A pesar de que estamos en plena era de la tecnología en la que muchísimos procesos semiartesanales, que en el siglo XX eran comunes dentro de las empresas, su aplicación hoy día en muchas de ellas, incluso de tamaño corporativo, no la hemos podido aún superar del todo.

Seguimos teniendo compañías en las que día a día funcionarios con niveles de responsabilidad superior se pasan una parte de su jornada laboral “apagando incendios”, pues ante una cultura disfuncional y semiimprovisada siguen confiando en la capacidad de sus directivos de poder actuar de bomberos, para poder luchar contra las llamas hasta vencerlas.

Lamentablemente seguimos teniendo en muchas organizaciones a personas con una visión cortoplacista y que siguen pensando solo en la resolución cotidiana de los “problemas” que se les va presentando.

Muchas veces le damos “luz verde” a la máquina de la improvisación, acelerando los niveles de producción a fin de poder cumplir con los pedidos de nuestros clientes, forzando incluso a nuestras máquinas, dado que las hacemos trabajar más allá de su real capacidad, superando los niveles normales aceptables, interminables horas extras al personal afectado, lo que con el correr del tiempo podrán tornarse en resultados negativos, pues tendremos una máquina que ya no produce como antes, y a un personal cansado y desmotivado, dado que hasta los fines de semana lo hacíamos trabajar.

Estos tipos de “solución parche” podrían ser útiles en tiempo de crisis. Sin embargo, duele aceptar que siguen habiendo directivos en nuestras empresas que se han habituado con dicha forma de actuar, utilizando estos tipos de opciones, sin ponerse a reflexionar que podrían haber otras alternativas, pero que lamentablemente no las pueden ver y apreciar pues se pasan metidos “dentro de la cancha” y no ven lo que pasa en el terreno más importante que es el mercado y su competencia.

Se dan ocasiones en que la ocurrencia de un problema puede ser atribuible a un hecho aislado, pero si una emergencia se va repitiendo muy a menudo ya no podemos hablar de una mera coincidencia ni mala suerte, sino más bien una falta de previsión y planificación anticipada que nos permitan saber dónde y cómo mirar, y encontrar un orden oculto, un patrón.

Muchas veces se torna difícil todo esto, debido a que estamos metidos dentro del problema, formamos parte de él, por lo que ante situaciones como estas se torna necesaria que “paremos la pelota” y digamos: ¿Es la primera vez que se presenta este hecho? ¿Se podría repetir en el futuro? ¿Hay una forma de prevenirlo?

Todo lo que vemos y lo que no vemos de determinada experiencia o situación dependen del marco o la cultura en los cuales esté concentrado nuestro foco.

Cuando nuestra perspectiva se torna muy estrecha, enfocamos el problema como si fuese un hecho aislado.

Los marcos que usamos para interpretar una situación pueden empobrecer nuestra percepción y generamos estados disfuncionales negativos.

Cuando “solo se trata de resolver problemas” es frecuente que se desdibuje la diferencia entre lo importante y lo urgente.

Si, pese a los esfuerzos, la situación persiste reacia a las soluciones intentadas, se indaga una y otra vez sobre las causas que la provocaron.

Muchas veces las respuestas forman un círculo vicioso en el que abundan las excusas, las acusaciones mutuas y las referencias a la mala suerte.

Si como empresa pretendemos ser rentables y competitivos, tenemos que abrir los ojos a la realidad e ir superando todas estas anomalías que lo único que harán es perjudicar las chances de permanencia de nuestra organización dentro del mercado, y no nos sorprendamos si llegado un momento hasta nos veamos obligados a “bajar las persianas” por falta de capacidad de gestión.

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