• Por Carlos Mariano Nin.

Se llama Juan, lo sé porque del otro lado de la calle alguien le grita. Es apenas un niño con pinta de adulto. En su cara se mal dibuja una sonrisa triste, casi resignada. Lo veo desde el auto mientras voy al trabajo.

Para él, todos los días son iguales.

No hay cuarentena, al menos no en la cuadra a la que él llama “su trabajo”. Sus manitos son como pájaros que vuelan, mientras tres pelotitas bailan en el aire. Van y vienen, suben y bajan. Un malabarismo urbano simétricamente calculado que comienza y termina mientras espero el cambio de luces del semáforo. Ni más ni menos.

Con una mirada optimista, su futuro se ve borroso.

No va a la escuela. Es un marginado del sistema. Pero igual, si hubiese ido sus posibilidades eran reducidas.

En el 2019, nuestro país ni siquiera aparecía entre los peores del mundo en el ranking de nivel educativo y en el 2018 ocupó los últimos lugares como el peor entre los peores del mundo en la evaluación realizada por el Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos para el Desarrollo (PISA-D), solo al frente de tres países africanos.

La deserción escolar en general es de 59 en 100 alumnos; es decir, de 100 alumnos que inician la primaria, 59 no terminan la educación secundaria básica.

Es la triste realidad. Las clases virtuales para él habrían sido un poco más que un chiste de mal gusto.

Pero de por sí sobrevivir fue un gran logro.

En nuestro país, de cada 1.000 niños y niñas que nacen, 19 mueren antes de alcanzar los 5 años, 16 antes de cumplir el primer año y 11 antes del primer mes de vida (Unicef).

Volviendo a Juancito. Me deslumbra su destreza. Fue perfeccionando su arte con el tiempo. Camina entre los vehículos reclamando una recompensa acorde a su trabajo. Se conforma con poco. En la calle las reglas las pone el que más tiene. El resto se acostumbra, se resigna… se conforma. No hay otra. Es la ley del día a día. Y si de por sí las cosas están mal, hoy con las calles vacías el estómago suena con más fuerza.

Casi 200 mil niños de entre 5 y 13 años y otros 205 mil adolescentes de entre 14 y 17 años realizan trabajos considerados peligrosos (Dgeec).

Juancito sonríe, mientras sus pelotitas caen al piso y peligrosamente las persigue entre los autos. Perdió la percepción del riesgo mientras juega a ganarse la vida. La COVID-19 no es el peligro. El peligro será no llevarse unas monedas al bolsillo que le permitan cuanto menos comer.

Sin embargo, se toma en serio su trabajo. Un show estrictamente cronometrado que comienza y termina con un simple y veloz cambio de luces. Del verde al rojo se juega la vida.

Deberá soportar indiferente insultos y burlas, y crecerá con la impotencia de los sueños rotos de las infancias destrozadas.

En las calles los códigos son ajenos al común de la gente. Es como una gran prisión, en donde miles de personas sobreviven día a día y en Paraguay, Juancito se multiplica en cada semáforo. Hoy ante la ausencia de vehículos tomaron las calles esperando lo que venga.

Casi un millón de niños están atrapados en el círculo de la pobreza. Y allí quedarán retenidos mientras no haya políticas serias que reviertan esta situación. Mientras esto no suceda, una generación de chicos sin futuro crecerá silenciosa, escondida a la vista de todos, recordándonos las brutales diferencias que ahondan nuestros rencores.

Y las expectativas no son buenas. El Gobierno le está haciendo frente a la crisis de Salud Pública, que tiene al mundo jugando el mismo juego. Pero la pandemia del desempleo se cierne sobre nosotros ante la ausencia de políticas de salvataje a las empresas que están sosteniendo nuestra economía.

Miles de personas perderán su trabajo y cuando pase la enfermedad habrá miles de Juancito jugando a ganarse la vida en las calles…

Pero esa, es otra historia.

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