“Sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia” (1 Corintios 1.27-28).

“Fíjate nomás cómo la mayoría de los creyentes son gente inculta, ignorante, sin nada rescatable. Están en las periferias, barrios pobres, países del tercer mundo, sin educación y sin conocimiento. La ignorancia que tienen les hace creer estas tonterías que países y sociedades más desarrolladas y cultas han desechado. Fíjate que también son ex algo: ex drogadictos, ex alcohólicos, ex presos o ex enfermos o gente que por temor y debilidad mental se acerca a Dios porque necesitan creer en algo y se escudan en sus creencias, ya que es lo único que da sentido a sus pobres vidas”. ¿Escuchaste alguna vez esto? Es muy común en nuestros días y lo fue siempre, aun en los inicios de la fe cristiana.

¿Es esto cierto? Sí, porque es verdad, la Biblia lo dice. Pero es verdad también que los que creen ser algo, en realidad no son nada. El rico, el culto, el famoso, el talentoso, el lindo, el apreciado, el creíble, el conocedor, el rey, el presidente, el intelectual,tampoco son nada; creen serlo, pero no son nada delante de Dios. Al igual que todos los demás, son limitados, envejecen, se enferman, están sujetos a pasiones (ira, enojo, depresión, ansiedad, angustia, frustración, etc.), necesitan beber, comer, ir al baño, vestir, dormir, y solo es cuestión de que se les prive de aire unos minutos o que se caigan de pocos metros de altura para que mueran y sus cuerpo se pudran, por más poderosos, ricos o influyentes que sean. Así nomás es.

Lo que hace que haya una supuesta diferencia entre unos y otros es el orgullo. Ese sentimiento es el encargado de hacernos pensar que somos mejores que otros, pero en realidad somos todos lo mismo: pecadores y llenos de necesidades. Ahora bien, lo que es totalmente cierto es que Dios se vale de lo vil para el mundo y de lo de ningún valor para reducir a nada lo que se jacta de algo. Elige para sí mismo lo que con desprecio desecha el mundo. Las personas que más desprecian los hombres son, con frecuencia, de gran estima a la vista de Dios.

Por lo general, ¿dónde están los escogidos de Dios? Entre la gente más baja de la sociedad. Es muy difícil encontrar a una persona rica o “exitosa”, según los criterios del mundo, viviendo verdaderamente la vida cristiana. Esto no es porque Dios prefiera al pobre por encima del rico o al ignorante por encima del intelectual. Dios no hace acepción de personas. El problema no está en Dios, está en el hombre. Las riquezas, la fama y la gloria humana, por lo general, vuelven a las personas arrogantes, autosuficientes, egoístas y poco inclinadas a la renuncia personal que implica el llamado de entrega a Cristo y su mensaje.

Si alguien hoy acá se siente inútil, nulo, limitado, humillado, fracasado, vil, menospreciado o pecador, por algo que haya hecho o sencillamente porque las circunstancias lo llevaron a sentirse así… puede que se sienta triste y esta sea una sensación desagradable, pero en realidad es una señal de salud y de esperanza. Cuando nosotros nos tenemos en poco, Dios nos tiene en gran estima. La Biblia dice que Dios rechaza al soberbio y da gracia al humilde.

¿Te sentís inútil, desgraciado, pecador? Entonces entregate a la misericordia de Dios diciendo: “Señor Jesús, depongo mi rebeldía, me rindo, me entrego a ti, haz lo que quieras conmigo”. Una oración así,Dios no desecha jamás.


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