• Por Aníbal Saucedo Rodas
  • Periodista, docente y político

La política paraguaya, históricamente, se preocupó más de exacerbar antagonismos que en reflexionar sobre ideas. Esa es una ley implacable y aplicable a todos -dentro y entre- los partidos y movimientos políticos, en sus variadas tendencias ideológicas. Que afecta, incluso, a ese segmento engañoso de los supuestos “sin partido”, a quienes el filósofo español Fernando Savater califica como “falsos originales y oportunistas” en su libro “El valor de elegir”. Esa campaña de animadversión mutua no ha desaparecido en estas últimas tres décadas, porque no fuimos capaces de construir una cultura política que transponga los límites del agravio y la injuria para subrayar los vicios y defectos del poder: corrupción, impunidad, injusticias. Y del otro lado, se engloba en el discurso de la “izquierda radical y hereje” a quienes sentencian con sus críticas al actual gobierno y al partido al que representa, el Colorado. Por lo que es previsible que los futuros debates -por decirlo de alguna manera- no pasarán de la contraposición de opiniones, altamente belicosas, pero de muy bajo nutriente intelectual.

Absorbidas por un electoralismo sin descanso, las organizaciones políticas no contribuyeron para instalar una nueva cultura: la cultura de la democracia. Esa que paute nuestra convivencia como sociedad, donde el Estado de derecho no sea aceptado a regañadientes, mientras el autoritarismo está latente en las actitudes y en los discursos, tanto de los que están en el poder como de aquellos que quieren estarlo. Y de los que exteriorizan en la violencia su malestar. Hasta esa primavera intelectual que representó la Generación del 900 tuvo integrantes que, ocasionalmente, dejaban de lado el pensamiento crítico para sumergirse en el antagonismo de colores.

El ideal al escribir en el periodismo es evitar las repeticiones de palabras o expresiones. Sin embargo, sobre algunos conceptos básicos es difícil no teclear una y otra vez. Porque nos definen, nos interpelan y, al mismo tiempo, nos muestran el camino. Por eso suelo acudir con frecuencia a las lecciones del catedrático alemán en Ciencia Política, Manfred Hättich, para quien el disenso pluralista en la democracia es un disenso sostenido sobre el diálogo, lo que no implica que deba confundirse con armonía sentimental, sino que representa la libertad y el derecho de ser adversarios, pero con nuestras diferencias dirimidas a través de las instituciones. “Su ética exige disciplina -enseñaba- para que el adversario no se transforme en enemigo”. Nosotros, sin embargo, nos hemos empeñado en mantener vigente la vieja dicotomía amigo-enemigo planteada por Carl Schmitt como el eje central de la política, en la que, incluso, el enfrentamiento armado (la guerra civil) es una opción aceptada para imponer supremacías. Nuestra historia abunda en esos trágicos ejemplos.

La indignación ante un mal gobierno puede, y debe, ser manifestada en los espacios públicos. El repudio se expresa en movilizaciones y se cristaliza en las elecciones, a través de los votos. Aunque alejado de la línea de conducción partidaria desde hace varios años (fui miembro de la Junta de Gobierno durante dos períodos), no oculto mi adscripción al Partido Nacional Republicano. En mis análisis trato de ser lo más crítico y autocrítico que pueda y lo más ecuánime posible, aunque ninguna actividad humana es angelicalmente pura. Pero es imposible obviar esa campaña que aspira al destierro del Partido Colorado de la comunidad política y convertir a sus afiliados en proscriptos cívicos, como paso previo a las urnas, ignorando deliberadamente “la legitimidad del oponente” (Chantal Mouffe). Fernando Lugo, con un estilo diferente, fue más astuto en el 2008: buscó cautivar al electorado republicano, separándolo de sus líderes, y declarándose, incluso, descendiente de Epifanio Méndez Fleitas. Y con la mano que le dieron Luis Alberto Castiglioni y su equipo le fue muy bien.

La deshumanización de un gobierno o de un partido no debería confrontarse con más deshumanización. El doctor Ignacio A. Pane, reflexionaba sobre este repetitivo cuadro ya en 1918: “Más que las ideas, nos dividen los odios”. De ahí la necesidad, reitero, de esa nueva cultura, entendiéndola en la definición de Marcuse como un proceso de humanización y de atenuación civilizada de la lucha por la supervivencia. Conviviremos con un período de elecciones encadenadas hasta el 2023, que comenzará el próximo 20 de junio. Entonces podrá evaluarse si la campaña que pretende ser intimidante, “ANR nunca más”, sirvió a sus propósitos o tuvo el efecto contrario de consolidar la “vocación de poder” de este partido tradicional, abroquelando electoralmente a sus afiliados ante la amenaza de un peligro externo. Lejos aún de una cultura democrática, tenemos para rato una política centrada exclusivamente en antagonismos, en que el adversario seguirá siendo enemigo, con un discurso ausente de contenidos. Y esa es una deuda que ningún líder de opinión podrá rehuir. Buen provecho.

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