• Por Ricardo Rivas
  • Corresponsal en Argentina
  • Twitter: @RtrivasRivas

El único peronista histórico que integraba el Gabinete Nacional, Ginés Gonzáles García, fue despedido del cargo de ministro de Salud porque quedó al descubierto que, a través de un circuito, por lo menos ilegítimo, muy cerca de su despacho, se vacunaba a las favoritas y los favoritos del poder por fuera de los protocolos, sin ningún reparo ni que importara, hasta entonces, el qué dirán. La confirmación de lo que hasta ese momento era un rumor fue confirmado por el veterano periodista Horacio Verbitzky, quien, con un detallado relato radial, reveló que él es uno de los vacunados. Enorme servicio público. De allí en más, tsunami político.

En poco menos de 36 horas, el gobierno del presidente Alberto Fernández, que –aunque en caída– aún conserva altos porcentajes de valoración social positiva como resultado de cómo gestiona la pandemia de SARS-COV-2, comienza a flaquear también en ese indicador que, en el sentir popular, se significa como un enfrentamiento con la muerte y la esperanza de ganarle. Atrás, muy atrás en el tiempo, parece estar aquella expresión de Alberto F., cuando el 20 de marzo del 2020, aseguró que “entre la economía y la vida, elijo la vida” para, desde ese lugar y con ese fundamento, decretara el ASPO (aislamiento social preventivo y obligatorio) que, además de confinar a la mayor parte de la población, suspende la garantía constitucional de transitar libremente. Pese al encierro decretado, los números de la pandemia no parecen sustentables.

De allí que, con más de 51 mil muertes y cerca de 2,1 millones de personas infectadas, hombres y mujeres aguardan, con resignación, el momento para ser inoculados. La vacunación, además de inmunizar, permite volver a los puestos de trabajo para reactivar el sistema productivo. De allí que la situación política creada, a partir de que se hiciera público lo que aquí se menciona como el “vacunatorio VIP”, cuando faltan 6 meses para las elecciones de medio tiempo, hizo que se encendieran todas las alarmas del oficialismo. En la mañana de este lunes, el control de daños, para establecer con la mayor precisión posible la magnitud de la crisis, aún no ha finalizado. Los exploradores temen que más revelaciones ganen la calle. Las que podrían ser noticias falsas, bulos o fakenews, como quieran llamarlas, ya se lanzaron. Todavía circulan solo en las redes o en conversaciones interpersonales. No son parte, aún, de las noticias que reportan los medios profesionales. Se expande con efectiva rapidez la idea de que la señora Carla Vizzotti –la nueva ministra de Salud– no podía ni debía desconocer las ilegitimidades que se cometían a pocos metros de su oficina. ¡Era la viceministra del despedido ministro González García! La sospecha social, en este caso, tiene fundamentos sólidos. No sería un absurdo pensar que algunas y/o algunos dirigentes opositores también fueron inoculados. Acostumbrados a comparar lo que sucede en la Argentina con “lo que pasa en todas partes”, algunas operaciones en procura de naturalizar lo sucedido han comenzado. “En España, militares, diputados y hasta un obispo hicieron lo mismo”, dijeron a este corresponsal dos fuentes gubernamentales inevitables. Absurdo. “Mal de muchos, consuelo de tontos”, dice el viejo refrán popular. “La desgracia no es más llevadera cuando afecta a un número importante de personas”, advierte la Real Academia de la Lengua respecto de aquel dicho.

La contención de la pandemia y el programa de vacunación, como herramienta comicial preferida, está devaluada. Los estrategas para la campaña –si es que prestan atención a las demandas sociales– tendrán que reflexionar profundamente los nombres de cada candidato y cada candidata.

Es preciso reconstruir la confianza social. La desconfianza, además, vulnera la economía. Aunque no sirva más que como referencia, los candidatus –en la vieja Roma– vestían con una túnica blanca [candida] y así se exhibían públicamente para comunicar, producir sentido de pureza y honradez en la ciudadanía llamada a elegir. Era lo esperable de los hombres públicos.

Las mujeres no participaban de aquellas prácticas a las que, afortunadamente, accedieron con intensidad en el siglo pasado. Luis Felipe López-Calva, director regional para América Latina y el Caribe del PNUD (Programa para el Desarrollo de las Naciones Unidas), preveía –en junio del 2020– que como consecuencia de la pandemia “cerca de 30 millones de personas, en la región, volverán a caer en la pobreza”. El 40% de la población argentina es pobre, según coincidentes datos oficiales y privados. Sin planificar y gestionar programas sociales fundados en la equidad y en la inclusión –sin privilegios ni privilegiados– podrían llegar a ser de uso cotidiano palabras tales como miseria, miserables, misericordia. Espanta, entristece, preocupa.

La democracia, como idea, transita el descrédito en la región. Argentina no es la excepción. Alguna vez, Jacques Chirac dijo que “la política debería ser siempre, no solo el arte de lo posible, sino de hacer posible lo necesario”.

Sensato. Sin embargo, líderes y lideresas en la Patria Grande parecen sentirse más cómodos con las recomendaciones de Nicolás Maquivelo, en 1513. Pero van más allá para ir por todo. A la idea de que “la política es el arte de lo posible”, no trepidan en agregarle que, posible, es todo. Hasta un vacunatorio VIP. Dicen que Alberto F., cuando supo lo ocurrido, gritó: “Con la vacuna no se jode”. Por ayer y por ahora, increíble.

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