“Una crisis –decía Hanna Arendt– nos obliga a volver a plantearnos preguntas y nos exige nuevas o viejas respuestas, pero, en cualquier caso, juicios directos. Una crisis se convierte en un desastre solo cuando respondemos a ella con juicios preestablecidos (sean los que sean) es decir, con prejuicios. Tal actitud agudiza la crisis”.

Arendt, una filósofa y teórica política alemana de origen judío, posteriormente nacionalizada estadounidense, es considerada una de las personalidades más influyentes del siglo pasado. Ella vivió un contexto histórico sumamente convulsionado, en medio del totalitarismo y las persecuciones, de ahí su percepción muy dramática de la realidad que, guardando las distancias, podríamos comparar con la época actual.

No es casualidad que varios hayan calificado como una guerra, lo que estamos viviendo en Paraguay en estos días, debido a la emergencia sanitaria, producto del ingreso del COVID-19. Ciertamente es una crisis que nos obligó a replantearnos muchos aspectos de nuestra vida cotidiana, hasta la manera de relacionarnos unos con otros.

Por un momento la política partidaria, la búsqueda insaciable del poder a cualquier precio y el deseo materialista de acumular riquezas, han pasado a un segundo plano y podemos afirmar que el mundo se ha puesto de rodillas frente a la muerte y entendió que es hora de dejar atrás todo lo que no sea verdadero.

Como bien lo decía en su último mensaje el presidente Mario Abdo Benítez: si algo nos está enseñando esta situación es que todos somos iguales, ya no vale pensar en uno mismo, sino en todos nosotros. Su apelación a la fe en Dios, a creer y confiar en su Misericordia en este momento de tanto dolor, caos y muerte, nos ayuda a mirar lo esencial en este tiempo.

Es que un pueblo, si existe, es gracias a la vocación de sus ideales y a sus protagonistas, a su fe. Y el pueblo paraguayo, con todas sus contradicciones, ha sabido mantener sus ideales, dados por los primeros misioneros y fueron amasados por cada generación a lo largo de su historia, que ha conocido de momentos heroicos también en medio del drama y el dolor que representan los conflictos bélicos como los que tuvimos. Sin embargo, nuestro pueblo supo levantarse nuevamente de todas esas adversidades, poniendo su esperanza en la fortaleza de la fe que se encuentra arraigada en cada una de las familias.

Es lo que precisamente nos recordaba en su visita hace un par de años el Papa Francisco, cuando en su discurso dirigido a las autoridades en el jardín del Palacio de López decía: “Un pueblo que olvida su pasado, su historia, sus raíces, no tiene futuro”.

Por ello, más que un pretexto para lamentarnos por el “encierro” al que nos han obligado las medidas de aislamiento social, estoy convencido que este y todos los problemas pueden llegar a ser una gran ocasión para descubrir o redescubrir las grandes convicciones que puedan asegurar la convivencia misma entre todos los paraguayos.

Por eso nosotros los cristianos en general y los católicos en particular, no ponemos nuestra esperanza ni la de los demás en nada que no sea el acontecimiento de Cristo, que vuelve a suceder en un encuentro humano. Tal como lo expresan en su exhortación los obispos del Paraguay, quienes nos invitan a orar personalmente y en familia, elevando nuestro espíritu al encuentro de Jesús: “Acompañando su pasión nos despojamos de la superficialidad con la que tomamos a veces la vida. Anhelando la resurrección, nos unimos a Jesús en su Victoria sobre el pecado y sobre la muerte”.

Esta es una ocasión extraordinaria de verificar la capacidad que tiene nuestro pueblo para mantenerse en pie ante un nuevo desafío, puesto que tiene una vez más la oportunidad de testimoniar a todo el mundo lo que sucede en la existencia cuando el hombre se encuentra con un acontecimiento verdadero en el camino de su vida. Puedo estar equivocado, pero es lo que pienso.