Es un estado que está latente en cada ser humano. Su condicionalidad se supedita a la emocionalidad con la que vive cada persona. Los momentos pueden ser disparadores para que su presencia sea posible. La sucesión de hechos genera oportunidades para vivenciar sus efectos, que se constituyen en el motor de acción de lo que se siente. Son los actos amparados por su calidad emotiva. Sin necesidad de proponérselos son los que demuestran lo que perciben. Son los que se percatan que algo ha pasado. Son los que se manifiestan y al hacerlo pueden experimentar expresivamente lo que creen sobre lo que están viviendo. Son los que buscan hallarse junto a quienes también viven las consecuencias de la estampa que los distingue. Es que cuando alguien se conmueve, la humanidad está viva.

Las emociones habitan en la subjetividad de quien las desarrolla y en esa interioridad encuentran la dimensión de lo que representan. Es el ambiente que propicia el universo más amplio para el desahogo de lo que acontece. Es el lugar en común donde habitan los cosmos conmovidos de aquellos que conocen de lágrimas y sonrisas. Lo vivido está inundado de conmociones internas. El impacto de las mismas repercute indefectiblemente en el exterior. Es ineludible que lo de adentro se traslade hacia afuera, y ese tránsito ocurre más allá de que se trate de evitar, en los casos que así se decide proceder, o aunque se intente acelerar lo que requiere de un tiempo para poder darse a luz. Esa inapelable ligazón tiene doble vía y la conectividad se retroalimenta una y otra vez; al acceder a la superficie visibiliza el origen de lo anterior almacenado en la privacidad del sujeto y da paso a una nueva interpretación de lo que se percibe.

Donde habitan las impresiones puede haber inquietudes. Lo que lo intranquiliza, lo que lo turba, lo que lo agita necesita ser dicho. Y es nuevamente el que convive en su entorno el que puede conmoverse. Quizás basta que uno se conmueva para lograr que lo que duele le dé paso a lo que trae esperanza. Aquel afligido puede conmoverse por la actitud que ha tenido hacia él quien lo ha comprendido. ¡Cuánto ha sucedido para que haya podido comprender! Se involucró, se compenetró, intuyó, captó, vislumbró y conoció acerca de lo que le aquejaba a la otra persona. Lo que permitió que en el universo subjetivo la multiplicidad de sensaciones revele la opulencia que posee el ser humano y permita el acceso a la socialización de su grandiosa esencia.

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