Quien baila el tango, la salsa o la bachata en pareja en lo que se denomina “baile social” (aquel donde cualquiera puede bailar con cualquiera sin acuerdos previos y sin compromisos posteriores a solo una música) sabe que el secreto de la belleza en las figuras producidas al desplazarse ambos cuerpos en la pista de baile depende exclusivamente de la coordinación entre ambos.
Ese “ponerse de acuerdo” que no requiere de ensayos previos, sino de simplemente “entenderse” para realizar juntos la pieza con desplazamientos aprendidos sí, pero “puestos de acuerdo previamente” nunca. Esto sería absolutamente imposible sin la habilidad que tienen ambos cerebros de cooperar mutuamente en pos de un objetivo común. Y es que, cuando uno avanza el otro debe retroceder, prescindiendo ambos de indicaciones verbales, y solamente “dejándose llevar” por el que guía. Esta acción es lo que conocemos en Neurociencias como “acción acompasada” y es motivo de muchísimos estudios no solamente en genios de la danza, sino en personas como vos o como yo, cuando llevamos juntos un peso, ponemos juntos la mesa para comer o simplemente decoramos la oficina para el cumpleaños de un compañero. Como se sabe hace un siglo, esto no es solamente fruto de un azar o algo trivial, sino que es la resultante de procesos cerebrales brillantes en su concepción y vitales para el día a día.
Muchas veces, esta cooperación se ve facilitada por el conocimiento previo, como cuando utilizamos referencias previas de tiempo y espacio (“nos vemos en el shopping mañana” equivale a encontrarnos probablemente en el patio de comidas después del trabajo, aunque no hayamos coordinado hora ni ubicación exactas). Y es que las bases para el actuar común se van construyendo a la par que se establece la interacción, cumpliendo el lenguaje un importante rol en este menester, ya que tendemos a adecuarnos al otro utilizando sus palabras y sus modismos, lo cual se percibe perfectamente cuando una persona se integra a una sociedad diferente a la suya: comienza a hablar como hablan allí, a usar las ropas y adoptar las costumbres horarias de allí, etc.
Sin embargo, cuando no disponemos del auxilio del lenguaje como en el caso del baile... cómo hacemos? El mecanismo es complejo: las personas podemos reconocer rápidamente hacia donde va la atención de la otra persona y dirigirla para efectuar lo mismo. Esta es una habilidad que aparece de manera muy temprana en los bebés, incluso antes del primer año de vida, cuando dirigen la vista hacia donde lo hacen sus padres frente a ellos. Y es justamente ese contacto visual el que facilita el trabajo cooperativo, ya que cuando las personas no se ven, la tarea se vuelve casi imposible.
La percepción es fundamental para la cooperación. Es por eso que realizamos inadvertidamente los mismos movimientos que nuestro interlocutor a veces sin darnos cuenta, o que algunas actuaciones en televisión, por ejemplo. Esto se debe a programas de actuación cerebrales, cuya activación se desata con la simple observación de situaciones y con tal intensidad, que los movimientos se producen de manera automática. Esta imitación espontánea sirve como aglutinante social, como amalgama de conductas en una masa de personas porque fomenta la simpatía y un sentimiento de pertenencia común. Es por eso que “estira” el estar uniformados con las mismas prendas y colores, y el realizar los mismos movimientos en grupo. Además, esto probablemente haya obedecido a una razón de supervivencia de manera que, al hacer esto, no dejáramos a nadie fuera de nuestro campo de visión. Esto hace que, cuando desempeñemos una tarea entre dos personas, los dos la cumplamos sin dejar de mirar al otro para ver si hace su parte, aunque esto repercuta negativamente en nuestra labor. Incluso, nos adaptamos al otro para complementar la labor que debemos hacer en conjunto y lo hacemos de forma inconsciente, como cuando dos personas de brazos de longitud diferente intentan alzar una caja: la de brazos más largos pondrá sus miembros de otra manera respecto a si lo hubiese hecho con otra con similares brazos, y lo hace compensando los brazos pequeños del otro individuo, pero de manera completamente inconsciente.
Así se comporta el cerebro en cooperación. Nuestras actuaciones en común tienen raíces muy profundas en nuestra forma de percibir el entorno y de reaccionar inconscientemente al mismo. Y es que la cooperación no es la respuesta a un compromiso social, sino que en verdad es la realización de un acto que, lisa y llanamente, no podemos evitar hacer: el cerebro nació para cooperar. Nos leemos el otro sábado para seguir estando DE LA CABEZA.

