Nada más patético que el lloro –hasta la suelta de mocos– por un triunfo de la competencia, o “la otra vereda” o el adversario, o como quieras llamarlo.

La compra de los derechos del mundial por parte de GEN en estos últimos días desencadenó una reacción impresionante y variopinta. Desde “viudas” del privilegio que operaron con furia, pasando por fanáticos a secas que transpiraron su sectarismo a toda prueba, pasando por la sofisticada red de bots que intentó neutralizar la transmisión vía streaming de GEN. Lo único realmente divertido y creativo que se pudo ver fue la serie de memes del día siguiente por alguna publicidad que ocupó un espacio XXL en la pantalla. Pero eso es humor y el humor es para respetar.

Pero la legión más ridícula de todas las legiones damnificadas por el logro de GEN han sido los “caraculicos”, y esta expresión –que es irreemplazable– viene siendo un homenaje a su creador, el innovador Raúl Portal, que nos dejó esta semana tras legarnos una nueva televisión desenfadada en los ’80 en Argentina. El caracúlico viene siendo el insufrible que es capaz de amargar una piscina de dulce de leche con solo meter un dedo para probar la temperatura.

Son los tipos que cuando vos ponés las eliminatorias del mundial de fútbol en la pantalla… (ojo, del mundial, ¿eh?) son capaces de tuitear cosas como “Pan y Circo”, para luego sentarse a ver el juego por GEN como cualquier hijo de vecino. Alguien recordó en estos días –a propósito– las historias de “las patronas” que decían que solo sus empleadas veían telenovelas, pero finalmente ellas se sabían todos los capítulos y que Juana Mercedes de las Nieves, pese a lo que parece, iba a quedar finalmente con Felipe Mario Fernando del Cuenco.

Vivir la vida desde el caraculismo es una forma de desgracia, de hipocresía y de caretismo que no se compadece con lo que es la vida real. Utilizando el recurso diríamos que en realidad no se puede vivir –la existencia no soportaría el existir– sin algo de circo, siempre. Y es hipócrita porque cuando yo subo al auto a veces escucho las noticias, pero otras veces escucho música; cuando yo estoy en mi casa, unas veces hablo con mi familia de la realidad social o política o económica y otras veces juego a la guerra de los almohadones con mi nieta. Qué sería de la vida si tuviera que decirle a Jimenita: op, nada de guerra de almohadones porque eso es circo, mija.

La vida en verdad, aparte de búsqueda de diversos valores como la verdad, la justicia, la igualdad, es también la búsqueda de la felicidad a partir del estímulo del “estar bien” empatado con las cosas que te gustan, ella sea sea jugar al ojavéa, como a Michael Jordan o al básquetbol, como Mike Silvero.

La vida es así. Es la lucha de cada día. Y el fútbol es así, es la alegría de siempre… y la alegría no se mancha.

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