinformación muchos prefirieron no vacunarse, pero con el tiempo las cosas cambiaron y esa obligación social se convirtió en una cuestión solidaria de vida o muerte.

Entonces fue contagioso.

Largas filas en los vacunatorios mostraron las ganas inmensas de vivir. Poco a poco las vacunas van llegando a más gente y esa gente anima a otra gente que convence a otra gente y la esperanza se extiende. Parece una película en la que vivimos un final feliz.

Muchas cosas se hicieron mal, todos lo sabemos, pero no esto. Pese a algunos avivados y otros pocos poderosos prepotentes, las vacunas van llegando a las personas que las necesitan.

Las fotos inundaron las redes sociales, los fines de semana en familia se vivieron en las filas del autovac y la alegría borra por momentos la tristeza por todos los que se fueron en esa espera.

Hoy me permito volver a sonreír. Miro las fotos de esa gente desconocida sonriéndole a la vida y siento una sensación inexplicable.

En pocos días, más personas se van a vacunar y cada vez más gente va a ganar inmunidad. Los comercios comenzarán a abrir, los empresarios contratarán más gente, los niños podrán volver a jugar en las calles y las escuelas tendrán el bullicio de los estudiantes enfrentando la vida.

Los ancianos podrán leer un libro en las plazas y los amigos compartirán un café o una cerveza postergada. Falta poco. Mientras, no pierdas la fe. Cuidate, y si te vacunaste, seguí cuidándote, así nos cuidamos todos y vemos más cerca el futuro.

Es la otra parte de la historia, dale una oportunidad a la esperanza.

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