Honorio quiere ser periodista y abogado. Dos profesiones en las que el idioma suele sufrir los más insultantes atropellos. De manera reiterativa, impune y pública. No estamos generalizando, porque sería injusto para quienes asumieron la obstinada misión de elevar la palabra a las alturas de una belleza única e irrepetible. Tanto en la prensa (muchas veces antesala de la buena literatura) como en el derecho. Nuestro personaje es inquieto y curioso. Le apasiona aprender. Por eso decide enviar cartas con agudos interrogantes a un prestigioso escritor y director de uno de los diarios de lengua hispana más importantes del mundo. Y aunque solo leemos las respuestas, ellas nos permiten deducir las preguntas.

Juan Luis Cebrián, director-fundador de El País de España, aconseja a su imaginario remitente con una premisa elemental: “Sujeto, verbo y predicado son la regla de oro de esta profesión”. Y, aunque reflexiona que es una fórmula demasiado básica como para ganar un Nobel, concluye que no debe ser muy fácil llevarla a la práctica, “a juzgar por las agresiones a la sintaxis con que nos regalan los periódicos cada día”.

Cebrián, con la claridad y lucidez que moldean su estilo, recrea el género epistolar en su “Cartas a un joven periodista y un epílogo para adolescentes”, a la manera de Rainer María Rilke y su “Cartas a un joven poeta”. Si el camino para escribir bien es leer mucho, ambos textos son de recorrido obligatorio para quienes aspiran a ser periodistas o poetas.

Hago mención deliberada del género epistolar, porque el propio autor reconoce que uno de los mejores ejercicios para pulir la redacción es escribir cartas. Y a pesar de que el modelo del “puño y letra” casi ha desaparecido, el correo electrónico hizo posible su prolongación por otras vías a inicios de este siglo. Dos décadas después su uso quedó relegado a las personas mayores. La tecnología inició una nueva era de intercambio: conciso, pero no siempre preciso, con dibujos que denotan representaciones, abreviaturas indescifrables y acrónimos de expresiones en inglés. Así el lenguaje se fue corrompiendo, perdiéndose el sentido de la comunicación elegante y correcta. Ya no es necesaria una larga e íntima declaración de amor. Bastan con la imagen de un corazón, y su correspondiente devolución. Acelerada y peligrosamente nos estamos volviendo ágrafos

A la hora de escribir la perfección suele ser esquiva. Los errores siempre están empecinadamente al acecho. En este artículo, probablemente, se deslizarán algunos. Esos malditos duendes que se divierten saltando sobre las teclas. Pero algún generoso corrector del diario se encargará de eliminarlos.

Cuando nos inducen al error

Los teléfonos inteligentes y los ordenadores, cuyos programas subrayan en colores las supuestas faltas ortográficas, muchas veces nos empujan al error. No aceptan la doble zeta en los apellidos, se adelantan sugiriendo palabras en las que no pensamos o las acentúan en contextos que no corresponden. En ese segundo fatal de desatención la frase ha perdido totalmente sentido. Al final, como en el Video Asistente del Réferi (VAR) del fútbol, el ojo y el cerebro siguen siendo los últimos fiscalizadores.

Escribir bien no implica solamente hacerlo sin errores. Pero es el primer e ineludible gran paso. También conlleva imaginación, recursos literarios y riqueza de vocabulario. Un diccionario de sinónimos siempre será un compañero fiel.

Al principio hay que ser un lector omnívoro. Luego vendrá el proceso de selección natural de las preferencias personales. Todos los manuales de redacción práctica tienen la misma recomendación: “La lectura es una forma insustituible de estimular la propia escritura”.

No es la intención de este comentario que todos se conviertan en periodistas, escritores o poetas. Se trata, simplemente, de sujetarnos a las viejas normas para informar sin la interferencia de los errores y de comunicarnos mediante mensajes que nos permitan evocar en común el mismo objeto. Siempre, obviamente, respetando la regla de oro: sujeto, verbo y predicado. Somos muy propensos a olvidar el primer elemento, dando por sentando que nuestro interlocutor o lector ya sabe los antecedentes de lo que estamos diciendo. Una clase muy ilustrativa y sencilla sobre este tema fue la de la profesora Emina Nasser de Natalizia, allá por 1978: “Si yo digo solamente gato, algunos pensarán en el animal, otros en el hidráulico, y los hinchas de Cerro Porteño en el Gato Fernández”. Esa confusión pasa diariamente por la tacañería de líneas para escribir como corresponde.

Aunque sea una línea por día

“El secreto está en escribir siempre”, confesaba Elvio Romero en 1986 durante una entrevista en la casa de su hermano Roberto, en San Lorenzo, y publicada en el semanario El Pueblo. Hacía suya la expresión latina atribuida a Plinio el Viejo: “Ningún día sin una línea”.

“Imagínate nomás escribir un verso por día –añade–, eso implica cientos de versos en un año. El poeta es igual al carpintero o al zapatero: si no está permanentemente practicando, pierde el oficio”.

En este punto me dirán: “Hoy la gente escribe más de una línea todos los días en las redes”. Y se quedarían cortos. Hay personas que viven en las redes. Entonces, las preguntas devienen necesarias: ¿Qué escriben? ¿Se preocupan por descubrir sus propios errores y corregirse? ¿O se limitan a criticar a los demás? ¿Cómo está la viga en el ojo? Hace años dejé colgado en un prólogo: “Escribir bien es relativamente fácil; escribir para el bien es lo difícil; escribirlo convencido y vivirlo coherente lo es más aún”.

Pero la teoría tiene una validez relativa si no desciende hasta la realidad. Y esa realidad que hoy nos interpela son los errores en algunos libros de texto del Ministerio de Educación y Ciencias. Aunque hartamente debatido, desnuda un problema estructural que no puede rebatirse con sorna ni eludir las responsabilidades que son inherentes al cargo.

Toda producción escrita tiene un proceso que no puede saltarse sin pagar las consecuencias en el resultado. Se parte de uno o varios redactores, se sigue con la corrección de textos y, por último, la edición a cargo de un técnico especializado, o contratado, del MEC. Eso se llama control de calidad.

En una sociedad colectivamente más exigente, y un poder ciudadano bien organizado, estos textos, que ya fueron distribuidos, hubieran sido retirados y reimpresos. El argumento de que son pifias de larga data no exime de su culpa a las autoridades del presente. Los abogados dirían que el error no sienta jurisprudencia. Abogados ilustrados, no de aquellos que contaminan “con horrendas prosas los juzgados” (Cebrián).

El consejo final del ex director de El País a su joven amigo no se cumplió en el propio Ministerio de Educación y Ciencias: “Cuida de no ser tú uno de esos criminales que alzan impertérritos sus armas contra la gramática”.

En este ministerio ya hubo demasiado ensayo, es tiempo de aprender de los errores y examinarlos (parafraseando a Popper). Mi maestra del tercer grado tenía un método infalible: “Escriba cien veces en el pizarrón…”. Un buen inicio sería una línea por día.

Empecemos.

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“Juan Luis Cebrián, director-fundador de El País de España, aconseja a su imaginario remitente con una premisa elemental: ‘Sujeto, verbo y predicado son la regla de oro de esta profesión’. Y, aunque reflexiona que es una fórmula demasiado básica como para ganar un Nobel, concluye que no debe ser muy fácil llevarla a la práctica, ‘a juzgar por las agresiones a la sintaxis con que nos regalan los periódicos cada día’”.

“‘El secreto está en escribir siempre’, confesaba Elvio Romero en 1986 durante una entrevista en la casa de su hermano Roberto, en San Lorenzo, y publicada en el semanario El Pueblo. Hacía suya la expresión latina atribuida a Plinio el Viejo: ‘Ningún día sin una línea’”.

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