En el inicio de este enero Argentina reporta oficialmente –desde el inicio de la emergencia sanitaria en marzo del 2020– unos 47 mil fallecidos como consecuencia del SARS-CoV-2. Irreparable. 47 mil tragedias. 47 mil vidas extinguidas en soledad, en aislamiento. 47 mil familias destrozadas. Luto. Poco más de 24 mil de las muertas y muertos (cerca del 51,5% del total), sobre 776,6 mil contagiados, se verifican en la provincia de Buenos Aires.

En la capital argentina, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA), fallecidos y fallecidas suman casi 5,8 mil personas (12% del luctuoso registro nacional). En ese distrito se produjeron unas 202 mil infecciones, lo que representa poco más del 11% de quienes contrajeron coronavirus en este país. En todo el país, poco más del 0,1% del total poblacional, estimado en el censo 2010 en unos 42 millones de habitantes, falleció. Algo menos del 4,4% de los habitantes (1,87 millones) se contaminaron, en tanto que cerca del 90% de contagiados y contagiadas (1,65 millones) se recuperaron. La campaña de vacunación, hasta el momento, reporta poco más de 228 mil inoculaciones. Tal vez, a partir de una mirada aritmética de los datos de la pandemia en Argentina, a la hora de aportar contenido a la significación de los números estadísticos, el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof, sostiene: “Estamos ante un éxito”, cuando refiere y evalúa las disposiciones gubernamentales para contener el avance del flagelo. ¿Rigor estadístico? ¿Costo-beneficio en un año con elecciones de medio tiempo? Comunicar es poner en común (para debatir con transparencia) lo que afecta al conjunto social. En ese contexto simple, sencillo y complejo, a la vez, el planificador (comunicacional) tendrá que definir qué sentido procura producir con la acción a emprender.

En tiempos de pandemia, la complejidad para la producción de mensajes es mayor y, en consecuencia, requiere de definiciones estratégicas para construir sentido común. La Argentina y la Aldea Global, desde cuando finalizaba el 2019 enfrentan un dilema a la hora de informar: reportar la muerte, la vida o la esperanza, sin faltar a la verdad. En la semana que se fue, el presidente de YPF, la hidrocarburífera estatal, Guillermo Nielsen, renunció. Será embajador en Arabia Saudita. Sorprendió. Nielsen es experto en reprogramación de deudas. La petrolera, para ordenar la relación con los acreedores tiene que refinanciar unos US$ 7 mil millones. Altas fuentes gubernamentales que exigen reserva sobre sus identidades aseguran que el embajador Nielsen, desde aquel país en el Oriente Medio, “seguirá gestionando para sanear las finanzas de YPF”. Incomprensible. Lo reemplazará el diputado oficialista Pablo González, de la patagónica provincia de Santa Cruz. Desconocido en el sector al igual que en el ecosistema de las finanzas públicas.

La remoción complica las negociaciones con el Fondo Monetario Internacional (FMI) que desarrolla el ministro de Hacienda, Martín Guzmán, para reprogramar deuda pública por unos US$ 44 mil millones. Inmediatamente, la titular del Fondo, Kristalina Georgieva, dialogó con el presidente Alberto Fernández. Nada se informó. Fue un diálogo “muy bueno”, aseguró Georgieva. Joe Biden, estrenó el Salón Oval, en la Casa Blanca. El presidente Alberto F., como es de práctica protocolar, lo saludó en Twitter. “Felicito a @JoeBiden por su investidura como presidente de los Estados Unidos y también a @KamalaHarris, la primera mujer en ocupar la vicepresidencia. Estoy seguro de que en esta nueva etapa el vínculo entre nuestros países se fortalecerá. Les deseo a ambos mucha suerte”. Por su parte, la cancillería local en la misma red, también lo hizo: “Felicitamos al pueblo de EEUU, al presidente @JoeBiden y a la vicepresidenta @KamalaHarris.

Argentina desea fortalecer las relaciones y que se respete a los organismos multilaterales. Espera también que no se apueste a la desunión de nuestras naciones como en la etapa anterior”. Extraño. Sorprendente. Contradicciones al margen, el canciller Felipe Solá sigue en su puesto. Desconcertante. ¿Será una estrategia comunicacional gubernamental? En la semana que pasó, trascendió desde la Casa Rosada, a través de portavoces que se expresan off the record, que el presidente Fernández “se ofrecerá, en Washington, para mediar en el conflicto con Venezuela”. ¿Serán de utilidad aquellos dos mensajes contrapuestos para que esa voluntad –de ser real y no solo una fakenew paraoficial– se concrete? Recientemente, Diosdado Cabello, segundo hombre fuerte del gobierno venezolano, criticó al mandatario argentino. “Alberto Fernández: tiene la piel delicadita, yo afortunadamente soy libre, señor Fernández. Da tristeza que en escenario donde Venezuela y Argentina iban juntos, ahora la tibieza da por andar separado”. Agregó: “Al presidente de Argentina no le gusta que le digan tibio, pero sí le gusta hacerse el loco cuando a Venezuela la llaman dictadura”. Concluyó: “No se moleste señor Fernández, si usted es tibio, asúmase, nosotros en Venezuela somos revolucionarios calientes, hervimos.

No andamos con medias tintas ni con si guabineo (vueltero)”. Parece difícil que el sueño de mediar del presidente argentino abandone el espacio onírico. Dice el profesor Daniel Prieto Castillo, militante de la comunicación latinoamericana, “la comunicación no es una política en sí misma. Es preciso definir y tener una política para comunicarla”. Jesús Martín-Barbero, puntualiza –palabras más palabras menos– que “la comunicación no es una cuestión de ideologías sino de culturas”. Más allá de las voces prestigiosas de la academia –siempre susceptibles de ser confrontadas– la calle afirma que “no se puede tirar cualquier verdura”.

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