Por Aníbal Saucedo Rodas

Periodista, docente y político

Ya no se construye el poder desde la unilateralidad de la omnipotencia. En una democracia republicana, la sociedad civil tiene su propio peso y una insospechada capacidad de presión. Muchas políticas públicas fueron corregidas, a nivel regional, por imperio de la movilización ciudadana. La obstinada resistencia a escuchar las agitadas voces del malestar colectivo siempre arrastra consecuencias nefastas. De inmediato o a futuro. Nadie sale indemne de una crisis que pudo ser evitada. Nunca debe menospreciarse el clamor de la tribuna de la calle. Además, ni siquiera es necesario un esfuerzo intelectual para detectar las debilidades crónicas y reincidentes errores en un gobierno. Basta el sentido común. Pero cuando el límite de tu mundo es el capricho personal, la tempestad deviene inevitable y peligrosa.

Hay una incómoda temperatura social que se percibe en la cotidianidad que poco a poco vuelve a su rutina. No por oídos sino por vista. Una temperatura contraria a la que se empecinan en creer –y hacer creer– los que analizan la realidad desde la refrigeración del poder. Los discursos que tienen la finalidad de instalar una impresión diferente a la que vive y siente la gente, aparte de repetitivos, están desgastados por su carencia de lucidez y creatividad. Hay una suerte de quiebre entre la palabra pronunciada y el pensamiento. Donde debieran relumbrar las ideas, solo permanece el aburrido reparto de elogios entre los propios interesados. La ciudadanía, hace tiempo, fijó sus propios puntos de vista y los convirtió en relato. La transversalidad de los medios sociales, más allá de la permanente confrontación entre la verdad y la mentira premeditada en todos los frentes, no deja resquicio sin indagar. Es ahí, justamente, donde el formato oficial fracasa.

El gobierno del presidente Abdo Benítez se maneja de espaldas a las expectativas ciudadanas. El repetido manual de los fuegos pirotécnicos para desviar la concentración de los temas realmente vitales e irresueltos, solo ha convencido a los que ya estaban convenientemente “convencidos” al ser incorporados a la estructura del poder. Mientras, las políticas de Estado ni siquiera fueron invitadas a la fiesta. En el limbo donde se recluyen las autoridades todo es color de rosas, hasta los elefantes.

Ciertamente, solo se precisa de sentido común para interpretar una situación determinada. Pero ello no es incompatible con profundizar el conocimiento. Como, por ejemplo, que “sociedad civil y Estado no son dos entes sin relaciones entre sí, sino que entre uno y otro existe una interrelación permanente” tal como lo describe Bobbio, en la búsqueda de nuevas fuentes de legitimación y consenso. Esa premisa elemental se puede asimilar hasta con la experiencia de otros. La información es clave para desarrollar esas habilidades de medir la temperatura social en un escenario donde los partidos políticos, extraviados en sus propios laberintos de disputas, también han olvidado su función de “articulación, de agregación y de transmisión de las demandas que provienen de la sociedad civil y están destinadas a resultar objeto de decisión política”.

El gobierno, parafraseando a Bobbio, debe buscar en la sociedad civil la solución a esta crisis que amenaza su propia supervivencia, por la vía de la deslegitimación. Amenaza que empieza a corporizarse cuando las demandas del conjunto social avanzan más rápidamente que las respuestas del Estado. Algún apuntador le sopló al Presidente las líneas olvidadas del guión en el arte de gobernar. Hizo, entonces, un amague de recomponer su criticado Gabinete, especialmente por su improductividad en trazar nuevas políticas públicas, pues hasta ahora solo se dedicó a transitar por una agenda social que otros ya habían empezado. En algunos sectores el retroceso es tan visible como perjudicial.

Cuando una pieza, dentro de un engranaje, no funciona se la reemplaza. De lo contrario, entorpecerá el movimiento de las demás. No se la traslada a otro sector de la máquina para que continúe siendo un elemento de obstrucción. Sin embargo, eso es lo que el señor Abdo Benítez insinúa. En términos deportivos, equivaldría a cambiar de puestos a jugadores que no pueden permanecer en el equipo por carecer de las más rudimentarias habilidades que puedan contribuir a una victoria. Pero están ahí, por imposición arbitraria del director técnico. El público, la sociedad civil, por su lado, aumenta el tono de su silbido de desaprobación.

Lampedusa y su eterna paradoja siempre retornan con la precisión del cronómetro más sofisticado: “Todo seguirá igual pese a que todo ha cambiado”. Los problemas estructurales necesitan soluciones radicales. Las piezas deterioradas deben ser sustituidas. De no ser así, solo llevarán su incompetencia a otro sitio. La transformación estética se reducirá al maquillaje. Una máscara transitoria. Al día siguiente volverán a develarse los mismos rostros de ineptitud y torpeza. En la tentación del “Estado soy yo” nunca hay giros de superación. Solo muecas tratando de engatusar al pueblo. Es cuando la sociedad civil debe desplegar todo su poder. Después ya será tarde.

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