Educar en tiempos covid se volvió un desafío. Y hoy les doy los últimos tips de estas tres semanas de neuroeducar en tiempos covid y no covid, porque enseñar siempre fue un desafío y más aún ahora.

Muchas veces menospreciamos al arte como uno de los pilares en la educación. Para muchos, enseñar arte o aprenderlo podría parecer una frivolidad, una pérdida de tiempo ante la premura aparente de aprender operaciones numéricas, contenidos científicos o datos históricos. Sin embargo, hoy la neurociencia está demostrando que las actividades artísticas involucran a diferentes regiones cerebrales, ya que (principalmente la actividad musical) promueven el desarrollo de procesos cognitivos. Se ha demostrado que la instrucción musical en jóvenes mejora la capacidad intelectual como consecuencia del incremento y la estimulación de la plasticidad cerebral, sobre todo en aquellos con mayor interés y motivación hacia las actividades artísticas. Además, en algunos niños aparecen correlaciones entre la práctica musical y la mejora en geometría o las capacidades espaciales cuando el entrenamiento es intenso. Por otra parte, el teatro o el baile desarrollan habilidades socioemocionales como la empatía y son beneficiosos para la memoria semántica. Por ejemplo, al hablar en público se genera noradrenalina, una sustancia que se sabe que interviene en los procesos relacionados con la atención, la memoria de trabajo o el autocontrol. Es por eso que, basándonos en las neurociencias, la educación artística debe ser obligatoria. La instrucción musical o el teatro que tantas habilidades sociales, emocionales y cognitivas son capaces de desarrollar deberían de formar parte del contenido programático y no, como ocurre frecuentemente, quedar como actividades marginales u optativas.

Un último factor a tener en cuenta en los procesos de neuroeducación es el factor social. Los humanos somos seres sociales porque nuestro cerebro se desarrolla en contacto con otros cerebros. El descubrimiento de las neuronas espejo (que detalláramos alguna vez en esta columna semanal) resultó trascendental en este sentido, porque estas neuronas motoras permiten explicar cómo se transmitió la cultura a través del aprendizaje por imitación y el desarrollo de la empatía, es decir, qué nos hizo realmente humanos. Se ha demostrado que los bebés con pocos meses de edad ya son capaces de mostrar actitudes altruistas, por lo que hemos de evitar en la educación la propagación de conductas egoístas fruto de la competitividad. El aprendizaje del comportamiento cooperativo se da conviviendo en una comunidad en la que impera la comunicación y en la que podemos y debemos actuar. Cuando se colabora se libera más dopamina y ya sabemos que este neurotransmisor facilita la transmisión de información entre el sistema límbico y el lóbulo frontal, favoreciendo la memoria a largo plazo y reduciendo la ansiedad. La implicación de la corteza orbitofrontal en el proceso explica por qué a los niños les cuesta demorar la gratificación, dado que el proceso de maduración de esta región cerebral se alarga hasta pasada la adolescencia. La colaboración efectiva en el aula requiere algo más que sentar juntos a unos compañeros de clase. Los alumnos han de adquirir una serie de competencias básicas imprescindibles en la comunicación social como el saber escuchar o respetar la opinión divergente. Además, han de tener claro los beneficios de trabajar en grupo y saber cuáles son sus roles en el mismo. La escuela ha de fomentar también la colaboración entre alumnos de distintos niveles y la compartición de conocimientos (por ejemplo, mediante presentaciones de trabajos de investigación de los alumnos), sin olvidar la realización de actividades interdisciplinares. Y no hemos de olvidar que la escuela ha de abrirse a toda la comunidad. La socialización es un factor sumamente importante tanto en el aprendizaje como en la maduración del cerebro, las conductas y las capacidades de relacionamiento, sobre todo en una sociedad tan atomizada por dispositivos y redes sociales que nos distancian físicamente, pero nos acercan cognitivamente. Pero esto último es tema de otro sábado.

En fin, si debemos resumir estas tres semanas en que hablamos de neuroeducación para enfrentar tiempos covid y no covid, debemos concluir que es una gran época para aprender e innovar. Los nuevos tiempos requieren nuevas estrategias y los últimos descubrimientos que nos aporta la neurociencia cognitiva desvelan que la educación actual requiere una profunda reestructuración que no le impida quedarse desfasada ante la reciente avalancha tecnológica, manifiesta ahora “de golpe” con la pandemia. Aunque hemos de asumir que la educación no se restringe al entorno escolar, la escuela y los docentes hemos de preparar a los futuros ciudadanos de un mundo cambiante, y qué mejor ejemplo hemos tenido absolutamente todos que esta contingencia mundial. Para ello, hemos de erradicar la enseñanza centrada en la transmisión de una serie de conceptos abstractos y descontextualizados que no tienen ninguna aplicación práctica. Nuestros alumnos han de aprender a aprender y la escuela ha de facilitar la adquisición de una serie de habilidades útiles que permitan resolver los problemas que nos plantee la vida cotidiana: un aprendizaje para la vida. Y para ello se requiere inteligencia principalmente socioemocional. El aprendizaje se optimiza cuando el alumno es un protagonista activo del mismo, es decir, se aprende actuando. Y esto se facilita cuando es una actividad placentera y se da en un clima emocional positivo. Nuestro cerebro nos permite mejorar y aprender a ser creativos y es por todo ello que la neuroeducación resulta imprescindible.

Nos seguimos leyendo en mi siguiente libro “Cerebra la educación”. Y cada sábado en esta columna semanal que nos tiene DE LA CABEZA.

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