En el epicentro de la voluntad de sentido se encuentra el prójimo, es en ese acto constante de aproximación en donde las manifestaciones posibles se hacen evidentes. Hay en el seno de lo realizable un eje constructivo sostenido por el ser que se orienta hacia la otredad, la cual es un destino permanente.

En el trayecto de las ideas se cruzan muchas intenciones. El abordaje consciente de los pensamientos puede ayudar a descubrir lo esencial del ahora, y en ese instante es contundente la presencia de los demás, que retroalimentan lo que es.

Viktor E. Frankl (1905-1997), neurólogo, psiquiatra y filósofo austríaco, entre sus notables escritos cita a Goethe, quien decía: “No existe ninguna situación que no pueda ser ennoblecida por el servicio o la paciencia”. Estos pilares sostienen la vida, son elementales para abordar las circunstancias que acontecen. Donde hay vocación de servicio hay alegría, como puede haber una amplia incursión de emociones constructivas. Y si la calma se hace presente, el ser se aproxima a experiencias de paz, las que generalmente se sienten aunque sea complejo explicarlas.

El profesor Frankl hablaba de los valores de actitud, en ellos habitan los sentidos. Al respecto escribió: “En efecto no es solo la creación (correspondiente a la capacidad de trabajo) la que puede dar sentido a la existencia (caso en el que hablo de realización de valores creadores), ni es solo la vivencia, el encuentro y el amor (correspondientes a la capacidad de placer o bienestar) lo que puede hacer que la vida tenga sentido, sino también el sufrimiento. Más aún, en este último caso no se trata solo de una posibilidad cualquiera, sino de la posibilidad de realizar el valor supremo, de la ocasión de cumplir el más profundo de los sentidos”.

En lo sensible fluye lo esencial. Los dolores potencian la actitud de sentido. Frankl, fundador de la logoterapia y del análisis existencial, sobrevivió a los campos de concentración nazis. Ese tiempo, de 1942 a 1945, también pasó. Y después vino su obra “El hombre en busca de sentido”, que tendría que leerla la humanidad.

Pues el yo es un mar infinito e inconmensurable, expresó Almustafá en “El profeta”, de Jalil Gibrán (1883-1931), poeta, pintor, novelista y ensayista libanés. Un ser con sentido se valora a sí mismo, se quiere, se honra, aprende a descubrirse constantemente, se sabe finito y susceptible ante la incertidumbre cotidiana, entiende que crea y construye, se relaciona y genera vínculos respetuosos, es que al valorarse puede hacerlo hacia los otros, que también son un mar infinito e inconmensurable.

Dejanos tu comentario


Encuesta finalizada
¡Gracias por participar!

Click para votar