Mario Ramos Reyes

La palabra control tiene una connotación negativa. Resuena al oído como que alguien está detrás de las decisiones de uno. Alguien que agrede a la libertad de decidir. Y peor, cuando la imaginación lo presenta al “controlador” como una realidad impersonal, sea el Estado o algún poder sobrehumano. Es la idea de una divinidad, quizás, despótica. Una vigilancia indeseable, que sería la misma que Kim Jong-un de Corea del Norte o el Dios de la Biblia, parafraseando al desaparecido enfant terrible de los nuevos ateos, el anglo americano Christopher Hitchens ejerce. El filósofo inglés Jeremy Bentham, a fines del siglo dieciocho, también pensó en los beneficios de controlar a la población, aunque tal vez, con una mirada benevolente. Bentham ideó el panóptico, un edificio de arquitectura circular con un centro-observatorio, con el fin de controlar la conducta de los reclusos. ¿Motivos? Abaratar el presupuesto, tener menos guardias, reformar el sistema, utilidad pública, entre otros.

Bentham (1748-1832), un filósofo y reformador social que recelaba no solamente del derecho -common law- inglés, sino y, sobre todo, de la pretensión de esa “tontería” llamado derecho natural que invocaba a Dios, ambicionaba que el orden jurídico-político debería ser científico, concreto, midiendo sus beneficios en términos de felicidad placentera para los más. Un régimen democrático-hedonista, sujeto a la regla de la mayoría. Si estamos “encadenados” al dominio de los dos “señores”, el dolor y el placer, este último debía primar. Así lo describía en su Introducción a los Principios de Moralidad y Legislación en 1780. Bentham, maestro y rival de John Stuart Mill, el otro gran utilitarista, sostendrá siempre, contra Mill, una visión materialista de la realidad. Eso, por supuesto, sin transigir en principios caros al ejercicio del liberalismo milliano en su Libertad de Prensa y Discusión Pública de 1820. La pandemia, en varios aspectos –con sus cuarentenas y restricción de libertades– ha revivido, aunque pocos lo noten, las ideas de Bentham, aunque, es fácil reconocerlo, sin el talento o la sutileza del pensador utilitarista. Tres aspectos, aunque hay muchos más, se podrían notar de ello: la idea del control social, la cuestión de la democracia y la libertad, y, por último, el papel de los valores en la sociedad.

Control: abaratamiento y alivio

Para Bentham la ética es un mero cálculo material que beneficia a la mayoría. Pero su intención era, fundamentalmente jurídica, legislativa. Una ley o disposición debe garantizar beneficios para la mayoría, aun cuando los medios para lograrlos dejen mucho que desear para una moral tradicional. La idea del panóptico benthamita eran cárceles más modernas, capaces de controlar la conducta de los presos con un máximo de eficiencia, y mínimo costo. Y también, fiscalizar a los guardias cárceles. Y así, el controlador, con el deseo de beneficios, no actuaría de manera arbitraria. Todos estarán observados. De ahí su raíz griega, pan, todo y ópsis, ver. Al final, esa vigilancia reciproca hará innecesario los mismos guardias.

La cuarentena, en nuestras democracias liberales, funciona, casi, como el panóptico benthamita: se busca, restricción de libertades como medio, el beneficio de todos. El Estado “cuida”. El principio utilitario de la felicidad para la mayoría, se cumpliría las más de las veces. Menos contagios, más camas disponibles, menos muertes. Eso sería medible, resultados estadísticamente positivos. La felicidad para la mayoría tiene un medio: el control. ¡Qué más se puede pedir en medio de tanto dolor!

Control y malestar democrático

Compendiemos. El panóptico era un medio de control de cárceles o de empresas, disminuyendo gente, centralizando vigilancias. Todo ello a partir de un acuerdo, donde, el operador del control, tenía garantizado sus derechos. Pero si se avanza un poco más, dentro de la vía férrea utilitarista, el tren de la propuesta de Bentham empieza a echar chispas. Ciertamente, el principio de que siempre que se realice un acto, se debe buscar la mayor felicidad para el mayor número de personas. Pero a una democracia no puede aplicársele, sin más, ese principio. Hay una razón insuperable: el valor de la libertad.

Una democracia liberal presupone, me perdonan la insistencia, la libertad. Y ahí caben varias posibilidades. Primero, el que a muchos no les importe ser controlados, si eso trae beneficios de salud. Otras personas, en cambio, se mantendrán indiferentes, tal vez paralizadas por el miedo de ser contagiadas. Algunas más, corcovearán, protestarán, pues, sus libertades son restringidas y eso impide que sigan haciendo lo que ellas quieren. Vivir y dejar vivir, sería su lema. Pocos, sospecho que los menos, también protestarán por las libertades conculcadas, pues, afirmarán, no podrían actuar libremente bajo control, y que, sin este, se comportarán con prudencia, responsabilidad y empatía. No necesitan control, pues, como ciudadanos libres, se guiarán por valores.

Control y valores

Libertad de autogobierno, guiado por valores. Esa es, me temo, la zona del conflicto. Bentham había propuesto el panóptico bajo el supuesto que no existen esos valores –era un materialista después de todo– y, por lo tanto, alguien tiene que controlar conductas, pues, los individuos solamente obedecen a dos estímulos, el dolor o placer. Es lo que Mill le reprochará acerbamente. El lector sagaz, también, invocará aquí la lúcida crítica posmoderna de Foucault que, por el momento, quisiera soslayar y mantenerme en una línea utilitaria “pura,” ortodoxa: el de siempre buscar la mayor felicidad para el mayor número de personas. ¿No importan entonces los medios ni limitar el valor de la libertad?

La democracia liberal actual, meramente procedimental –reglas y normas que evitan toda referencia a valores pues estos se consideran “controvertidos,” “excluyentes,” “fundamentalistas”– es de hecho benthamita, utilitaria y aún más radical: privilegia la biología por sobre la economía, lo físico sobre el orden espontáneo. Nada espiritual cuenta, ni mucho menos es esencial. Y todo esto abrevado en un hecho trágico: la muerte de la ética. Son contadas las personas quienes, en el rechazo de la restricción de las libertades, asumen su ciudadanía con responsabilidad, personas para quienes la libertad aún entraña un contenido moral. La mayoría, democrática, ante las ruinas de los valores y el temor a la muerte, solamente mira al panóptico del Estado siempre presente y siempre creciente para que los cuide sin importar el precio. Es la consecuencia que Bentham, sin imaginación como todo pragmático, no entrevió. La suya, profesor Bentham –le habría dicho su alumno John Stuart Mill– se ha convertido en filosofía para cerdos.

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