DE LA CABEZA

  • Por el Dr. Miguel Ángel Velázquez
  • Dr. Mime

¿Alguna vez pensaste que la mente humana es la única que piensa sobre sí misma? No solo pensamos, también pensamos que pensamos. Se llama autoconsciencia y es la más sublime y poderosa capacidad de la mente humana. Lo que en Neurociencias se llama “la teoría de la mente”. ¿Alguna vez pensaste dónde están tus pensamientos? ¿En tu cerebro? En realidad, los pensamientos no están en ninguna parte. Es decir, no son un producto, algo que pueda estar aquí o allí, moverse o llevarse de un lado a otro, comprarse, alquilarse, prestarse o regalarse.

Los pensamientos son estados mentales conscientes que tenemos cuando funciona el cerebro, son un producto del funcionamiento pleno del cerebro. Como siempre digo en mis clases, el cerebro es el hardware y la mente es el software, no existen el uno sin el otro. Pero, sin embargo, creer que la mente y sus pensamientos son un producto del cerebro es un modo erróneo de entender su naturaleza. ¿Por qué tenemos la impresión de que nuestros pensamientos están aferrados a nosotros sin poder abandonarnos, sin que puedan dejarnos? ¿Por qué no podemos dejar de pensar en ningún momento de nuestras vidas? Precisamente por lo que acabamos de decir, porque los pensamientos no son algo, no son una cosa que podamos dejar por el camino cuando nos cansamos de ellos o cuando “no queremos pensar más en nada”. Son un estado mental que va con nosotros a todas partes, a donde quiera que vayamos, sin importar la hora o el lugar. Y ahora, lo más fascinante, porque la sensación de que los pensamientos van con nosotros; es decir, están siempre en los límites físicos de nuestro cuerpo y nunca fuera de él, es, en realidad, una ilusión, la más grande que crea el cerebro.

Lo saben muy bien quienes alguna vez han tomado una droga alucinógena (la ayahuasca por ejemplo, proporciona esa rarísima sensación) y han comprobado cómo la mente puede deambular por la habitación en que se encuentran mientras su cuerpo permanece tumbado lejos de ella. Afortunadamente, eso no pasa sin tomar drogas porque el cerebro crea continuamente la ilusión de que la mente siempre acompaña al cuerpo facilitando así el que nos movamos con eficacia para conseguir propósitos en lugar de hacernos sentir que vivimos fuera de nosotros mismos, lo que parecería una locura.

Ciertamente, el cerebro, sin que nos demos cuenta, es una gran fábrica de ilusiones, hasta el punto de que no es descabellado decir que sentimos el mundo de un modo más virtual que real, lo que en mi libro “Cerebra la vida” llamo “la Neuromátrix”. Tenemos la impresión de que son los ojos quienes ven, los oídos quienes oyen, la nariz quien huele, pero todo eso tampoco es verdad. Son todas “ilusiones electroquímicas”, fruto de la transformación de los estímulos (olores, colores, sabores, texturas, sonidos) en un lenguaje que el cerebro transmita y entienda. No son los ojos los que ven, sino el cerebro finalmente el que recibe la información y la decodifica para “contarnos” qué “estamos viendo”. Es algo que nos fascina, porque ni siquiera hoy podemos explicar cómo el cerebro se las arregla para que sintamos en la mano u otra parte del cuerpo lo que solo él es capaz de sentir. ¿Nos engaña entonces el cerebro? Socorro, que alguien me ayude...

Realmente... ¿a quién engaña el cerebro? ¿Podría yo sostener mi cerebro en la mano y acusarle de que me está engañando como si yo fuera algo diferente de él? Ciertamente, no. El cerebro no me engaña porque yo soy, por encima de todo, mi cerebro y la mente que ese cerebro crea. Si un día fuera posible trasplantar el cerebro de una persona a otra lo que en realidad estaríamos haciendo no es un trasplante de cerebro, sino un trasplante de cuerpo: a un cerebro le estaríamos quitando el cuerpo al que pertenece para ponerle el de otra persona. Si el cerebro con sus ilusiones engaña a alguien no es a otro que a sí mismo, el cerebro es su propio engañador. La evolución y la selección natural lo han configurado de ese modo y lo han convertido en el órgano más inteligente que conocemos. No en balde, René Descartes tenía razón cuando, estando ya DE LA CABEZA, dijo alguna vez “pienso luego existo”, pues sería imposible saber que existimos si el cerebro no nos proporcionara la capacidad de pensar. Nos leemos el sábado que viene.

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