• Por Carlos Mariano Nin
  • Analista

Cuando un ser humano mata a otro, siempre queda ese sinsabor de la brutalidad, pero cuando se trata de un niño, de una niña, entonces sobrepasa lo comprensible para dar paso al horror.

Muchas veces solo podemos sentir rabia e impotencia, pero no dimensionar su verdadero valor hasta que nuestros sentidos se contraen y duele más allá del cuerpo.

A veces la tragedia supera nuestros límites de entendimiento.

Hace unos días, vecinos de la zona de la Terminal de Ómnibus de Asunción hallaron el cuerpo de una niña indígena. Se encontraba arrodillada, tenía las piernas y las manos atadas, y un cordón le rodeaba el cuello.

La autopsia revelaría luego que su muerte se produjo de forma agónica y violenta.

En esos días también murió un niño de 8 años en el Instituto de Enfermedades Respiratorias. Primero se aseguraba que había llegado con todos los síntomas del dengue, pero a alguien le llamó la atención y tras una revisión, encontraron rastros de abuso sexual y VIH.

Solo unos días antes una niñita de tan solo 2 años era trasladada desde la localidad de Itakyry, en el departamento de Alto Paraná, a un sanatorio de la capital en grave estado, llegó tan mal que ya no pudieron estabilizarla y falleció por una infección generalizada.

Los médicos reportaron que la niña tenía lesiones íntimas, entonces su cuerpo fue inspeccionado en la clínica forense solo para constatar que la pequeña fue víctima de abuso sexual. Dos años.

Pero los días oscuros no acabarían con estos casos.

Desde Minga Guazú reportaban en rapto de una nena. Había ido a la despensa a hacer compras cuando fue sorprendida por un hombre y alzada en un vehículo que desapareció rápidamente del lugar. Conmoción, confusión, miedo.

Entonces sucedió lo que muchos temían. La Policía actuó rápido ante las evidencias y era detenido un sospechoso.

Según la Policía, el hombre confesaba que había matado a la niña por venganza.

Pero, ¿qué clase de ser humano puede matar a una pequeña?

La realidad nos estalla en la cara y está más cerca de lo que nos imaginamos.

Solo entre el 2 y el 5 de enero de este año la Fiscalía informaba que se registraban 12 denuncias por abuso sexual en niños, niñas y adolescentes. Fueron los casos denunciados, se supone que detrás hay un subregistro que elevaría los casos hasta la vergüenza.

Según datos del Ministerio Público, en el año 2019 se registraron 3.247 casos de abuso sexual infantil.

Y un factor que une al común de los casos. Casi todas las denuncias involucran a un familiar o una persona cercana a la víctima.

Vivimos en una sociedad que enferma, pero tiene vergüenza de ir al psicólogo. Una sociedad que prefiere callar antes que enfrentar a los verdugos por miedo al qué dirán. Una sociedad que ante la evidencia prefiere el silencio antes que el castigo.

Una sociedad que deja a los niños a merced de los lobos. Esos que se alimentan desde pequeños sin saber el grave daño que se les está haciendo.

Faltan políticas de Estado, falta educación y falta diálogo en la familia. Mientras sigamos dándole la espalda a la realidad, nuestros niños van a seguir siendo abusados, maltratados u asesinados.

Es hora de levantar la alfombra y limpiar. Es parte del luto para deshacernos de una realidad que permanece agazapada… acechando a nuestros niños.

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