El propósito primario de cualquier gobierno que pretende cumplir cualitativa y cuantitativamente con sus objetivos debe estar orientado a un control y monitoreo estrecho de los efectos potenciales de una desaceleración económica que se pueda dar en algún momento y darle un impulso efectivo al movimiento de nuestro desarrollo económico a nivel doméstico para lo cual disponemos de varios mecanismos técnicos como, por ejemplo, la dinamización de nuevas obras de infraestructura, el apoyo irrestricto a las pymes (principales generadoras de fuentes de empleo a nivel mundial) entre otros, que permitan a nuestra gente poder mantener una capacidad adquisitiva razonable para satisfacer sus necesidades básicas de consumo.

Leemos y escuchamos voces de varios sectores de nuestra sociedad, quienes se hacen eco de la complicada situación económica por la que venimos pasando, reflejados en la bajísima performance a nivel microeconómico de muchas empresas en diversos segmentos de negocios, con niveles de facturaciones cada vez menores, no permitiéndoles en muchos casos tan siquiera la cobertura en forma razonable de su estructura de costos y gastos operacionales, lo que afecta a las fuentes de trabajo, pues ante ello muchos se han visto obligados “a bajar sus persianas” o tener que reducir su plantilla de personal en un momento difícil en que los niveles de desempleo a nivel país continúan incrementándose.

Se habla mucho de que las mipymes deben tener cada vez mayor apoyo técnico, productivo y crediticio a nivel país para que puedan desarrollarse, expandirse y diversificarse, pero se olvidan de que en su gran mayoría siguen trabajando informalmente y son muy pocas las que tienen acceso crediticio al sistema financiero formal dada las limitaciones en educación financiera, conocimientos contables, estrategias claras de comercialización, logística y otros aditamentos implícitos que precisan nuestros emprendedores.

Aguardamos con razonable optimismo que las obras de infraestructura puedan dar en el corto plazo los efectos multiplicadores positivos en favor de nuestra microeconomía, pues la capacidad de consumo de nuestra gente es cada vez más limitada, lo cual nos “golpea” fuerte, pues somos un país pequeño y desde el punto de vista económico/productivo seguimos muy concentrados en productos commodities y relegando a la tan necesaria industrialización que es lo que nos podría “sacar de esta coyuntura económica” en que nos encontramos.

Buenas intenciones parecerían estar presentes, pero el gran dilema es que cuando tenemos que llevarlos a la práctica se “ponen en el camino” las trabas burocráticas que ya no condicen con el siglo que nos toca vivir en donde los procesos digitales que nos permiten la tecnología los tenemos presente al alcance de un solo clic.

La debilidad estructural que se observa en nuestras instituciones es innegable, radicando en grado sumo uno de los mayores problemas en la escasa formación, preparación y perfil académico y técnico de nuestros servidores públicos.

Podemos mejorar en lo cuantitativo es cierto, pero si no los hacemos en igual o similar magnitud en lo cualitativo, cada vez estará más distante la ansiada calificación de riesgo-país que nos pueda dar el grado de inversión. Así de simple.

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