Por Juan Carlos Zárate Lázaro

MBA

jzaratelazaro@gmail.com

En el colegio (ciclos primario y medio) nos suelen “meter en la cabeza” que si uno desea tener éxito en la vida personal y profesional, debe tratar de hacer bien las cosas, y que los errores cometidos sean lo mínimo posibles.

Cuántas personas tenemos en nuestro alrededor que se consideran perfeccionistas y sabelotodo no permitiéndose cometer errores, lo cual no hace más que bloquear sus propias posibilidades de progreso y realización en la vida.

Todos los seres humanos desde pequeñitos empezamos avanzando en la vida primero con el pie derecho y luego con el izquierdo.

Cada paso que vamos dando significa progreso dándonos la posibilidad potencial de ir haciendo las correcciones que sean necesarias, que nos permitan el logro de nuestros objetivos y metas de la mejor forma posible.

En “el mundo de los negocios” por las características mismas que en sí encierran es donde solemos observar una mayor competitividad, pues pretenden actuar como si supieran todas las respuestas.

Es dentro de este escenario donde uno aprende a que quedarse parado casi siempre con el pie derecho finalmente podría terminar parado con el izquierdo o lo que es peor aún, “metiendo la pata” más a menudo que lo usual.

Para cualquiera de los mortales resulta mucho más relevante poder conocer las respuestas incorrectas, que podrían constituirse en “la luz al final del túnel” que nos puedan señalar con mucho mayor claridad acerca de la respuesta correcta.

Tenemos miedo de cometer errores simplemente porque no somos lo suficientemente hábiles y sagaces de incorporar dentro de nuestro “chip mental” que somos seres de carne y hueso imperfectos y como tal sujeto a equivocarnos muchas veces, y que podrían pasar a constituirse en nuestros mejores maestros.

Una de las conductas más destructivas de los seres humanos es crearnos nosotros mismos un tormento emocional, cuando cometemos errores, aun reconociendo que sabemos que todos estamos expuestos a ello, tornando muchas veces que no podamos llegar a ser exitosos, pues como si fuéramos masoquistas nos autoinfligimos un castigo por no haber hecho bien las cosas en algún momento de nuestras vidas.

Las personas exitosas son aquellas que aprenden a hacerse cargo de sus acciones, se disculpan y hacen lo necesario por mejorar y buscando no caer a futuro en lo mismo.

Aquel que no tiene el valor de reconocer que es un ser imperfecto, lo convierte en persona con una mentalidad estrecha, que en apariencia cree saberlo todo, pero que al final lo único que hace es obstaculizar su propia capacidad y posibilidad de realización y ser feliz en la vida que le permita poder llegar a ser una persona exitosa económicamente.

Tenemos a personas que pretenden estar siempre en lo correcto, aferrándose muchas veces a informaciones desfasadas, viejas y obsoletas en el tiempo, que pudieron haber sido válidas en tiempo pretérito, pero dado que vivimos dentro de un mundo dinámico, cambiante y vertiginoso en el día a día no se adecuan a los tiempos que nos toca vivir dentro de este nuevo siglo.

Es bien sabido que los cambios son mucho más rápidos que nunca antes, por lo que resulta riesgoso estar aferrándose a ideas retrógradas de que lo que hoy pueda ser útil, mañana podrá seguir siendo igual. Craso error.

El flujo de riqueza y bienestar de las personas tiene chances de ir acrecentándose en forma gradual pero sostenida cuando aprendemos a aprender de nuestros propios errores.

Acostumbrémonos a una mentalidad más abierta que nos permita pensar con mayor amplitud aceptando que pueda haber una infinidad de respuestas para cada tipo de preguntas, sean abiertas o cerradas.

Aquellos que se aferran a sus propias ideas perimidas encuentran que su camino se hacen cada vez más estrecho, aumentando la frustración y disminuyendo las oportunidades que se les puedan presentar si tuvieran una mayor amplitud de ideas, criterios y pensamientos acompañadas de actitud y aptitud.

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