POR OLGA DIOS, olgadios@ gmail.com 

“Me gustaría enterrar un objeto preciado en cada lugar donde fui feliz y luego, cuando sea viejo, feo y triste, poder volver, desenterrarlo y recordar”.  

Evelyn Waugh es uno de los grandes escritores en lengua inglesa del siglo XX, no solo según esta seudocolumnista sino según la revista Time, con novelas seleccionadas entre las 100 mejores del siglo pasado, incluyendo a esta maravilla. Una que nos introduce en el seductor y centellante mundo de la aristocracia británica en aquellos días en que el imperio ya estaba en franco declive. Subtitulada originalmente como “Las sagradas y profanas memorias del Capitán Charles Ryder”, y publicada originalmente en 1945, en una reedición de 1959, el autor nos cuenta en el prefacio que “le costó la estima de la que alguna vez gozó entre sus contemporáneos”, quizás por el tema que intentó abarcar: “Los efectos de la gracia divina en un grupo de personajes diversos, pero íntimamente conectados”, y, hasta ahora, no he encontrado una mejor descripción. O sea, se puso a contar chismes de sus amigos fashion. Y lo pagó toda su vida. 

La narración empieza a principios de la década de 1940, cuando el Capitán Charles Ryder, del Ejército Británico, llega con sus tropas a un nuevo campamento. Para su sorpresa le toca un lugar que ya conoce: el Castillo de Brideshead, lo que lo lleva a rememorar los últimos veinte años y el tiempo que pasó allí de joven. Cuando era simplemente Charlie, un muchacho de clase media lejano a ese mundo, en los años ’20, empezando sus estudios en la Universidad de Oxford donde conocerá a Sebastian Flyte, joven heredero de los Flyte de Brideshead Castle, la señorial casa donde esta gran familia católica –algo no común en un ambiente donde los ricos suelen ser anglicanos– y forjan una amistad fraternal. A través de Sebastian, Charlie conocerá el mundo de los Flyte, y gozará durante su juventud, por extensión, de los privilegios que Brideshead otorga a todos sus habitantes, aunque sea solo de manera temporal. En un tiempo donde estaba penado por ley, Sebastian Flyte juega en Oxford con su casi abierta homosexualidad, algo que en casa debe esconder. Charlie también tiene un padre que no lo aprecia demasiado, así que la amistad de Sebastian –si bien tiene un dejo de posesividad y un enamoramiento que no osa demostrar por él– será para ambos ese sentido de pertenencia que tanto ansían. Sebastian no quiere compartir a Charlie con su familia, o lo que queda de ella: su padre vive hace mucho en Venecia con su amante, en un conveniente y muy “británico” acuerdo con su esposa. Pero el destino no perdona, y Charlie conoce a Julia, una versión en femenino de su hermano, y se enamora perdidamente de su belleza inaccesible. 

La Segunda Guerra Mundial llegará para ponerlo todo patas para arriba, Sebastian partiendo hacia destinos exóticos donde, buscando juerga, terminará, por error, encontrándose a sí mismo (“Señor, hazme bueno, pero todavía no hoy”). Charlie a la Guerra a combatir, y Julia, en casa, cuestionando el sentido de todo ese sistema en decadencia. La vuelta de Charlie, su gran amor prohibido, en el medio de esa contienda y de ese mundo que se venía abajo, será la oportunidad de retomar el tiempo perdido. Quizás porque el tiempo ofrece la mejor perspectiva y como dice el autor: “Comprenderlo todo, es perdonarlo todo”. 

------------

“Si me preguntasen ahora quién soy, la única respuesta que podría dar con certeza sería mi nombre. Porque el resto: mis amores, mis odios, hasta mis deseos más profundos, ya no puedo decir si esas emociones me pertenecen o si las robe a aquellos que alguna vez tanto ansié ser”. 

Dejanos tu comentario