• Por el Dr. Miguel Ángel Veláquez
  • Dr. Mime

Y un día, todo cambió. Nos tuvimos que encerrar, reaprender hábitos de higiene, a cubrirnos las sonrisas y a decir adioses muy prematuros. Lo hemos sufrido y lo seguimos padeciendo. Si a nosotros nos fue difícil... ¿Cómo les habrá sido a los niños?

No hay mucho secreto. Los más grandes sufrimientos; a los extremos de la vida los padecieron los ancianos y los niños. Y aunque para los abuelitos ya se habilitaron las vacunas (que no se aplicaron a todos vaya uno a saber por qué mecanismos cerebrales que ni me animo a escrutar), en los niños el apego es la única vacuna que como adultos tenemos para brindarles para prevenir enfermedades físicas y mentales. Y es que nosotros conspiramos contra ellos, porque toda la información que nosotros procesamos, aunque creamos que no la ven o escuchan, siempre lo hacen y no la procesan como nosotros (si a nosotros nos cuesta horrores, ¿qué será a ellos? Todos estos datos, aunque parezca que no están poniendo atención, activa zonas del cerebro relacionadas con el estar alerta y les genera estrés. Este fue nuestro primer error.

En pandemia, nuestro segundo error fue olvidarnos del juego. Hoy en día, nuestra sociedad tiene infravalorado el juego y resulta que la ciencia ha revelado que es una necesidad biológica de los niños, es un impulso vital y primario que los empuja a explorar el mundo, conocerlo y dominarlo. El juego se presenta también como alternativa para comprender la realidad, aprenden todo, desde conocimientos básicos como colores, números, días de la semana, hasta las habilidades más complejas, como la empatía y la compasión. Es el traductor a través del cual interpretan el mundo. Cuando los niños juegan, no solo aprenden sino que además es un proceso terapéutico, porque jugar es un canalizador de emociones. Mientras se juega se produce una serie de hormonas y neurotransmisores que les hace sentir bien, felices, en calma y satisfechos, sentimientos necesarios en esta situación que estamos viviendo. No olvidemos que si queremos niños sanos, ellos deben jugar.

El tercer error que hemos cometido es relegar al cerebro a un último lugar en tiempos de pandemia y aislamiento. El cerebro es el órgano más importante de nuestro cuerpo. Olvidamos de cómo cuidarnos y de implementar en casa hábitos saludables para que en esta difícil tormenta que vamos navegando, para de esta manera, al menos asegurarnos que vamos en un barco seguro. El hecho de relajarnos con los horarios del sueño, con los alimentos que se compran y consumen en casa, el buscar excusas para no hacer actividad física porque las salidas son complejas o porque se nos ha quedado el hábito de salir poco de los momentos más estrictos, y el elegir evitar los conflictos y confrontaciones en casa y remplazarlo con las pantallas, hace que nos hayamos relajado enormemente ante lo que deberíamos haber priorizado.

Es importante que exista una completa sincronía familiar, cardíaca, biológica y cerebral, pregonar hábitos apropiados para cuidar la salud mental; buen sueño, más de calidad que de cantidad, con una correcta higiene del sueño, priorizar el consumo de alimentos que nos hagan bien como los llamados neuroalimentos, que tienen nutrientes de buena calidad, que nos permitan mantenernos con energía, que protejan nuestro cerebro de las enfermedades mentales, que nos ayuden a aprender con agilidad y a sentirnos felices (de eso hablaremos en otro sábado). No olvidemos que la próxima gran pandemia que está ya entre nosotros es la de la salud mental y es algo que debe desde ya tenernos DE LA CABEZA, sobre todo para proteger a nuestros niños, los más vulnerables mentalmente hablando. Nos leemos el siguiente sábado.

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