Todo el mundo tiene un plan hasta que recibe el primer guantazo en la cara, decía Mike Tyson. Cuando no terminamos de recuperarnos de la peor epidemia de dengue que nos haya tocado hasta hoy, se confirmó de manera oficial la existencia de casos de COVID-19 o coronavirus en Paraguay, una enfermedad que viene castigando a Asia y parte de Europa desde hace varios meses y cuya existencia en Paraguay se aguardaba como algo inevitable.

Como ocurrió anteriormente con otros virus que se alojan principalmente en las vías respiratorias, los sectores público y privado orquestan campañas recordando a la población cuáles son las medidas individuales de protección (lavarse las manos con frecuencia, el uso de alcoholes en gel, etc.), y para las personas que ya presentan síntomas la obligación de recurrir a un puesto de salud y evitar lugares de mucha concurrencia de personas.

En este punto me gustaría detenerme en una cuestión que considero muy importante de analizar porque puede ser la diferencia entre la contención de la enfermedad o no, y es la comunicación que se haga sobre el porcentaje de letalidad de la enfermedad. A nivel local, de manera oficial, se observa que nadie se anima a hacer aseveraciones sobre el tema, pero la información que nos llega a través de medios internacionales y principalmente de países que están luchando contra brotes exponenciales de la enfermedad como China, Italia y España es que se trata de un virus con una letalidad más baja que la gripe H1N1, por ejemplo, y que esa letalidad está más bien concentrada en determinados segmentos de la población: ancianos y personas con enfermedades preexistentes.

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Esta explicación puede tranquilizar a un porcentaje interesante de la población local, pero es una alarma en el contexto general, porque puede provocar muchas distorsiones en el análisis de los procesos de los países para la contención de la enfermedad.

Veamos. Por lo que sabemos, las personas infectadas por el virus desarrollan cuadros respiratorios de gravedad que pueden ser variables. En algunas personas el desarrollo de la enfermedad hasta puede presentarse de manera asintomática, lo que hace que la precisión sobre la letalidad sea más bien dudosa. Es decir, el establecimiento de la relación entre porcentaje de personas que sobrevivieron y que fallecieron a causa del virus es difícil de determinar. Aún así se estima que la letalidad ronda el 2%, un porcentaje mucho menor que en enfermedades como el SARS.

En ese sentido, la posibilidad de un desarrollo leve y hasta casi asintomático de la enfermedad es una buena noticia para las personas muy jóvenes o que no presentan enfermedades preexistentes, pero al complicar el diagnóstico de la enfermedad es preocupante en el contexto general del avance del virus. Principalmente porque lo que sabemos hasta hoy es que las personas que no presentan síntomas pueden de igual manera contagiar a otras de su entorno familiar, laboral y social, y que no corran con la misma suerte, por encontrarse justamente en los grupos considerados de mayor riesgo.

Entonces, ¿cómo mantener la calma en un clima en el que la despreocupación en cuanto al problema en los grupos considerados de menor riesgo, y puede ser trágico para los otros?

Y la respuesta pasa fundamentalmente por la comunicación y la responsabilidad en los niveles de comunicación. Una comunicación que sea tan frecuente que no deje espacio a la desinformación y tan responsable que pueda darnos todo el control que sea posible sobre el problema.

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