Por Aníbal Saucedo Rodas

Periodista, político y docente

Fue durante el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner que el concepto de “relato” comenzó a emerger con fuerza y a convertirse en el invitado infaltable de cualquier debate. Me es difícil precisar dónde o cuándo se escuchó por primera vez, pero quien la tenía como el centro de todos sus discursos fue la entonces presidenta argentina. Sus adversarios replicaron con idéntico lenguaje. El periodismo lo transformó en cultura popular. Luego, se extendió a otros países de la región y, naturalmente, gritó “tierra a la vista” en nuestras orillas. Pero no es un invento de este tiempo. Solo que su concepción filosófica fue simplificada al lenguaje cotidiano. Y hoy, cualquier contexto es un buen pretexto para ubicar la palabra, que suena inteligente, aunque desprovista ya de su original interpretación histórica.

Las pequeñas sociedades, como la nuestra, y aun las grandes, están separadas por una marca divisoria que se reduce a grupos que reúnen a defensores y críticos de una situación concreta. Y a partir de esa instancia se construyen los “relatos” tratando de orientar los hechos, también concretos, en consonancia con las pretensiones de quienes están a un lado u otro de las fronteras de intereses. No decimos siquiera ideológicas. Porque ello implicaría un razonamiento que supera la etapa primaria de limitar el horizonte a la punta de la nariz.

El pensador –el título que mejor le cabe– argentino José Pablo Feinmann tiene el buen hábito de analizar la política desde la filosofía, y aún le queda tiempo para reflexionar sobre literatura y escribir guiones de cine. Y hasta para devolver el premio Personalidad de la Cultura de la Ciudad de Buenos Aires (2014) cuando se enteró de que la misma distinción también recibió Marcelo Tinelli, alegando que “no se puede premiar la anticultura, el antipensamiento”, y a quien acusó, además, de “idiotizar al receptor”.

Sirva este paréntesis para ubicar a nuestro autor –de más de treinta libros–, quien en un ilustrativo artículo en el diario Página/12, del 12 de abril del 2015, nos enseña, con paciencia de artesano, de dónde proviene “el relato”, qué significa realmente y cómo se lo utiliza actualmente.

El relato no es solo un modo de pensar, o interpretar, la historia, implica, además, introducirle un sentido y asignarle un fin necesario. Ese fin –aclara Feinmann– es siempre un momento superador y absoluto en que el sujeto humano encuentra su libertad, su plenitud.

Cita al filósofo posmoderno francés Jean-François Lyotard, quien enumeró cinco relatos claves para la humanidad: 1) El relato cristiano; 2) el relato iluminista; 3) el relato especulativo hegeliano; 4) el relato marxista, y 5) el relato capitalista.

Y concluye que el gran relato ha fracasado. Y aunque hoy se impone el choque de las civilizaciones (o de los fundamentalismos), los pequeños relatos han sobrevivido y retomado su “inevitabilidad de siempre”. Se trata, ahora, de degradar los hechos “según el punto de vista del poder interpretador”. La cuestión, entonces, se convierte en una disputa entre puntos de vista. Es, en ese sentido, que hoy utilizamos esta palabra, lejos de las especulaciones filosóficas sobre el decurso histórico.

En tiempos posmodernos se nos quiere adoctrinar que la realidad es una construcción subjetiva de cada sujeto. La verdad es sometida por la opinión. En política, termina Feinmann, triunfa el que logra imponer su punto de vista como si fuera el de todos.

Desde la fecha en que se escribió el artículo (2015) hasta hoy, los medios tradicionales y sociales de comunicación han canalizado microrrelatos dentro de pequeños relatos. No hay supremacías de puntos de vista. Sobre cada hecho hay una multiplicidad de visiones y versiones. Contadas las de buena fe. La manipulación de la historia es la frecuencia en que suenan apologistas y detractores. Muy pocos tratan, casi desesperadamente, por mantener la veracidad de los acontecimientos fuera del alcance del contagioso virus de la manipulación.

Bajando a nuestro medio, entre los relatos de antinomias, hay un tercer espacio donde la indignación ciudadana, a veces la decepción, se expresa justificadamente ante la parálisis de un gobierno, en términos de transparencias y políticas públicas, que nunca pudo despegar, incluso en tiempos normales.

No todo se reduce a la propaganda oficial de que el actual presidente de la República será el mejor de los últimos doscientos años ni al sello registrado de “Desastre (ko) Marito”. Hay otras miradas, relatos individuales, que no condenan por maniqueísmos ni absuelven por privilegios. Aunque no se agrupan para la vitalidad de la “praxis política”, exponen sus criterios con la frialdad de los números y la irrebatibilidad de los hechos. Falta el elemento de convergencia que pueda aglutinarlos. ¿Será eso posible? En nuestro país, la realidad surge de lo menos pensado.

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