Sobre la batalla de la fe y la incredulidad, en 1 Timoteo 6.12 dice: “Pelea la buena batalla de la fe, echa mano de la vida eterna, a la cual asimismo fuiste llamado...”. En Hebreos 3.12 dice: “Mirad, hermanos, que no haya en ninguno de vosotros corazón malo de incredulidad para apartarse del Dios vivo”.

En estos versículos podemos encontrar lo que la Biblia llama la batalla de la fe y la lucha contra la incredulidad. Toda persona tendrá una lucha en estas áreas, en mayor o menor medida, en su vida de fe.

La ansiedad es una actitud que viene de la incredulidad. Nos sentimos ansiosos porque nuestra fe está agrietada, o es débil o es inmadura; pero más allá de eso, la ansiedad es una consecuencia de la incredulidad que nos puede llevar a pecar contra Dios.

En Mateo 6.25-34, en diez versículos, nos dice cuatro veces que no nos afanemos. Es un mandamiento a no afanarnos por la vida. Qué comer, qué beber y qué vestir son los afanes básicos de cada persona, más aún en una era de tanto consumismo como la nuestra. El enfocarnos solo en estas cuestiones básicas quita el sentido al verdadero propósito de la vida. Tilda, en el verso 30, de “hombres de poca fe”. Sitúa el afán o la ansiedad en la incredulidad, en la falta de fe en nuestro Padre celestial.

La ansiedad puede llevarnos a pecados más graves. La ansiedad, o cuando no descansamos en Dios, puede hacer que retrocedamos en nuestra fe o le cuestionemos a Dios o que nos rebelemos contra Él cuando las cosas no se dan como queremos que se den.

La ansiedad de escalar posiciones en nuestro trabajo nos podría llevar a conspirar contra nuestro prójimo para lograr el ascenso.

La ansiedad de tener más económicamente podría llevarnos a la codicia o la avaricia.

La ansiedad de casarnos podría llevarnos a hacerlo con la persona equivocada.

La ansiedad en las relaciones personales nos podría llevar a dos extremos: ser muy posesivo e intolerante o ser muy indiferente y ausente, ambos extremos destruyen las relaciones.

Jesús, en esos pasajes, argumenta por qué no debemos afanarnos, y la respuesta es que si Dios tiene cuidado de las aves, también tendrá cuidado de nosotros. Es un principio sencillo, pero poderoso.

Nos dice también en estos pasajes que una fórmula para vencer la ansiedad es poner las prioridades en orden: “Mas, buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas las cosas serán añadidas” (6.33). También nos da otra fórmula que depende de nuestra actitud ante la vida y está en el verso 34: “No os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán, basta a cada día su propio mal”. Jesús nos dice que, al fin y al cabo, no tenemos el control del mañana; por lo tanto, es una insensatez ocuparnos de lo que no tenemos el control.

La mayoría de las veces no pasa lo que tanto temimos. ¿Cuántas veces temimos morir y no morimos? ¿Cuántas veces tuvimos temor a enfermedades graves y no las tuvimos? ¿En cuántos aviones ya subimos con ansiedad y llegamos a destino sanos y salvos? Esta misma pandemia: ¡Cuántas cosas se decían dos meses atrás! Que habría cientos de miles de enfermos y miles de muertes (algunos expertos vaticinaban 15 mil a 50 mil muertes) y, aunque toda vida es valiosa y toda muerte triste, tenemos poco más de diez muertos y al final la enfermedad podría afectar al 10 o 15% de la población y nuestros hospitales aún están vacíos. Pero, más allá de todo eso, el punto es que la mayoría de las veces no pasa lo que tanto habíamos temido.

Jesús no nos llama a lidiar con la ansiedad sino a liberarnos totalmente de ella. Él nos dice algo así: “No quiero enseñarles a manejar su ansiedad o a convivir con ella, quiero eliminarla”.

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