Por Felipe Goroso S.

Columnista

Twitter: @FelipeGoroso

En los inicios de la Política y su ramificación comunicacional como ciencia que empezaron a desarrollarse y estudiarse se tenía la teoría de que lo importante para un político y todo el ecosistema que lo rodea, de que lo importante era que se hable de él y que no importaba si lo que se decía era positivo o negativo. Si se hablaba de él, el trabajo estaba hecho. Y es probable que eso haya servido en la vieja escuela, sin embargo, hoy las cosas han cambiado. Y mucho.

Tomemos el caso de un político que está dando sus primeros pasos en esta jungla, sus intenciones seguro serán (y hay asesores que validan esto, lastimosamente) hacerse conocido a cualquier precio, incluso a costa de cada tanto hacer el ridículo. Se planifican estrategias y se generan acciones que tengan repercusiones en los ámbitos más diversos, generalmente dentro de la prensa rosa o amarilla. En redes, esto podría llevarse a prácticamente cualquier cosa por un par de retuits o posteos de Facebook que tengan cientos de “compartidos”. Y automáticamente esto es motivo de festejos en el equipo del político. En un punto incluso es entendible porque los números alrededor del político empiezan a subir, sin embargo, es apenas una ilusión momentánea. Tan momentánea que les impide ver a mediano plazo. En sus inicios ya están tirando a los cerdos el que es, probablemente, su bien más preciado o al menos debería serlo. Sin una pizca de creatividad y desesperados por subir sus niveles de conocimiento, dilapidan su capital, su imagen y credibilidad.

Ahora vayamos a un caso distinto y a la vez menos comprensible, el de un político que ya posee altos niveles de conocimiento y que aún así decide exponerse a la vieja teoría de que no hay publicidad mala. Allá va él por el mundo haciendo y diciendo cosas que horadan terriblemente el corazón de su mensaje, agenda y ejes discursivos, a tal punto de que el electorado le pierde el respeto o lo toma en sorna a cada rato. No importa, está convencido de que lo suyo es estar en el aire, aunque sea para memes en redes. En este caso, y en coincidencia con el primero, de vuelta es la falta de creatividad, estrategia clara y la desesperación las que guían sus acciones y posicionamientos públicos. Y como se asume que los niveles de conocimiento ya son altos, se dobla apuesta en lo absurdo de las acciones. Se entra en un círculo vicioso del que cuesta muchísimo salir. Se puede, pero cuesta muchísimo y son necesarias dosis muy altas de disciplina.

Hemos visto dos casos distintos, aunque similares. En ambos, la política (la que se hace de manera profesional), esa mala palabra que empieza con p y termina con a, no tiene nada que ver. Se hace sin tener bases de sustentación y análisis, sin mediciones más allá que las que les marcan el olfato, el estómago o la almohada. Y eso, señores, es la vieja escuela. Una que definitivamente está perimida y que debe ser desechada.

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