Lo que nos hace moralmente responsables es la capacidad de tomar decisiones. No somos robots ni animales irracionales que se guían solo por instinto, Dios nos dio la capacidad de decidir.

La decisión está más ligada a la condición de nuestro corazón que a las circunstancias. Por ejemplo, una persona podría decir que vivió una mala vida por causa del ejemplo de sus padres o el lugar donde nació. Otro podría vivir una buena vida por el mismo motivo: malos padres, mal ambiente, pero no quiso repetir la conducta dañina. La decisión es una condición del corazón.

En la Biblia encontramos muchos pasajes que nos hablan del poder de la decisión. En el mismo huerto del Edén, ya tenían Adán y Eva la posibilidad de decidir creerle o no a Dios, y decidieron creer a la serpiente.

Dios le dijo a Caín que el pecado estaba acechando a la puerta, pero que él tendría autoridad sobre ese pecado y decidiría seguirlo o no, y lo hizo (Génesis 4.7).

Dios da a su pueblo la decisión de seguir el camino del bien o del mal, de la vida o la muerte, de la bendición o la maldición, y ellos decidieron caminar en el mal camino. Increíble (Deuteronomio 30.19).

Así también, hoy tenemos que tomar una decisión por Cristo. Es hoy, no mañana. La Biblia dice: “Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón” (Hebreos 4.7). Apura la decisión porque el ser humano es cambiante y pronto se dejará vencer nuevamente por la incredulidad y el pecado.

Hay algo importante que tenemos que entender: somos libres para escoger, pero no somos libres para no escoger. Si rechazas la vida, escogerás la muerte. Si rechazas a Cristo, escogerás la condenación. Tal vez nadie diga: “Escojo la muerte”, pero al no escoger la vida, es eso lo que se escoge. La indecisión es una decisión. Es por eso que digo que somos libres de escoger, pero no de no escoger. Jesús dijo que el que con Él no recoge, desparrama (Mt 12.30).

También es importante entender que somos libres de tomar una decisión, lo que no tenemos es la libertad de elegir cuáles serán las consecuencias de nuestras decisiones.

Somos libres, solo por ilustrar, de decidir tirarnos de un edificio; pero, una vez que lo hicimos, es nuestra decisión; o sea, la decisión que hemos tomado, la que escoge qué va a pasar con nosotros. Nosotros tomamos una decisión, pero luego esas decisiones nos toman a nosotros.

Pero nosotros también, muchas veces, actuamos así, tomamos decisiones apresuradas o emocionales y no una, sino varias veces, creyendo que no es tan importante ni tan grave. Y así, sutilmente, nos alejamos del camino de la vida y la bendición para terminar con dolor, frustración y quebranto. La vida está fundamentada en decisiones, y todas valen mucho.

¿Por qué nos cuesta tomar decisiones? Porque creemos que al tomarlas perdemos algo. Y eso es un engaño, más aún cuando se trata de decidir nuestro camino de fe y valores. Muchos creen que seguir a Cristo implicaría dejar cosas divertidas o perder oportunidades en la vida; sin embargo, tomar la decisión por Cristo lo que nos hace, a más de darnos la salvación de nuestras almas, es poner las cosas en prioridad y buscar aquello que realmente vale la pena en la vida.

Cuando no decidimos, nos negamos a aprender. Ninguna decisión es gratis. Todas las decisiones de tu vida tendrán un precio, tanto las que tomas como las que no tomas. Todo en la vida es resultado de alguna decisión pasada, consciente o inconscientemente.

Las decisiones firmes nos dan la voluntad de llevar a cabo nuestros objetivos.

Las grandes cosas comienzan con una pequeña decisión, pero una gran decisión determina un montón de pequeñas decisiones. Las decisiones marcan nuestros destinos.

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