• Por Jorge Torres Romero

El video en el que se observa al ministro de Educación, Eduardo Petta, distraído en un juego tradicional de niños, a una semana del inicio de clases en medio de toda la problemática que gira en torno al tema, no debería escandalizarnos. Los detractores del rol de Petta en Educación lo repudian afirmando que el mensaje que se trasmite a partir de esa imagen es que tenemos un ministro que, en horas de trabajo, usa su tiempo para cuestiones superfluas o que poco le importan los acuciantes dramas que tiene el sector. Pero también están quienes vieron el hecho como un gesto positivo del ministro, quien, en medio de la crisis, aprovecha un minuto para distender el ambiente en medio de la tensión.

El problema no es Petta; quienes siguieron su carrera política saben que siempre buscó el show. Desde su tiempo de fiscal se hizo famoso al afirmar que no confiaba en los policías paraguayos y pidió apoyo de gendarmes argentinos para un procedimiento en territorio paraguayo, violando todo lo que eso supone. En su rol de director de la Patrulla Caminera montó un espectáculo simulando una multa al entonces presidente de la República, Fernando Lugo, en Villa Florida. Cuando fue senador, en medio de una interpelación a Ramón Jiménez Gaona, ex ministro de Obras, exhibió un jakare de juguete para llamar la atención y echó por tierra la seriedad del asunto tratado.

Entonces, es natural que esa persona actúe siempre de la misma manera; por qué debería sorprendernos. A Petta le encanta el show, los flashes, la prensa, el ruido; por lo tanto, ocupe el cargo que ocupe, siempre buscará lo mismo. La culpa la tiene quien lo puso en ese cargo.

Esto mismo se traduce con otros funcionarios como, por ejemplo, el jefe de Gabinete, Juan Ernesto Villamayor. Este tiene frondosos antecedentes durante su paso por la administración pública y en el sector privado. Salpicado por denuncias de supuestos pedidos de coimas para beneficiar a narcotraficantes, también se lo menciona en un dudoso “arreglo” para evitar la extradición de Darío Messer al Brasil. Aparece en el caso Ivesur, en donde con otros abogados pretendían “repartirse” US$ 1 millón del dinero de los contribuyentes. En el reciente escándalo del caso Texos Oil, que le costó el cargo al ex procurador general de la República Sergio Coscia, el nombre de Juan Ernesto Villamayor ronda de vuelta, ya que Coscia fue integrante de su estudio jurídico y llevaron juntos varios casos contra el Estado. También fue abogado del cuestionado ex gobernador del Guairá Rodolfo Friedmann, imputado por varios hechos punibles al confirmarse su vínculo con una empresa proveedora de almuerzos escolares. Fue imputado cuando estuvo como ministro de la Reforma y varias otras perlitas.

Entonces, es natural que Villamayor esté señalado en cuantos negociados existan porque siempre lo estuvo. ¿Por qué justo ahora actuaría en forma distinta? Uno mira sus antecedentes y es lógico que tenga la misma conducta. El problema no es Villamayor, sino quien lo pone en un cargo clave.

Por eso, cuando denunciamos hechos de corrupción o irregularidades en procesos licitatorios en el Ministerio de Salud, donde está Julio Mazzoleni, todavía le damos el beneficio de la duda sobre su eventual involucramiento, porque su trayectoria lo avala. Aunque ya tuvo el tiempo suficiente para golpear la mesa y marcar la diferencia, todavía no lo hizo. Lo mismo pasa con el actual ministro del Interior, Arnaldo Giuzzio; su trayectoria lo respalda y sigue gozando de la credibilidad de la gente. Lo mismo Cecilia Pérez, la ministra de Justicia, quien dio muestras de su total entrega al cargo público que ocupa. Cuando señalemos a estos ministros siempre tendrán un elemento a su favor o en contra: sus legajos de vida.

Esa mirada hacia el pasado de los funcionarios o futuros gobernantes la deberíamos hacer siempre. Ahora, en período electoral, con más razón, sería saludable hacer este ejercicio. Si decidimos votar a la cara bonita nomás, estamos fritos. Ya hemos elegido a quien nunca tuvo mucho apego al trabajo, favorecido económicamente por ser hijo de un brazo fuerte de la dictadura y con pocas luces intelectuales; el resultado está a la vista. No podemos esperar milagros. Puedo estar equivocado, pero es lo que pienso.

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