• Por Carlos Mariano Nin
  • Columnista

2.653 casos confirmados, 4 muertos, 8.400 notificaciones por semana. Con estos números en la mano las autoridades sanitarias aseguran que se trata de una cifra histórica y que supera a las epidemias más grandes de la década.

El dengue dejó de ser una amenaza para convertirse en un depredador mortal que no distingue víctimas y que engulle todo a su paso.

No hubo campañas ni advertencias que lo detenga. Uno de los insectos más pequeños de la cadena vuelve a ponernos de rodillas y nos hace suplicar por nuestras vidas.

La mayoría de los casos siguen presentándose en Asunción y el departamento Central, pero también se confirmaron en Caazapá, Cordillera y Paraguarí. Las cuatro muertes confirmadas se produjeron en Fernando de la Mora, Santaní y Mariano Roque Alonso.

Son cuatro, pero se habla de un subregistro de muertos que elevaría las cifras.

Los hospitales están saturados y la economía acusa el impacto de esta epidemia que nos recuerda que el castigo es proporcional a nuestros errores, o mejor aún, a nuestra desidia.

Y es que salta a la vista.

Casi el 100% de las casas visitadas para eliminar criaderos presentaban objetos con agua acumulada y larvas. Es criminal con tanto bombardeo mediático y repeticiones hasta el cansancio.

Los expertos recuerdan que el Dengue ya es una enfermedad endémica en nuestro país, es decir, que ya está instalada en forma constante y continua, y cada vez va adaptándose y abarcando más ecosistemas, y por tanto más territorio como hábitat del mosquito vector, el aedes aegypti.

Pero no hay caso. No aprendemos de los errores. Ni siquiera a golpe de nuestras propias experiencias.

En los hospitales el panorama es desolador. Pasillos llenos de gente quejándose y aguardando turnos en una espera que parece eterna. Muchas veces sin insumos y en condiciones infrahumanas.

Y es que el culpable no solo es el vecino que no limpia su casa o su terreno. Gran parte de la responsabilidad es del Estado que no invierte lo suficiente en salud pública, infraestructura y recursos, que nos permitan hacer frente dignamente a estas situaciones de emergencia.

Un ranking sobre América Latina publicado por la revista británica The Lancet sostiene que el sistema de salud en nuestro país está por debajo de la media, en la lista de los peores métodos de salud.

La inversión estimada per cápita por parte del Estado en el ámbito de salud es de solo 235 dólares (poco más de un millón y medio de guaraníes al cambio actual) al año, lo que, por ejemplo, apenas sirve para costear un único estudio de tomografía en el sector privado.

Es así que el problema de los gastos privados de salud o de bolsillo golpean fuerte a gran parte de los hogares más pobres que tienen que hacer frente a gastos catastróficos, como se define cuando un hogar cae en gastos no previstos por temas de salud que superan sus ingresos.

Y así, lejos de aquí, el mundo se blinda ante una nueva amenaza: el coronavirus, una enfermedad infecciosa que ya se cobró la vida de más de 400 personas y que alrededor del mundo deja ya más de 20.000 casos confirmados en una veintena de países, la mayoría de ellos en China, país donde apareció el virus.

Lejos muy lejos, pero no tanto.

La OMS declaró una emergencia de salud pública de importancia internacional, que sucede cuando hay “un evento extraordinario que constituye un riesgo de salud pública para otros Estados a través de la propagación internacional de una enfermedad”… y el mundo entró en pánico.

A la epidemia del dengue la vimos venir.

Me pregunto, ¿qué sería de nosotros si esta enfermedad entrara al país?, ¿estamos preparados?, ¿podríamos hacerle frente con el actual sistema de salud?… mirá a los costados cuando vayas hoy al hospital más cercano con síntomas de dengue. Allí está la respuesta.

Pero esa… es otra historia.

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