Hollywood le mintió. Desde pequeño adorada las películas de indios y vaqueros en las que el héroe con su rifle acababa con toda la tribu de enemigos pintarrajeados. O los duelos, en los que los protagonistas se miraban a los ojos y de pronto sonaba el disparo y el polvo en medio de la calle anunciaba que el malo había perdido.
Ni en las películas de guerra, cuando el valiente norteamericano de la metralleta disparaba a los tontos alemanes que caían como moscas se dio cuenta de la mentira. Era divertido. Pasaron las décadas y a leyendas como Chuck Connors o John Wayne (ya nadie los recuerda) les alcanzó su tumba... o Terence Hill, el invencible Trinity que a sus 81 años –o el propio Clint Eastwood a sus 90 años– dejaron la fama a la nueva generación de matones, como Sylvester Satallone (Rambo) o Dolph Lundgren.
Siempre era lo mismo. El sonido del disparo y un cuerpo que caía sin un gemido. Pocas veces, cuando el ídolo era el que iba a morir, antes de cerrar definitivamente los ojos daba un pequeño y romántico mensaje a su amada. Y allí acababa todo. Sin sufrimiento, con una lágrima que caía por la emoción, pero no por el dolor. Hollywood le mintió.
La muerte duele. Ahora lo sabe. La muerte duele en carne y en la mente. Ahora, que está atado a todos esos tubos lo sabe. Duelen los pinchazos, duele no poder respirar, duele el cuerpo, duele estar acostado y no poder moverse, duele hacer pipí, pero también duele la soledad, el estar rodeado de personas enfundadas en trajes de bioseguridad que evitan el contacto por precaución al contagio.
No fue una bala. Fue un virus. Ni siquiera supo desde dónde vino e hirió sus órganos. No hay sangre como las clásicas heridas de Hollywood, sino asfixia y desesperación. Y la maldita soledad que a veces cree interrumpida por la visita de ese fantasma vestido de negro que le recuerda que le llegó la hora.
Es entonces que se rebela y el miedo a lo desconocido inyecta adrenalina en su torrente y su cuerpo despierta de la modorra para despedir –al menos momentaneamente– a la muerte y decirle que haga cita para otro día.
Hollywood le mintió. Él nunca vio la bala cuando entraba en el cuerpo de los heridos ni supo del dolor al caer al suelo. Los actores morían, pero revivían en otras películas como en los videojuegos que, cuando perdía y salía el game over, reniciaba con un botón.
Nadie le contó sobre la desesperación de no querer morir, del corazón que cabalga como caballo desbocado tratando de huir de la realidad. Nadie le habló de los que quedan vivos y del gran vacío que se forma en la familia durante años.
Ese vacío es tan grande como el universo y a veces ni todo el tiempo es suficiente para aplacar el dolor. Hollywood le engañó.
La barrera de los mil muertos por covid fue superada hace horas, mientras la gente celebra “volver a la normalidad”, prepara sus productos porque finalmente el Puente de la Amistad será reabierto y los clientes de Brasil podrán ingresar... a pesar de haber tantos contagiados.
Él no se dio cuenta de la mentira de Hollywood y los sanos de fuera no se imaginan lo que se siente estar atado a la cama en ese hospital de contingencia. Ríen y brindan por un futuro que creen infinito como también creían los mil que ya murieron.
En 15 días sabrán la verdad. El desborde de alegría se convertirá en desborde de internados, en falta de cama en las UTI y en el incremento de la lista diaria de fallecidos.
Cuesta respirar. A veces cuando duerme cree que está muerto, pero despierta de nuevo. Duele mucho y más porque Hollywood lo engañó.