Como les prometí el sábado pasado, y para terminar esta serie de situaciones increíbles que le suceden al cerebro cuando se enferma, les voy a contar un cuento de un accidente que pudo ser fatal, pero que cambió el conocimiento que se tenía hasta ese entonces del cerebro de manera radical y para siempre.

La historia cuenta que todo aparentaba tranquilo esa mañana de finales del verano de 1848 en las afueras de Cavendish, en Vermont, Estados Unidos. Los obreros se apuraban para tratar de terminar la línea de ferrocarril que debía pasar por el pueblo y el capataz del grupo llamado Phineas Gage, hombre de 25 años, sumamente capaz, supervisaba todo con su habitual eficiencia. Una de sus funciones como capataz y hombre más experimentado pese a su corta edad era el colocar cargas explosivas en agujeros taladrados en la roca, para lo cual llenaba el agujero de pólvora, colocaba un detonador y lo tapaba con arena y aplastaba la arena con una pesada barra de metal. 

Pero ese 13 de setiembre, Phineas cometió un error que lo llevaría en un camino sin retorno: olvidó echar la arena antes de presionar con la barra, por lo que al hacerlo hubo una chispa que hizo explotar la pólvora y disparó la pesada barra de metal de 1 metro de longitud, 3 centímetros de diámetro y 6 kilos de peso como un proyectil hacia arriba, atravesando la mejilla izquierda del buen hombre, entrando al cráneo de Phineas y saliendo por la parte superior del mismo tras atravesar el córtex cerebral anterior, aterrizando a casi 30 metros de distancia. Fue llevado increíblemente a un hotel cercano sentado en una carreta tirada por bueyes, y subió por sus propios medios las escaleras del edificio. Su herida era asombrosa: tenía 9 cm de diámetro (el Dr. Harlow, quien lo atendió, pudo meter su dedo en ella) y había perdido parte del lóbulo frontal y mucha sangre. Pero para sorpresa de todos, se recuperó y después de una semana, paseaba tranquilo por la ciudad. En medicina, los milagros sí existen.

Pero la palabra “recuperar” no era precisamente la más adecuada: Phineas Gage sí se recuperó físicamente, pero ya no era el mismo. El equilibrio entre su facultad intelectual y sus propensiones animales se había destruido. Se volvió irregular, irreverente, grosero e impaciente. Era obstinado cuando le contrariaban. Podía planificar planes a futuro, pero siempre los abandonaba antes de siquiera poder llevarlos a la práctica. Siempre encontraba algo que no le convenía. Era totalmente la persona contraria a lo que era antes del accidente. Perdió su trabajo en el ferrocarril, no podía mantener otros trabajos por sus peleas con compañeros de trabajo y terminó en un circo bizarro donde mostraba orgulloso su herida y la barra que la causó. 

El otrora buen Phineas murió a los 38 años como consecuencia de crisis epilépticas sucesivas motivadas por su lesión cerebral. Su cráneo y la barra de hierro se conservan en el Museo de Medicina de la Universidad de Harvard. Este caso está considerado como una de las primeras pruebas de que una lesión frontal puede alterar la personalidad, las emociones y la interacción social. Y su descripción es la primera que se tiene del hoy llamado “síndrome prefrontal”. Se cree que a partir de este caso se dejó de pensar en razones subjetivas como causales del comportamiento, y se comenzó a pensar en bases neurobiológicas como causales.

Y, de seguro, se volvió probablemente a pensar una vez más como en tantas otras veces en la historia de la humanidad, que, cuanto más conocemos del cerebro y su funcionamiento, más estamos DE LA CABEZA. Nos leemos el sábado que viene.

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