• Por Ricardo Rivas
  • Corresponsal en Argentina
  • Twitter: @RtrivasRivas

En el primero de los días que permanecerá este país en cuarentena obligatoria –“aislamiento social”, como decidieron las autoridades llamar a esta razonable limitación de los derechos de individuales ante la pandemia–, las calles aparecen desiertas. Los movimientos para lo que habitualmente es cualquier viernes son impensados a la luz de los acontecimientos del escenario que construye la pandemia. Los ingresos a cada ciudad –en todo el país– están cerrados herméticamente. Retenes de las fuerzas de seguridad impiden el acceso de nadie que no resida en esa localidad. Claro que, como suele suceder con ricos y famosos, esas medidas no alcanzaron a Marcelo Tinelli que, con parte de su familia, dejó esta capital y en un avión rentado viajó a la patagónica y cordillerana Esquel –1.950 Km al sudoeste de Buenos Aires y 3.100 Km en la misma dirección desde Asunción– para cuarentenarse en un establecimiento rural del que es propietario. Patético. Especialmente, en el caso de un referente mediático sobre el que convergen las audiencias. Claramente, un escándalo del que nadie se responsabiliza. “Vamos a ser inflexibles”, advirtió el presidente Alberto Fernández cuando anunció las medidas de emergencia. Alguien, algo, no entendió.

Mientras, en la madrugada, en la provincia de Córdoba, un adulto joven, de 26 años, en la capital provincial que circulaba de madrugada en uno de los barrios de esa más que centenaria ciudad, fue interceptado por la policía. Cuando los agentes le consultaron los motivos por los que no estaba en su casa, respondió: “Yo, o tengo que darle explicaciones a nadie”. Fue detenido e imputado por violentar la cuarentena o “aislamiento social”.

Aquí, en el barrio de Belgrano, siete personas, que se encontraban en un bar de madrugada, al parecer resistieron la indicación de retirarse a balazos. Fueron capturados por la Policía de la Ciudad Autónoma que los puso a disposición de la justicia por “intimidación pública, tenencia de arma y violar el aislamiento social”. ¿Hijos y entenados?

El sistema de medios –público y privados– razonablemente monotemáticos con la pandemia. Las trágicas estadísticas italiana y española se destacan interminablemente. Aquí, hasta el momento, los números son infinitamente menores que aquellos en la comparación que nadie propone pero resulta inevitable. El otro tema, el de ciudadanas y ciudadanos argentinos que se encuentran fuera del país con dificultades para regresar. Las radios incorporan en sus programaciones conversaciones telefónicas no exentas de dramatismo de personas que se encuentran en Cuzco y en Lima, Perú, pero también en España, Italia, Inglaterra, China, Suiza, Estados Unidos. Por cierto que tampoco faltan estupideces. Una joven mediática, largamente fue entrevistada a través del soporte Skype con su aporte social para la cuarentena: “Hacer el amor. Pero con barbijo. Tapabocas, como los llaman en Paraguay”. Insólito. Disparador de interrogantes. El más extendido que llegaba al canal por las redes: “¿Cómo hacemos para darnos un beso?”. Enorme dilema.

En Mar del Plata, un grupo de adultos mayores –sí un conjunto de riesgo– contrató un bus decorado como una embarcación al que se conoce como el Barco Olitas. Con luces estroboscópicas y todos los decibeles en los equipos de audio recorrieron la zona céntrica y el boulevard marítimo mientras bailaban divertidos. El recorrido finalizó en un hotel contratado para jubilados y jubiladas. ¡Gente grandísima!

Inconciencias múltiples. Irresponsabilidades. Rebeldías absurdas que dan cuenta de la épica de la estupidez.

Cuando promediaban los ’80, en el siglo pasado, un sociólogo de nota, Carlos Nino, categorizó una particularidad social argentina como “anomia boba”. Lo recordé mucho por estas horas. Así categorizaba el profesor Nino a la inobservancia de la ley que no beneficia a nadie. Explicaba que esa forma de comportamiento “genera falta de cooperación social” elemento imprescindible “para la construcción de las instituciones, de la legalidad” y de una sociedad armoniosa.