Por Hno. Mariosvaldo Florentino

capuchino.

Estamos ya en el tercer domingo del Adviento, y hoy la Palabra de Dios nos habla fuerte del testimonio de Juan Bautista. De hecho este hombre tiene mucho que decirnos aún hoy.

En verdad, su vocación –ser testimonio de la luz– es también la vocación de todos los cristianos, en todos los tiempos. Y sobre todo ahora, en la preparación a la Navidad de Jesús, sus palabras, sus gestos y su vida adquieren una elocuencia toda especial, pues él supo reconocer la presencia de Dios en el mundo y la anunció, con mucho coraje y osadía a todos los demás.

La primera cosa que nos encanta en su persona es que él sabía reconocer quién era y no quería engañar a nadie. Era honesto consigo mismo y con los demás. Él no era la luz. Él no era el Cristo. Y esto él lo decía a todos. Cuántas veces nosotros, al contrario, queremos engañar a los demás haciendo que crean que somos nuestras mascaras. ¡Cuánto nos alegraríamos si las personas empezasen a creer que somos el Salvador, o que tenemos poderes extraordinarios… y cuánto miedo tenemos de que las personas descubran nuestras limitaciones, nuestros defectos o nuestras fallas y se den cuenta de que no somos perfectos. En el fondo tenemos un deseo de ser nosotros mismos la luz, queremos ser independientes, queremos llamar la atención, queremos brillar por nuestros propios medios.

¡Oh, Juan Bautista, en este adviento ayúdame a reconocer y a amar lo que soy!

Ayúdame a decir con serenidad y paz en mi corazón a los demás: yo no soy la luz.

Otro aspecto de su persona, también muy interesante, es que él sabe también cuál es su misión, dar testimonio de la luz. Cuando somos capaces de reconocer que no somos la luz, podemos tener tres tipos de relación con ella. Podemos intentar apagarla, podemos serle indiferente o podemos buscar promoverla. Ciertamente todos conocemos ejemplos de los tres tipos.

Los primeros son aquellos que luchan contra Jesucristo, contra la Iglesia, contra las personas que asumen su fe. La luz les molesta. No la aceptan y mucho menos quieren que ella crezca. Promueven en la sociedad los antivalores, y a través de libros, filmes, reportajes, músicas... tratan por lo menos de sembrar dudas, para que la fe deje de ser una motivación para la vida de las personas. Tratan de decir que la Iglesia es anticuada y que el cristianismo es una cosa del pasado.

Los indiferentes son aquellos que viven su vida como si Dios no existiera. No les importa nada. Puede ser que hasta vayan de vez en cuando a la iglesia, pero las palabras de Jesús no le dicen mucho y, finalmente, hacen solo lo que les viene en mente.

Los que la promueven son aquellos que como Juan Bautista quieren dar testimonio de la luz para que los otros la conozcan, se dejen iluminar y tengan sus vidas cambiadas.

¿En cuál de estos estamos nosotros? Damos testimonio de luz. ¿Alguien ya empezó a creer en Jesucristo porque yo le hablé o porque le invité a participar en la iglesia o porque reconoció que mi vida tenía una motivación especial? ¿O será que tengo vergüenza y pienso que esto es solo para padres y monjas? Seguramente todos nosotros ya perdimos muchas oportunidades, aun en las cosas pequeñas, de reflejar la luz de Cristo.

¡Oh, Juan Bautista, en este adviento ayúdanos a descubrir nuestra misión en el mundo!

Ayúdanos a decir con valor y coraje a cada persona que encontramos: yo no soy la luz, pero la conozco y quiero mostrártela.

Creo aun que es importante resaltar un tercer aspecto de la vida de Juan Bautista: él no tuvo miedo de las consecuencias por realizar su misión. Los promotores de la cultura de la muerte, esto es, los amantes de las tinieblas, se molestan muchísimo con los testigos de la luz, y por eso los persiguen y los quieren hacer callar. Juan sabía de los riesgos de evangelizar, del peligro de ser un profeta de la luz, pero prefirió perder su vida que vivir sin la Vida.

¡Oh, Juan Bautista, en este adviento ayúdanos a vencer la cobardía y el miedo!

Ayúdanos a entender que los males que nos pueden hacer son insignificantes delante del bien que Jesús nos hará.

El Señor te bendiga y te guarde,

el Señor te haga brillar su rostro y tenga misericordia de ti.

El Señor vuelva su mirada cariñosa y te dé la PAZ.

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