• Por Aníbal Saucedo Rodas
  • Periodista, docente y político

Tenemos que admitir, con profundo pesar, que no tenemos tradición en el ejercicio de las urnas como competencia real y leal. El período de las candidaturas únicas, en correspondencia con qué partido estaba en el poder, solo pudo romperse en 1928. Es el mismo año en que el Partido Nacional Republicano se dividió en dos asociaciones diferentes con el distintivo de “Abstencionistas” y “Eleccionistas”. Estos últimos eligen a Eduardo Fleytas y Eduardo López Moreira para enfrentar a los candidatos del Partido Liberal en el gobierno, o sea, la fórmula José P. Guggiari-Emiliano González Navero. El Partido Liberal del llano, por su lado, estaba liderado por Eduardo Schaerer, director de La Tribuna, en indisimulada consonancia con los “abstencionistas” republicanos. Luego, de nuevo la oscuridad.

A esa inédita experiencia se cruzó otra guerra internacional e inmediatamente después regresamos a la recurrente práctica de cuartelazos y revoluciones. El 3 de junio de 1948 el Partido Colorado vuelve al poder con la presidencia provisoria del viejo Juan Manuel Frutos. Las conspiraciones siguen su curso natural. Se suceden en el gobierno Natalicio González, Raimundo Rolón, Felipe Molas López y Federico Chaves, hasta que llegamos a la fecha aciaga del 4 de mayo de 1954. Previo y breve mandato de transición de Tomás Romero Pereira, Alfredo Stroessner instala una de las dictaduras más largas en América Latina, mediante un golpe de Estado en que muere una de las figuras intelectuales más brillantes del coloradismo, Roberto L. Petit, como premonición trágica de un futuro igualmente trágico. Es reelecto en 1958 como candidato único. Se suprime el Comité Central de la Juventud Colorada y arrecia la violencia contra obreros y estudiantes. Stroessner, contrariando el pensamiento y las aspiraciones de los líderes colorados que contribuyeron para llevarlo al poder, no tenía intenciones de irse. Finalmente, con la Cámara de Representantes disuelta, se fueron ellos.

Cinco años después, en 1963, con una oposición fragmentada y gran parte en el exilio (especialmente republicanos), compite con él, sin ninguna chance, un candidato del Movimiento Renovación Liberal. El resultado cantado, en porcentajes, fue de 92,26% frente a 7,74%. Convocada una Convención Nacional Constituyente en 1967, con participación de representantes de los partidos Colorado, Liberal, Liberal Radical y Revolucionario Febrerista, se aprueba la reelección presidencial, consecutiva o alternada, por dos períodos. Una oportuna enmienda en 1977, sin presencia de la oposición, le permite a Stroessner el vitaliciado en el poder. Hasta el final de la dictadura, varias fracciones del liberalismo participaban de una farsa electoral en la que se votaba, pero no se elegía. Exilios, desapariciones forzosas, encarcelamientos, torturas, pobreza extrema, alto grado de analfabetismo y la corrupción consentida entre los privilegiados que habían parcelado los negocios ilícitos, fue el saldo de ese período negro de nuestro pasado.

El vaticinio del finado doctor Martín Chiola, integrante de la “militancia estronista”, de “a balazos subimos al poder y solo a balazos bajaremos”, se cumple puntualmente entre el 2 y 3 de febrero de 1989. Igual que en 1954, los protagonistas colorados del golpe estaban convencidos de que el victorioso general Andrés Rodríguez dejaría la candidatura presidencial a manos de un civil. Pero el virus del 4 de mayo ya lo había contaminado. Aunque prometió que terminaría el período de su consuegro, ya exiliado en Brasil, y luego se retiraría, la Convención Nacional Constituyente de 1992 prefirió asegurar que así sea.

En 1991 se inicia nuestro recorrido institucional por las urnas, cuando Carlos Filizzola vence al candidato oficialista en las elecciones municipales de ese año. Sin embargo, en lo concerniente a la presidencia de la República, solo en el 2008 se quiebra la larga hegemonía de la Asociación Nacional Republicana con la victoria de la Alianza Patriótica para el Cambio que hace aterrizar a Fernando Lugo en el Palacio de López. Los votos colorados que apuntalaron el triunfo del ex obispo de San Pedro rápidamente volvieron a su hábitat original. Viejos vicios en odres nuevos. Persecuciones (principalmente de parte de ministros y directores de entes liberales), clientelismo, corrupción y nepotismo. El ilusorio cambio era más de lo mismo. Cinco años después, Horacio Cartes es el primer candidato en superar la barrera del millón: 1.104.976 votos, duplicando prácticamente los números de la ANR del 2008. Historia repetida en el 2018.

Este tramo de 32 años de democracia aún no fue suficiente para rellenar ese vacío de competitividad electoral que arranca desde 1887, cuando se fundaron los dos partidos tradicionales del Paraguay, tal como se puede comprobar en esta crónica casi lineal que acabamos de trazar. Ninguna organización política o social fue capaz de construir una cultura democrática vigorosa de ciudadanía. Algunas ni siquiera realizan sus internas. Después del fallido ensayo de Lugo, la oposición hoy es similar a la mitológica Hidra y sus varias cabezas; en tanto que el presidente de la República, Mario Abdo Benítez, está poniendo su mejor empeño para que su partido, el Colorado, caiga en el 2023. Deprimente paisaje. Buen provecho.

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