Por Aníbal Saucedo Rodas

Periodista, docente y político

Su primera característica es ser nadie. No es ninguno, pero se reproduce como amebas. Nunca mejor utilizada la expresión. La opción de bloquearlos no es obstáculo para que resurjan como moscas zumbando sobre el estiércol. Estos fantasmas que recorren internet son considerados por la propia internet como provocadores de debates de bajo nivel. La Real Academia ubica su origen en una palabra noruega que era utilizada para designar, dentro de la mitología escandinava, a un monstruo maligno que habita en bosques (redes, hoy) o grutas (la oscuridad del anonimato). En su forma española es trol y su plural, troles. Es la representación más degradante del ser humano. Algunos actúan por cuenta propia y van dejando una baba de procacidades en su recorrido, eligiendo blancos al azar o a una persona en especial para descargar sus iras, odios, maldades y frustraciones. Otros responden al llamado del jefe o jefa de la manada, con el mismo lenguaje soez, con un triple como perverso objetivo: a) denigrar a sus adversarios; b) instalar como verdad una idea falsa, y c) distraer la atención de temas, generalmente políticos y económicos, que impactan negativamente en la sociedad.

Una sola vez me desdoblé en heterónimos. Fue cuando escribía en el semanario El Pueblo, hasta su clausura en 1987. Respondía a la cláusula de contrato de exclusividad tácita (en esa época no existía nada por escrito) con el diario en el cual trabajaba. No fue, por tanto, por temor a represiones porque lo que tenía que decir ya lo decía en mis columnas de los miércoles y sábados en el citado medio. Con nombre, apellidos e incluida una fotografía que certificaba mi identidad. Otros prefirieron el seudónimo, protegiendo la integridad de su familia y la suya propia, actitud comprensible en un régimen (aquí y en cualquier parte) donde las garantías eran nulas, o selectivas, y todas las leyes se sometían a la inapelable jerarquía de la “orden superior”.

La heteronimia es diferente al seudónimo. No se trata de un simple cambio de nombre, “manteniendo los rasgos del escritor”, sino de asimilar otra u otras identidades, con un estilo diferente al de su creador, tal como nos explica Miguel Ángel Flores en el prólogo de “El guardador de rebaños” de Fernando Pessoa (2013). Y nadie mejor que el portugués para el ejemplo porque, aparte de él mismo, proyectó tres poetas con personalidades autónomas: Alberto Caeiro, Ricardo Reis y Álvaro de Campos.

En nuestro caso, de la crítica con su ritual de seriedad, aunque siempre sencilla, habíamos emigrado, en “El Pueblo”, al territorio de la informalidad del humor político y la mordacidad de los versos satíricos. Pero esa es otra historia. Tema de otro artículo.

El trol se escuda en apodos, consignas o seudónimos. Pero no se desdobla del anónimo original. Repite su pobreza conceptual y sus errores ortográficos. A más de la ruindad que supura su espíritu pusilánime. No es capaz del debate a cara descubierta. Solo en la penumbra encuentra el valor para disparar. Y para completar su comportamiento canallesco, lo hace por la espalda.

Diferentes son las razones y motivaciones para los perfiles ocultos en el mundo literario. Tiene que ver con la creatividad y los experimentos de la innovación. Diferentes a las del campo ligado de algún modo a la política, donde ninguno es, repetimos, pero asume diversos ropajes para difamar, enlodar, destruir y atentar, desde la clandestinidad, contra la honorabilidad de quienes fueron señalados como blancos por sus financistas.

En una democracia, el no tener el coraje para identificarse ya los cataloga en sus vilezas y abyecciones. No se trata solamente de la legión de idiotas sobre los que nos alertaba Umberto Eco, sino de un ejército de cobardes que han desembarcado en las orillas de Twitter (más que otras redes), buscando cabeceras de playas para intimidar y dominar con el viejo método de la propaganda repetidamente mentirosa y la confusión. Nada nuevo que no conozcamos desde la época en que la dictadura amedrantaba desde la “cadena oficial”. Para eso el presidente de la República, no necesita de asesores extranjeros. Los métodos son más sofisticados, la táctica sigue siendo la misma.

El programa comunicacional de Gobierno es un fracaso. No ha generado ninguna empatía con la sociedad. Tal vez debería juzgarse la absoluta ausencia de una estrategia y no el aplazo de un diseño (inexistente). Kafkiano, pero real. Y para cubrir la deficiencia del yodo creador se apela al recurso miserable de los perfiles falsos.

Twitter es un hervidero de espectros. Los hilos del poder manejan a sus títeres rentados. En un intrascendente intento por instalar una imagen que el Gobierno nunca tuvo y desactivar la que sí tiene. Cada vez que fallan (o se ausentan) las estrategias, los troles alquilados bailan en la felicidad de la abundancia presupuestívora, en un tiempo en que la gente desfallece en la miseria.

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