Una característica fundamental de Dios es que Él es un dios que se comunica, que se revela y que tiene un mensaje para el ser humano.

No es un dios inalcanzable o que nos creó y nos dejó librados a nuestra suerte. Él habla, y eso es evidente.

La Biblia, que es su palabra y su mensaje, nos cuenta que, desde el primer momento en que creó al ser humano, se comunicó con él. Le dio propósito, tareas, identidad y todo aquello que el hombre necesitaría para ser feliz y pleno en este mundo.

También le dio un mandamiento, uno solo. Le dijo que no podría comer del árbol del bien y del mal porque, de hacerlo, moriría.

Este árbol y este mandamiento tenían un propósito, que era dar al hombre la posibilidad de elegir, en su libre albedrío, si obedecería a Dios o decidiría tomar sus propios caminos.

Dios es un dios de amor, y el amor debe ser elegido, no impuesto. Él quería que el hombre decidiera. Lastimosamente, su creación prestó más sus oídos a la serpiente que contradijo la orden de Dios que al mismo mandamiento de Dios. Y así, vemos cómo, desde esa historia y comienzo, esto ha marcado la línea de la humanidad: Dios habla, pero dudamos de la voz de nuestro Creador y prestamos más oído a otras voces, como la de nuestra mente, de nuestras circunstancias, del pecado y hasta del mismo demonio, que a la voz de Dios.

Pero Dios no se quedó callado. Cuando Caín envidió a su hermano Abel y decidió matarlo, según se relata en Génesis 4.6-7, le advirtió que el pecado y la tentación estarían a la puerta acechándolo, pero que él tenía la decisión de obedecerlo o no. Caín desoyó la voz de Dios y mató a su hermano.

Así podemos ver, en la historia de la humanidad, que Dios nunca dejó de hablar al ser humano. Un versículo clave y lema del pueblo de Israel está en Deuteronomio 6.4- 6: “Oye Israel: Jehová tu Dios uno es. Y amarás a Jehová tu Dios de todo corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas. Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón”. Shema Israel. Oye Israel. Dios quiere hablar contigo. Durante miles de años usó jueces, luego profetas e, incluso, reyes que hablasen al pueblo para instruirlos, advertirles o reprenderles para que vuelvan a la voluntad de Dios. Por lo general, según nos relata la Biblia, los hombres obedecían solo después de sufrir las consecuencias de su desobediencia y se volvían a Dios mientras el profeta vivía; pero, una vez que este moría, poco a poco, el pueblo se descarriaba de vuelta de la voluntad de Dios, hasta la siguiente desgracia, fruto de su desobediencia.

Así, a través de los patriarcas, los jueces, profetas y reyes, muchos de los cuales eran gente de origen sencillo, Dios habló a la humanidad, y sus palabras quedaron registradas en el libro que conocemos como la Biblia.

Luego, Dios habló a través de Juan el Bautista, que venía a pedir a los seres humanos que purifiquen sus intenciones, y se arrepientan de sus pecados para estar preparados y recibir al Salvador que venía detrás de Él.

Finalmente, vino Jesús mismo, Dios hecho hombre, a hablarnos de Él y a decirnos que, el que lo vio a Él, vio a Dios, y el que lo escuchó a Él, escuchó a Dios.

En el libro de Hebreos, dice: “Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo…”. (Heb 1.1-2).

Para discernir la voz de Dios, solo necesitamos ser sinceros, quitar las excusas, no ahogar esa voz y humillarnos a nosotros mismos, reconociendo que hay una voz que nos llama.

Estamos en tiempos donde, más que nunca, es verdad lo que Jesús dijo: “No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”.

Solo la voz de Dios puede llenar el vacío que todo ser humano tiene en su espíritu.

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