DESDE MI MUNDO

  • Por Carlos Mariano Nin
  • Columnista

Las informaciones que comenzaron a llegar desde China parecían lejanas e inalcanzables. Un virus desconocido había saltado de los animales a los humanos desatando miedo y muerte.

Según los registros, la epidemia comenzó el 1 de diciembre del 2019 en la ciudad de Wuhan, en China central, cuando se reportó a un grupo de personas con neumonía de causa desconocida, vinculada principalmente a trabajadores de un mercado mayorista de mariscos y animales salvajes del sur del país.

A finales de enero y principios de febrero, se ordenaba a la población de las zonas más afectadas como Wuhan y Huanggang que se encerrase en sus viviendas. Solo se autorizaba una salida por familia cada dos días para comprar alimentos y medicinas, los cuales entraban a la ciudad solo a bordo de ciertos vehículos autorizados, a través de puestos de control específicos. Para entonces la realidad superaba con creces a la ficción más creativa de Hollywood.

Pero el 20 de enero China confirmaría lo peor. La Comisión Nacional de Salud anunciaba que este nuevo coronavirus se transmitía entre humanos.

Millones de personas en cuarentena fueron suficientes para concentrar la atención mundial.

Sin embargo, la cuarentena no iba a contener el contagio. En un mundo dinámico y cada vez más pequeño el virus encontraba la forma de propagarse.

El 27 de enero del 2020 se confirmaba en Alemania el primer caso por contagio del COVID-19 de humano a humano producido en suelo europeo. A partir de allí comenzó a extenderse como una maldición.

Para la primera semana de marzo miles de personas habían muerto.

Brasil fue el primer latinoamericano, pero el cerco se fue cerrando rápidamente y casi todos los países de la región comenzaron a confirmar casos al tiempo que se extendía la psicosis.

Con el nuevo balance de muertos en China, el número total de víctimas fatales ascendió a 4.011 por la epidemia que ya se propagó por más de 100 países y registró más de 110.000 casos confirmados de contaminación.

La epidemia interrumpió cientos de vuelos en todo el mundo y forzó la cancelación de todo tipo de eventos deportivos, culturales y religiosos, con restricciones de desplazamiento que afectan a decenas de millones de personas.

La economía global acusa el impacto de la propagación del coronavirus.

Esta crisis de salud ya causó al mundo una pérdida estimada en 50.000 millones de dólares, según la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo.

Pero si bien el virus continúa extendiéndose por todo el mundo, los especialistas llaman a la calma, y resaltan algunos puntos que dan cierta tranquilidad al planeta.

Citan que ya hay forma de detectarlo. Se trata de un test confiable desarrollado por científicos del departamento de virología del Hospital Universitario de Berlin con la colaboración de expertos de Londres y Hong Kong. Lo que hace más fácil tomar las medidas adecuadas.

También se sabe que infectarse no es así nomás (si se toman recaudos) y podemos matar el virus bastante fácil: El lavado frecuente de las manos es la manera más simple de evitar la propagación del virus. Soluciones con etanol, peróxido de hidrógeno o lavandina son suficiente para desinfectar las superficies.

Otra noticia positiva es que en la mayoría de los casos, los síntomas son suaves y la población joven tiene un riesgo muy bajo: Un estudio sobre 45 mil infectados en China indica que en el 81% de los casos el virus solo causó malestares menores que se curaron rápidamente.

Hoy la pandemia está entre nosotros. Es una realidad, pero debería dejarnos una lección para próximas emergencias.

Así como en otras enfermedades debemos cuidar nuestros hábitos de higiene y leer, leer mucho para estar informados y preparados ante lo inevitable.

Más allá del déficit de salud que quedó al descubierto tras la epidemia del dengue, contener el riesgo es también responsabilidad de cada uno. Que hoy no te gane el miedo sino la esperanza. Después de todo la idea es vivir para contarlo…

Pero esa, es otra historia.

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