Por Juan Carlos Zárate Lázaro

MBA

jzaratelazaro@gmail.com

Dado que vivimos en la absoluta diversidad de los seres humanos sobre la faz de la tierra, muchos son convencidos de que resulta más placentero llevar una buena vida que estar orientando una parte de nuestros ingresos al ahorro o inversión.

La opinión más común escuchada es que el dinero “no hace la felicidad”. Y podría ser, pues ello es algo intangible que está dentro de cada ser humano en forma diferente.

Pero tampoco podemos sustraernos al razonamiento lógico de que si no disponemos de dinero, muchos de nuestros objetivos y metas difícilmente podríamos lograrlo, pues casi todo hoy día está especificado en valores monetarios.

A nivel mundial tenemos a muchos empresarios exitosos, que en base a capacidad creativa, innovación y mucho trabajo participativo dentro de sus organizaciones ,hacen que sus negocios sean florecientes en niveles de facturaciones como también en participación de mercado.

Pero todo esto también tiene su arista negativa, pues muchos de ellos “se marean” con el éxito y en vez de sacarle el mayor provecho posible expandiéndose y diversificando sus negocios “se dan a la gran vida”, a través de un consumo excesivo de alcohol o drogas, juegos en los casinos, autos lujosos y otros bienes materiales que si bien es cierto forman parte del bienestar de cualquier individuo, muchos “ya se pasan en revoluciones” y como los recursos siempre son limitados o finitos , si no se los maneja correctamente se acaban, y de una vida floreciente súbitamente pueden quedar “nuevamente en el piso”.

Es por ello que en la vida siempre deberíamos ir diseñando objetivos y metas que complementen de buena forma nuestros esfuerzos y talentos y que nos puedan coadyuvar positivamente a ir fortaleciendo en forma sostenida y sustentable en el tiempo nuestra estructura patrimonial.

Como ejemplos que se dan en la práctica, tenemos a muchos futbolistas que en su época de gloria han ganado mucho dinero, pero que debido a su escasísima educación financiera han dilapidado en lujos y otros bienes totalmente prescindibles y cuando les llegó la “época del invierno” en su vida profesional, muchos han quedado “en la calle” como literalmente se suele decir.

Lo ideal es haber logrado la estabilidad económica y financiera en la etapa de plena productividad, y establecer mecanismos de diversificación y de amortiguación de riesgos financieros.

Es dable esperar que todo lo acumulado en la etapa productiva de nuestras vidas y bien administrado nos podrían llevar a futuro a disfrutarlos a través de un patrimonio neto lo suficientemente fortalecido, que cubran razonable y la diferencia que se da entre activos y pasivos.

Yendo al campo empresarial, tenemos a muchos emprendedores familiares que han fundado una empresa y el éxito “les ha sonreído” debido a la capacidad administrativa,gerencial,y conocimiento acabado de los principales mercados objetivos, que hicieron de su empresa fortalecida desde el punto de vista económico-financiero-patrimonial, y bien posicionados dentro del mercado y segmentos de negocios en los que operan.

Observando “la otra cara de la moneda”, muchos de ellos estuvieron acostumbrados a manejar su estructura organizacional en forma casi autocrática, sin dar el espacio suficiente a sus hijos que constituyen la segunda línea natural para continuar con la gestión de la empresa, y ante esa escasa participación y conocimiento que les han permitido sus padres, con escasísimo margen de maniobrabilidad, una vez que el progenitor decide dejar a sus vástagos que continúen con su administración, muchos de ellos sucumben al poco tiempo, debido a que han gozado siempre de una primavera económica, pero en contrapartida no estaban preparados para hacerse cargo de la conducción de la empresa, en un mercado estrecho como el nuestro pero cada vez “más peleado” y competitivo, donde o sí o sí hay que mantenerse aggiornado permanentemente.

Casos como estos tenemos varios en nuestro país. De allí que los padres deben confiar en la capacidad de proyección de sus hijos y darle en sus empresas desde muy jóvenes una participación activa, a fin de evitar que ya la segunda generación se vea obligada a “bajar las persianas” por no contar “con la muñeca” necesaria para seguir manteniendo viva a la empresa familiar.

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