DE LA CABEZA

  • Por el Dr. Miguel Ángel Velázquez
  • Dr. Mime

El dedo en la llaga. Es lo que hizo esta semana mi amigo Mike Silvero desde su programa (“Silvero todos los días por GEN”) al hablar de un grupo de Kpop o pop venido de Corea del Sur. Y se encendió la llama que trajo consigo literales hordas de adolescentes que, exigiéndole disculpas públicas por referirse a su grupo favorito de manera que ellos (erróneamente) entendieron ofensiva, cargaron virtualmente contra sus cuentas y las del canal. Algo parecido, pero de mucho menos decibeles, hicieron cuando hice un chiste más médico con las siglas del grupo en Twitter, insultándome con creativos adjetivos que no pensé leer en adolescentes y púberes cuyas fotos eran todas de alguno de sus ídolos. Pero a lo que voy: ¿por qué el cerebro (de cualquier edad) reacciona de esta manera movido por el fanatismo? ¿Qué pasa por esas mentes en esos momentos?

La neurociencia lo explica mediante la adhesión incondicional a una causa, sin límites ni matices, hasta el extremo de realizar cualquier tipo de acción en su favor, incluso agredir por ella, lo que realmente llamamos fanatismo. Algunas investigaciones señalan que un neurotransmisor químico llamado dopamina (conocido para los que frecuentan esta columna semanalmente) podría jugar un importante papel en los procesos cerebrales que conducen comportamientos fanáticos, independientemente de la forma en que se expresen. Y es que las neuronas que manejan la dopamina están muy relacionadas con las emociones que experimentamos y se activan cuando el organismo obtiene placer con alguna acción. Los aficionados a un cantante obtienen placer al escuchar sus canciones, pero esta sensación se multiplica si ven al artista en vivo sobre un escenario. En esos momentos se libera mucha más dopamina y se experimenta una felicidad considerablemente más intensa. Por otro lado, el constante fanatismo a uno o más artistas se explica porque el cerebro se acostumbra a estas “neuro-recompensas”. La repetición de las recompensas acaba por crear una señal permanente en los circuitos cerebrales, que invita a los individuos que viven tales satisfacciones a buscarlas nuevamente, y que no es otra cosa que el principio de las adicciones, funcionando igual que con las drogas, la comida o incluso el enamoramiento. Pero en los adolescentes ocurre algo que aumenta esta respuesta, y es que, al tener cerebro inmaduro (que no ha llegado aún a la plenitud de su neurodesarrollo que se alcanza a los 18/19 años) tiene más receptores dopaminérgicos, lo que hace que sean vulnerables a caer en conductas de riesgo que involucran el placer, emociones fuertes estimulantes y drogas, como dijimos, el cual es el mismo circuito de placer, recompensa y adicción: lo que gusta produce dopamina y la dopamina se acaba, tendiendo a buscar más y más dopamina: ese es el fundamento de nuestro conocido circuito de recompensa cerebral que también ya fue protagonista de varias columnas sabatinas.

Las neuronas que manejan la dopamina se activan en mucha mayor medida cuanto más inesperada sea dicha recompensa. En esos momentos excepcionales se libera mucha más dopamina y se experimenta una felicidad considerablemente más intensa. Pero quizá lo más importante de todo sea que el cerebro se acostumbra enseguida a esperar estas neuro-recompensas. Una de las zonas del sistema nervioso en las que más dopamina se produce es la llamada sustancia negra, que está situada en el cerebro medio y tiene como una de sus principales funciones el aprendizaje.

La repetición de las recompensas acaba por crear una señal permanente en los circuitos cerebrales, que invita a los individuos que viven tales satisfacciones a buscarlas de nuevo. Sería, por tanto, el propio cerebro el que les dicta, desde las profundidades de las neuronas, la necesidad de volver a alcanzar estos impredecibles momentos de éxtasis a los cuales la música resulta más propenso que otras actividades. Pero aunque quizá en las sociedades occidentales hoy se asocie a los fans con el deporte o la música, es evidente que otras actividades importantes para el ser humano como la religión y la política son una cantera para el fanatismo. Mientras las personas no fanáticas tienen ideas, los fanáticos tienen creencias, que son funciones adaptativas para lograr certidumbre y seguridad.

Esta configuración del pensamiento fanático suele mostrar unas peculiaridades conocidas como distorsiones cognitivas, que son errores en el procesamiento de la información como, por ejemplo, pensar dicotómicamente, en términos de blanco o negro, dividiendo el mundo entre nosotros y ellos, acabando por desarrollar lo que se conoce como rigidez cognitiva conjuntamente con una sobrevaloración afectiva de sus creencias que las hace vivirlas con una intensidad muy alta (por eso se enojan si les contradecimos e incluso pueden llevar a actitudes violentas como las que vimos en redes sociales) haciéndoles ver a los discrepantes como enemigos. Esta “construcción del enemigo” implica rebajarlo a la condición de cosa –cosificarlo–, y eso significa verlos como algo subhumano (gay, mogólico y otras linduras que me dijeron en Twitter por mi chiste). La consecuencia principal de esta cosificación del “enemigo” es cubrir con prejuicios y estereotipos sus reacciones naturales de compasión hacia las víctimas, aprendiendo a despersonalizarlo y, de esa manera, neutralizar sus reacciones ante lo que hacen.

Finalmente, debo señalar que estas manifestaciones muchas veces pueden ser de riesgo, no por sus extremos, sino porque, según la psicología, quienes luchan con tenacidad para defender los estandartes del grupo, en última instancia están defendiendo su propia autoestima, a la que sienten peligrar. Las investigaciones en psicología postulan una ecuación simple: cuanto más pobre es la autoestima, mayor es la necesidad de identificación con una comunidad poderosa que les ayude a repararla o al menos sostenerla. Cuanto más inseguros se sienten y dudan de lo que valen, más fuerte es el impulso de poner a salvo el orgullo personal asociándolo a un grupo sólido de pertenencia. Por supuesto, esta ecuación no es matemática; es decir, no aplica al 100% de las personas. Pero sí aplica a muchas de ellas. Por eso, el fanatismo es algo absolutamente DE LA CABEZA, y que hay que saber manejar para mantener una adecuada salud mental, que, como siempre digo, es nuestra próxima gran pandemia que ya ha comenzado. Nos leemos el sábado que viene.

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