• Por Patricia Nieto
  • Socia del Club de Ejecutivos

Un joven, al que llamaremos Jesús, había decidido ganarse la vida podando árboles. Como era novato, su primera reflexión fue “para ganar más, necesito podar más”. Inició su primer mes de trabajo con ese pensamiento. Apenas paraba para comer, no descansaba, iniciaba el trabajo al amanecer y aprovechaba hasta la última hora de luz. Al final del primer mes estaba feliz porque había ganado mucho dinero, pero se sentía destrozado, física, mental y emocionalmente.

Movido por la necesidad, decidió redoblar esfuerzos el siguiente mes. Una vez concluido el mismo, se dio cuenta de que ganó un % más, pero que estaba el doble de cansado. Es más, ¡hasta odiaba lo que hacía! En ese momento se encontró en la ferretería con otro podador, Rubén, y se pusieron a tomar tereré juntos. Estaban felices por haber descubierto que eran colegas.

El mayor descubrimiento de Jesús fue que Rubén trabajaba mucho menos horas que él, se le notaba más feliz y ganaba mucho más del doble que él. Cuando juntos hicieron cuentas se percataron de que Rubén podaba más rápido cada árbol y, por lo tanto, podía hacer más trabajos en menos horas. “Pero, ¿cómo es posible eso?, le dijo Jesús a Rubén, “yo pongo mi mejor esfuerzo y no logro ese tiempo”.

“Me ofrezco a mirar cómo trabajás”, le ofreció amablemente Rubén. Coordinaron y se encontraron para que Rubén pueda observar a su compañero en un día normal de trabajo. Jesús cortó un árbol, pasó al segundo, siguió con el tercero y ahí Rubén le paró. “Ya me di cuenta del error: en ningún momento parás a afilar tu machete, ni a tomar agua ni descansar”.

Este cuento lo sé desde hace mucho tiempo, claro que en este momento te lo volví más paraguayo, porque el cuento original es con un leñador, una sierra y no existe el tereré. Pero a pesar de saberlo y compartirlo con otros nunca pude dimensionar su importancia hasta el momento en que lo viví en carne propia. Fue un año (creo que como 6 años atrás) en que trabajé en forma redoblada: capacitaciones día, tarde y noche, pocas horas de sueño, pocas horas de estar con mi familia y cero de actividad física. ¡Trabajé un montón! ¡Como burra! Al final del año recibí la noticia que, a pesar de haberme “matado” trabajando, mi empresa había quedado en pérdida. Como diría mi abuela: “Lo aprendí por mi lomo”. Te prometo que, desde ese momento, jamás me olvidé de lo importante que es tener afilado el machete y cuidarte a vos mismo en el proceso de llegar a resultados.

Por eso, si querés arrasar en este 2020, te invito a no trabajar mucho, sino a trabajar más inteligentemente. Estoy segura de que con un machete más afilado vas a llegar a mejores resultados.