Por el Dr. Miguel Ángel Velázquez

Dr Mime

Mis mejores recuerdos infantiles están ligados a la mágica cartita que escribía con afán a Melchor, Gaspar y Baltazar pidiéndoles el mejor de los juguetes y la cantidad inconmensurable de cosas que quería, mientras sin que me diese cuenta, mi mamá me dirigía imperceptiblemente hacia un destino fijado de antemano en mi juguetera y mi papá asentía apoyando la orientación, elogiando las cualidades del juguete que mágicamente aparecía junto a los zapatos en la mañana del 6 de enero, y que muchas veces no era el que yo quería, era el que amaba más que a nada por la magia y porque en casa nunca faltó el 6 de enero por más difíciles que estuvieran los tiempos.

Los niños viven la magia desde sus cerebros en constante evolución. Desde que empieza a adquirir el habla, hasta que llega a la edad del “uso de la razón”, el niño vive una etapa del neurodesarrollo en la que sus procesos mentales están dominados por lo que los adultos fríamente llamamos fantasía (y que muchas veces nos emperramos en destruir porque la consideramos perjudicial).

Es la etapa del pensamiento mágico que, aunque muy variable para cada niño, sucede entre los 2 y los 7 años de edad, y donde progresivamente se va dominando el lenguaje, lo cual le permite nombrar las cosas para ir descubriendo y conociendo el mundo. Así, aunque el niño ya comprendía su entorno, se lo representaba en su mente únicamente a través de sus sensaciones que ahora ya tienen nombre propio, incorporando conceptos no tangibles que enriquecen y hacen más compleja su imagen mental del mundo. Es el lenguaje la herramienta que posibilita la memoria y la imaginación –recordar el pasado y anticipar el futuro–, ordenar las ideas para transmitirlas y dejar que las ideas de los demás maticen las nuestras. Con el lenguaje el niño puede empezar a intercambiar sus ideas con las de otros, empieza la socialización y con ella la adquisición de la cultura. En esta edad “mágica” irá adquiriendo las habilidades necesarias para conseguirlo, pero aún le queda mucho para pensar como un adulto.

Sin embargo, aunque comience a darle identificación verbal a las cosas, todo sigue guiándose por lo que percibe a través de los sentidos. De hecho, su cerebro está acostumbrado a pensar en concreto y aún no sabe –ni puede– pensar en abstracto, lo cual gestiona y dirige sus procesos mentales. Por ejemplo, es egocéntrico, todo lo que piensa, hace y dice está impregnado de subjetividad, es por ello que el mundo es lo que el niño idea en su cabeza y no concibe el punto de vista de los otros, se desconecta de la conversación, monologa más que dialoga, parece más espontáneo, habla de sí mismo y de sus ocupaciones mentales, solo de cosas de su interés, acompañando sus palabras de gestos y acción, y es por ello que en esta situación de palabras y acción cree que las palabras pueden transformar su entorno mediante magia, ya que piensa que la simple expresión de sus deseos hará que se cumplan. En definitiva, en esta etapa el niño usa el lenguaje sobre todo para integrarse a su entorno, todavía no tiene conciencia de que también sirve para recibir y transmitir información. Poco a poco su lenguaje irá adquiriendo un rol más social, comprenderá que el otro tiene otros puntos de vista que pueden modificarse e influenciarse con la conversación.

Animismo, para él los objetos tienen capacidad y motivos para actuar como si se tratara de una animación de Disney. Como consecuencia de ese proceso mental subjetivo, el niño cree que las cosas, los juguetes, los seres inanimados tienen las mismas motivaciones que él, por eso los hace hablar y asumir roles. Igualmente, el niño reemplaza la causalidad por la casualidad ya que la percepción sigue dominando su proceso mental, y es que el momento madurativo de su cerebro y las capacidades adquiridas hasta ahora son aún insuficientes para desarrollar un pensamiento lógico y abstracto, por lo que siguen dominados por lo concreto.

Los sentidos los engañan y las cantidades son concretas, por lo que elegirán tener más juguetes repetidos que uno nuevo en la serie de colecciones, simplemente “por tener más”. También para ellos el tamaño importa y elegirán para tomarse el jugo los vasos más altos aunque tengan menor capacidad que otro más bajos, pero de mayor volumen. Aunque le hagamos ver que la lógica no es esa, su cerebro aún no ha madurado lo suficiente para comprenderlo y en futuras ocasiones cometerá siempre el mismo error.

Es fácil, entonces, comprender que los Reyes Magos funcionan porque tienen todos los ingredientes para encajar en estos mecanismos del pensamiento mágico: satisfacen los deseos expresados en una carta, en una noche pueden recorrer el mundo, el valor de los regalos es el que tienen sus deseos… La ilusión, la inocencia, los recuerdos y el futuro… y eso es muy positivo, hace a su desarrollo cerebral y no debemos coartarle esa inocencia, mientras al menos el entorno (los amiguitos o compañeritos) no lo hagan. Al fin y al cabo... ¿Quién no quisiera volver a ser niño y estar DE LA CABEZA cada 6 de enero?. Les dejo, me voy a poner los zapatitos y el pastito para los camellos. Nos leemos el sábado que viene.

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